miércoles, 30 de septiembre de 2015

Espero el milagro, no importa cuán fría sea la oscuridad, yo espero. Soy tan inmaterial como esas luces que titilan en la lejanía. El silencio es intocable, se acomoda a mi lado, soy el perro que lame. Simulo que ignoro el invierno, la delicadeza enfermiza que adquiere la ternura en ese rostro. No una madre, un punto de anulación. La madre- títere que adora a un necio réptil que se arrastra siempre tras de mí. La ciega inmadura madre que acuno en mi regazo. La débil que no tiene una vida, la esposa que siempre obedece, no a un esposo, sino a un hipócrita, el que añade palabras y unos ojos que pesan como relámpagos.
“Madre” puede ser un título, un referente para nombrar a quien te acompaña en ese largo cautiverio que es la vida, Y puede ser una perfecta desconocida con quien compartes algunos destellos de felicidad y algunos abrazos.
Aborrezco esta edad, la falta de independencia que me obliga a quedarme, esta debilidad de no poder defenderme, de no atreverme a poner una cuchilla en su cuello y dar un corte lento y profundo. Sí, soy mala, le arrancaría de un tajo esa filosa lengua con que ha viciado las palabras y chantajea. Esa lengua desabrida y asquerosa que me ronda, esa que acompaña ese soplido repugnante y nauseabundo. Todos saben que soy la rebelde chiquilla que apunta directo al corazón y cuando habla dispara, una malagradecida mantenida.
Pero tomé unas pastillas, y esa debilidad le da nuevas fuerzas a mi verdugo. Hubiera preferido morir a darle el gusto de que me vea vencida, a tenerlo siempre espiándome, siempre detrás de mí con el mismo pretexto. Me sobran horas para lamentarme y me falta coraje para intentarlo de nuevo.
Me oculto detrás de las mil puertas y los mil cerrojos donde guardo este sueño: creceré, me haré fuerte, poderosa como Dios e intocable.
Sigue en su círculo la luz y sigo en perpetua vigilia. Nunca duermo, el sueño es una especie de abandono mayor. Nadie se entromete en esta libertad. Nadie puede borrar este ojo desde donde vigilo, ni estas ganas tremendas de desflorar la luz en su espasmo muerto.
Nadie se entromete en esta ausencia, ni Dios. Velo el drama, el ronroneo de esa noche que se encoje como un astro. Deambulo infinita en esa tentación de la llovizna, en ese halo impalpable del invierno, en ese olor y latido del barro húmedo que salpica mi cuerpo.
El cielo es un rectángulo, estoy en el incomplacida. Me resulta difícil soltar algo y que se vaya, me acompañan los miedos y la inseguridad, se visten de temblor y duda en esta celda donde prosigue la tortura que solo yo veo y padezco.
Es ésta soledad lo que nutre mi muerte, las mentiras cobardes y los silencios, los ojos de mi madre que miran estúpidamente extraviados. Ojos como las sílabas heladas de un paisaje que siempre falta, de un paisaje que nunca recupero. Sobrevivo a la costumbre. Sigo en la mímica obediente.
Desde el lado frío del silencio, ése, un extraño, osa tocarme con esas manos que odian, que tiran de mí y me arrastran hasta esta hibernación donde junto los trozos dispersos de la noche. Germina en su oscuridad una masa de serpientes bulliciosas mientras su vaho venenoso se esparce sobre mi cuerpo como una densa neblina. Siento las palabras aisladas, el gargajear irónico y desprendido de esa boca que odia y miente.
Una figura grotesca, el hombre-serpiente que se levanta de la oscuridad para engullir, lo que estrangula es esa oleada ácida que impone su presencia, ese olor a podrido saliendo de todas partes, mezclándose, desarmonizándome.
Le adivino esa satisfacción detrás de la máscara, el rostro real en sus ridículas contorsiones y espasmos. Le adivino las manos inmundas desarticuladas en tentáculos violentos. Todo en él hiede, todo.
La realidad es otro espejismo, drena un tiempo inmutable, una torpeza única que nos hace rodar hasta el pantano. Ese aire abierto lleva el mismo silencio pestilente de mi cuarto. El mismo ritmo nauseabundo de las noches que desfloran histéricas.
Desde este rincón espero, junto todas las sombras para hacerme invisible. No una niña, un ala desde donde vigilo las mansas esferas de la luz. Un ala para elevarme. Un ala y esta necesidad de huir. De encontrar una vida, otra.
Desde esta esquina puedo oler la oscuridad, las raíces que pudren en este invierno. Bajo la nieve el sol en su debilidad grotesca, una tregua. Otro sol que es verdugo. Rodaré decapitada.
Cierro los ojos y espero, como espera el verano ese árbol del jardín en su mudez infinita. Sigo cansada y con un ansia mayor, la de poner una pausa, un punto final a todas las noches y a tantos desvelos. De poner una lápida sobre esos que tienen en común: la misma infidelidad, la misma muerte.


Odalys Interián

miércoles, 23 de septiembre de 2015

 


LIDIA
 
Hoy quisiera llamarse Lidia,  y le llegan más nombres y no sabe de dónde, o lo sabe, y tiene algo que ver la bata descolorida y sin botones encontrada en el sótano. También están esos otros objetos dentro de la caja, comunicándole un sentimiento, un saber extraño que logra perturbarla. Pasa largas horas mirándolos, sintiendo esas sacudidas, esas oleadas de inquietud, de vez en cuando aparece alguna imagen difusa, alguna resonancia inexplicable, algo hondo y profundo.  Profundidad  de abismo. Y ella que  no,  no  puede, no logra alcanzar ninguna cosa aunque se esfuerce,  aunque estire las dos manos.   No, no tiene acceso a esos universos interiores,  vacía como está de  recuerdos. 
Ella queriendo entender,  desesperándose, tratando inútilmente de rememorar. Y esos deseos urgentes  la empujan,  la  acercan  peligrosamente a un inmenso agujero negro. Y está tentada a saltar,  tentada a  perderse en esa  negrura tan profunda como el mar. Y la sola imagen del mar inesperadamente aflora un flujo de pensamientos espontáneos, de imágenes violentas,  la visión de un mar engulléndola,  es un detonante, una vibración que va invadiendo cada nervio, y más vibraciones  galopando  por su sangre, hasta que finalmente, vuelve   la sensación de ahogo,  de pérdida del equilibrio.
Mejor  no atreverse,  es mejor   no  saber, dejar las cosas como están,  quedar así en  ese  acercamiento y poder salirse,  acostumbrarse a esa nada, al sentimiento, ese  que  viene de lejos, de antes, de mucho antes. un antes que ella desconoce. 
De todo,  la  música es lo que más la desconcierta, esa que suena en su cabeza, la capacidad suya  para  interpretarla de memoria, la facilidad para hacer que vuelva  cuando tiene la total certeza de que nunca la ha escuchado. Y es una  repetición mental, pero que la llena de perturbación y asombro ¿De dónde vendrá,   qué relación  guarda con  el  nombre:   ése,   el de Lidia? Y la música  crece,  se prolonga, algo  desata  en ella, algo  nítido que la recoge y envuelve. Y lo que empieza no para,   termina siendo un cúmulo de notas, de lluvias que destila un olor antiguo. Algo tan  simple, devolviéndole un algo verdaderamente suyo,  un algo que llega,  un  sonido residual, uno recurrente,  el de una filarmónica.
Algo agazapado a punto de saltar, adueñándose, invadiéndola, dándole forma. Ella no quiere resistirse a esa posibilidad de recuperar  de golpe algún recuerdo, y se engaña,  la música no puede,  como  un espejo  recrea  y refleja  la transparencia,  su vida permanente;  ¿pero  cuál será  el reverso de la imagen que proyecta, de ese mundo  suyo exterior  aparentemente inalterable y lejano? La música no llegar a inundar todas las zonas prohibidas de la memoria.
Algo que ella desconoce,  sospecha que su significado tiene que ver con esa etapa de su vida que está borrada, por eso no insiste, y no trata de interpretar.
Y vuelve, y es eso,  una fascinación  que no se atreve a enfrentar.  Porque sospecha que hay  algo terrible que  es mejor ignorar.  Porque en el fondo lo que menos ganas tiene es de lastimarse y de ser la víctima.
Y la música sube, da vueltas, se repite innumerablemente  para luego apagarse.  Después  nada,  un vago intento,  un recuerdito queriendo salir a flote. Después   un silencio difícil, un irse acomodando en esa espiral  que se vuelve cada vez más densa y más profunda.
Mira el humo que entra en la tarde de manera distinta,  casi mística, está formando  un nubarrón que no se disipa. Ella,  temiendo a la tormenta, al frío seco y punzante que viene de afuera. Por eso cierra la ventana, no importa que en el interior el aire se vuelva estancado y podrido, mejor así, para que no entre nada, para que no entre el sol, y  ningún rayito de luz  a descubrirla.
Pero esa contante presencia de la música, ese nombre que hoy se le antoja hermoso, conocido, un nombre que escucha en otras voces desconocidas, y que  va  subiendo  no sabe de dónde, ni por qué, pero que hoy  tiene la seguridad de haberlo escuchado muchas veces.
Necesita indagarse, empezar por el nombre que no reconoce suyo o por la cicatriz que tiene en el muslo y se alarga hasta el tobillo, saber que fue antes de esa cicatriz, que  ahora   palpa inconcientemente. Y resulta doloroso recorrerla, doloroso y desesperante la noción: la impresión de tener la pierna atrapada contra el  zinc y la madera astillada de un remo.
¿De dónde vendrá la idea de un bote y un remo? si está segura nunca haber estado en el mar. Siempre le ha preocupado no tener memoria hasta ahí, no saber cómo llego ese costurón a su pierna, esa ausencia absoluta de recuerdos,  donde nada regresa a excepción de pequeños  destellos que la dejan  ansiosa,  sumida  en  esa  nada cada vez más   impenetrable. Y lo peor,  es  la sensación de no pertenecer a ningún lugar, de que todo resulte inevitable y ajeno, inevitable como esos árboles que está obligada a ver cada vez que entra o sale de su apartamento.  No,  no le gustan,  parecen plásticos bajo cualquier luz y recobran una   negrura transparente en el fondo de un cielo que siempre anochece.
Ajena  es como se siente, mira con total indiferencia el corredor,  la  estrecha escalera de mosaico apenas iluminada,  los cuadros,   las cortinas.  Todo haciéndola sentir fuera de lugar,  distinta, extranjera. Y la palabra extranjera resuena una y otra vez aturdiéndola,  ofreciéndose. Y una simple palabra cuantas cosas pone en movimiento,  desata un mundo de pequeñas imágenes, de cuerpos luminosos que danzan y gesticulan para ella.
No, no va a hacerse  ilusiones, no va a engañarse más, un nombre no dice nada, y las palabras dicen y no dicen,  las palabras son ausencia, en su propia incandescencia  terminan por agonizar y consumirse.
Ella como un arbolito que no se puede aclimatar bajo otro cielo,  temiendo al nubarrón que no se disipa,  a la tormenta,  al recuerdo de otro cielo que palidece y tiembla ante la proximidad de la noche.
Y el sí misma es la guerra, el olor del mar que se abre entre tantos otros y la va descubriendo. El mar que es ya una presencia,  una multiplicidad de ella misma y se marea. El mar  que siempre ve, aunque entre  y  se esconda, un mar que parece y reaparece aunque no se le mire. Y el sí misma es eso, caminar por la cuerda floja, agotarse, distinguir el pájaro negro que sobrevuela  la idea del regreso ¿Regresar a dónde? Y la idea del regreso, está asociada a   la imagen de un faro que se aleja en una noche que se vuelve cada vez más fría. Después lo que acepta sin aclarárselo del todo, la vida que comenzó a sus diez años.
Hallarse desaparecida desde hace tanto, con una mínima conciencia de que se tiene una vida, de que tiene corazón aunque la sangre esté helada, y  estómago por el salto punzante. La conciencia mínima de que existe un presente aunque este sea una circunstancia.
Y una circunstancia era la fábrica, los compañeros de curso, la invitación, el compromiso y eso también era su vida el compromiso de vivir muy a su pesar. 
Encontrarse con un  pasado,  que es el punto en la mirilla, la ventana siempre abierta a un mar que salta y la empuja y la obliga a seguir perdida en esa nada, en esa vida que está en lo que no vive y en esa intranquilidad del ahora que llega, que viene llegando.
Toparse con un único paisaje, un mar en el que  puede caer y está temiendo a la zambullida, al agua fría que la arrastra a otra playa, a otra arena más fina donde daría gusto enterrar muñecas o dejarse enterrar.
Y con el recuerdito de una playa,   llega como un portazo, una confirmación, un mar de violentas caídas,  y un retornar a esa profundidad que puede absorberla, donde se acuna y queda como vacía, sintiendo un amargor, salpicaduras, zumbidos que van empequeñeciéndose como la luz.
Ninguna luz para alegrar la tarde, ninguna voz para arrancarla a ella,  de ella misma y no es que no estén las voces de los otros llamándola, llamándola sí, por ese otro nombre que no va con ella,  y es muy  poco aliciente para traerla de vuelta.  Nadie para rescatarla,   nadie  para  franquear esos  muros interiores. Nadie para dar con la verdad,  una verdad  que siempre está  yéndose.  Y toda idea de un viaje la desconcierta. La idea de recuperar el pasado la paraliza.  Pero como sustraerse a tanta fuerza, a lo que está  más allá del horizonte, del otro lado que ni siquiera sabe cómo es. Y  no sabe porque piensa en unos  árboles de un rojo intenso que armoniza como en un cuadro con todo un paisaje real ¿y qué será lo real? puede  un paisaje imaginario,  el ruido del agua cuando cae y choca contra un muro descarnándolo, provocar  esos derrumbes interiores,  llena como está de pensamientos tristes, de sitios extraños, que la dejan sobrecogida y tan  ansiosa.
La ansiedad es otra cosa, un sentimiento de persecución, de carencia, un susto que le oprime la boca del estómago, un ligero temblor que la paraliza.
Nadie vive en presente absoluto. Todo tiene un pasado, un sitio,  una acumulación. Existe un antes, una historia,  un padre y una madre,  un hermano, sí hermanos,  un abuelo y una filarmónica.  Encontrarse así con la verdad casi a boca de jarro,  como con un disparo en la sien,  es mucho para ella  y teme no poder  soportarlo.
Querer y no querer al mismo  tiempo, construirse una nueva identidad, otra. Tejer y destejer,  para poder  librarse,  para no volver a la obsesión.  No, no quiere volver y vuelve. Luego están esos torrentes queriendo entrar,  agitándola. Buscando una grieta por donde escurrirse. Y lo que se ha ido retorna,  lo que fue  vuelve a repetirse.
Se ensaña el tiempo. Todo gira y acontece, vuelven  las notas repentinas, la estridencia del mar,  el recuerdo de sitios que saben de ella,  más que ella misma. La frecuencia con que vuelven las imágenes logra una materialización. Y puede llegar a un parque  por el reflejo rojo de unos globos que se pierden en la inmensidad, o por el recuerdo  de una  bata,  y hasta  puede creer que es la niña que llora  por los globos perdidos, o porque ya sabe, ya ha aprendido que las cosas que se pierden jamás se recuperan. Es la imagen, el rostro de la niña  lo que trata de reconocer mientras se mira en el espejo. 
Mirarse en el espejo no le dice nada, salvo que no está muerta aunque no haya aprendido a sonreír, también están esos ojos suyos tan negros, esa mirada dura, penetrante, una mirada que no será  jamás como la de las monjas que la asistieron, ni de aquella mujer seria y enigmática que la crío después,  pero que igual, no han perdido su ternura,  esa honda tristeza que hace pensar en los abismos, y no sabe porque piensa en otros ojos, herméticos,  redondos,    iguales a los suyos,  montados en un círculo grisáceo, que hacen pensar en los ojos de un ahogado,  ¿Pero;  por qué piensa en los ojos de un ahogado?
Y sí que son  tristes los ojos de un ahogado,  esa  mirada que repite por enésima vez,  que se  acerca demasiado a ella,  que puede penetrarla,  recorrerla en un hormigueo de visiones,  y puede sentir la  húmeda caricia,  el roce, y va reconociéndolos,   
Ha ido a agazaparse a un rincón. Observa los puntos húmedos que dan en el cristal de la ventana como se amontonan hasta formar una hebra larga que se arrastra al deslizarse por el vidrio,  rastros de lodo que se ha ido amontonando con los días. 
Ella como el día que se va,   el reflejo y la visión  de las horas vacías que se rompen. Temblando, muy sensible, confusa, desconcertada, rumiando alguna idea, una que otra sensación difusa. Y dentro,  muy dentro de ella, percibe palabras, susurro, voces que se van armando, cobran fuerza, sentido de diálogo.  Y una voz y otra encuentran tono en la memoria, y así es como regresan  cimbreadas por el oleaje, para depositarse en un lugar impreciso dentro de ella, junto al  amasijo de rostros que no logra identificar. Luego esta esa playa de más sol y colores violentos. Un  mar que  comienza a crecer muy a  su pesar, que  se agita cada vez más,  ella comienza a desesperarse por ese sonido,  por  el  bulto que vislumbra sobre la superficie, un algo que arrastran las olas, que se acerca con el oleaje, cerca,  tan cerca que puede escuchar el sonido de las olas golpeándolo, y está cada vez  más cerca, más  mucho  más,   tan a su alcance,  que solo tiene que esforzarse un poco.  Y  ella  que se esfuerza,  se   estira,  está a punto de alcanzarlo, ya casi  roza la envoltura,  y cuando logra asirlo contempla horrorizada la triste verdad.  Es un  vivero de brazos y piernas, de cuerpos mutilados, de rostros con los ojos desmembrados, ojos que caen y se  mueven sobre la superficie de las aguas.
Un sentimiento la atraviesa entre lágrimas, la  visión  desgarradora de los ojos  amados.  Luego la tormenta que prosigue, ella una playa bastante arrasada,   ella toda como un montón de arena húmeda, donde  el tiempo que se ensaña y golpea.  Después baja la marea, ella sintiendo que empieza a desmoronarse, y en la orilla,  el gesto fracasado de los brazos detenidos y  la   muerte,  la muerte honda,  las de las mil cabezas y  todas de ahogados.  Asombrada de ver con los mismos ojos,  ahora dentro del naufragio,  el hundimiento como una   iluminación íntima, la muerte desenfocada, la doble realidad, todo el dolor subiendo,  el pasado que  llega  fraccionado como los cuadros de una película.
Está con los diez en la balsa que sube y  baja, que se pierde y reaparece en el oleaje, mientras arriba la luna macilenta se dobla con el vómito. Ha visto la noche hacerse, azularse, para después volverse todo  oscuro. Oscuridad de principio,  donde no ha hurgado el dedo de Dios.
Tanta noche y tanta uniformidad, tanto negro, solo diversificado por algún claro de luna tembloroso, y en la misma noche se ve y los ve, ve a su hermano Ernesto despojado de ropa, lo oye decir que va a buscar refresco. Sabe que no regresará, porque tampoco regresaron los otros, los que fueron al baño, al colegio, los que simplemente cruzaron  la calle. Y hubiera ido con él si pudiera moverse, si tuviera pies  y no un charco sanguinolento. Si no estuviera amarrada.
Ella en un carrusel que resplandece al mediodía  que gira y gira como el mar, un mar  que no sabe si es el cielo. Ella frente a  los otros, juntos y distantes, como  en el negativo de esa gran película que se proyecta en su mente.
Y en el día una larga franja reverdecida por un sol permanente, en el centro un pequeño núcleo de blancas vicarias, de hierbajos ambarinos como sacado de un sueño,  y reaparece el naranjal donde jugaba con los primos, y la idea de unos primos que se esconden mientras ella cuenta no le gusta nada, la imposibilidad de no encontrar es lo que más la asusta.
El cielo  enrojece como inflamado en un incendio que dura hasta el otro día, el sol es un zargazo dilatado sobre su espalda, ella siente que todo su cuerpo comienza a derretirse,  los labios se vuelven gruesos y pesados, la lengua pastosa,  y siente en sus pies  un hormigueo constante.
El reflejo de la luna vuelve a aterrorizarla, el zarandeo que es igual dentro y fuera del agua. Todo gira con la fuerza del viento, y  gira el cielo y el mar.  Todo es  locura: la balsa es  un hervidero, un  torbellino del sol quemante, afuera el mar,  el  cortejo de oscuras olas como larguísimos dedos que intentan atraparla,  y naufraga la lluvia que no quita la sed, la mucha sed, ni el hedor a la carne podrida.  Desde el filo del caparazón que el agua ha partido en dos,  ve todo hasta el final.
 El padre braceando inútilmente es lo último que ve. Lo ve dudar antes de que el pie vacilante  tocase  el agua.  Y vuelve a la imagen del hundimiento, a la mirada última de él,  al sonido del  cuerpo cayendo.
Ahogarse es mejor que vivir sin recuerdos. Pero un recuerdo jamás llega solo, trae siempre demasiado dolor. 
Y sí que es cómoda la posición del ahogado. Soltarse, dejar de luchar al fin.   Flotar, flotar lento,  fundirse  hasta ser uno con el mar,  sentir  los tendones reblandecidos y  suaves,   la ligereza del agua y  la espuma  masajeando todo el cuerpo. Si no fuera  por como se hinchan,  por lo violáceo de  la piel,  por  el  hedor,  por como se les retuerce la boca  en un gesto único y primitivo, por como se apagan sus  ojos  y  resbalan tras la última mirada. Si no fuera por el mar,  por esa violencia del mar, pasaría largas  horas contemplándolos.
Y la visión  del agua cercándola, la intención salobre del destino  guardándose  una última carta por piedad. ¿Piedad? Todo como una compleja estructura, sirviendo de puente, conectándola al pasado, reconstruyéndola. Siente el cansancio, un terrible cansancio en los ojos,  la fuerza que  tira desde los párpados hacia abajo,  los ojos  que comienzan a cerrarse. El  cansancio en los brazos, y el agua.  La fuerza invencible del agua llenándolo todo,  agua y más agua,   y la muerte que es nada,  rodeándola, la muerte que es oscuridad, una  oscuridad tan fría…
 Y el murmullo de mar cede ante la fuerza de la mañana, aquella gloria la distrae: un sol naciente  trayéndola  de vuelta  a la superficie de sí misma.
Está  tranquila,  tranquila como quién ya sabe,  ya  sabiendo  que tiene una vida que vivir y otra oportunidad de ser feliz. Que  nada es mejor que llamarse Mery,   ser  extranjera  y  haber   sobrevivido a un naufragio. Por eso abre  las  ventanas,  necesita  respirar, disfrutar  de esas   intensas sombras y ángulos del sol del  verano que recién comienza.  Ahora  puede  enterarse en las sábanas y dormir,  dormir hasta que vuelen las mil  mezquitas del oriente y suenen las primeras trompetas del Apocalipsis,  y el pasado, el pasado  haya quedado atrás, definitivamente. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 




 
 



 

 

domingo, 20 de septiembre de 2015


Y me devuelves
lo que siembro en ti
las rojas luces
los muérdagos filosos
que detienen el sol...
y las palabras

Y me devuelves
el corazón en su círculo
y catástrofe
un torbellino
de sílabas enfermas
de pájaro en su lluvia
Eres lo bendito
del silencio
y devuelves
un tintineo de voces
y lámparas
esa frescura de semilla abierta
en el deseo
me devuelves
otra
anticipada
y silvestre
en lo sensual
y tuyo
en lo que tienta
del verso
siega y verano
abriéndose
en su mazo pacífico
de frutos y noches.


 

sábado, 19 de septiembre de 2015



LA PROMESA
Seguía aquel desconocido sin quitarle los ojos de encima, no solo porque no confiaba en él, sino porque llevaba en brazos a mi hijo Luís. Atravesamos una explanada antes de adentrarnos en un bosque de pinos que se alzaba imponente,  temerosa y desconfiada trataba de mantenerme cerca, no era un hombre conversador,  en todo el tramo y las horas que estuvimos  juntos  solo había cruzado conmigo unas pocas  palabras.
 
Habíamos caminado más de una hora y estaba realmente fatigada, me dolían terriblemente los pies,  pero no me quejaba.
Estaba a punto de desmayarme por el calor y el agotamiento. 
Hasta que por fin la voz dijo “Descansemos aquí” el hombre se detuvo poniendo  a Luís en el piso, el niño corrió hacia mí. Busqué un lugar donde acomodarme para poder alimentarlo, pero desde mi rincón seguía al hombre con mis ojos, lo vi tumbarse en el suelo y al poco rato lo sentí roncar, fue entonces que cerré mis ojos y apreté al niño contra mi pecho, estaba tan extenuado que enseguida se durmió, fue entonces que como sucede siempre que estoy sola y hay silencio y que el niño se  duerme, que  aparece tu imagen intacta, idéntica, sin que se borre un gesto,  recordaba  cada rasgo de ese rostro que  yo amaba, aparecías siempre con una sonrisa fresca y juvenil, y la boca  se abría para repetir  la promesa. “Espérame mi amor, aguanta un poco, volveré por ti y por mi hijito” y yo esperé, cuatro años de mi vida como Penélope, pero a diferencia no esperaría siempre, te conocía bien, sabía que eres de los que cumplen su promesa, y esperé, si esperé a pesar de todos y de que mi familia te odió porque para ellos me abandonabas embarazada de cinco meses y no te perdonaban que no esperaras a que naciera el niño, pero yo sabía que lo hacías por nosotros, por darnos un futuro mejor como decías, y estaba quedándome con tu imagen cuando la voz me sacó del ensimismamiento. “Tenemos que seguir”, el niño dormía plácidamente, volvió alzarlo en sus  brazos y emprendió la marcha seguido de cerca por mí.  Una sola idea me hacía avanzar por aquellos trillos, un solo pensamiento,  Luís necesitaba a su padre, y al fin estaríamos juntos.

Era bella mi tierra, yo me embebía del paisaje que dejaba detrás definitivamente pensando  con dolor que mis ojos nunca más recorrerían esos sitios,  y me dolía lo que dejaba atrás, avanzaba con la angustia y el remordimiento  de no despedirme de los míos , no tuve valor,  sabía  lo que dirían, sobre todo mi hermano Manuel que había sido un padre para mi hijo, ellos me había apoyado siempre  y yo no podía decirles, “me voy y me llevo al niño”, así doliéndome mucho en el corazón pero impulsándome una emoción muy fuerte, la del reencuentro, seguía avanzando porque tú eres el hombre que yo amaba, el único hombre, el padre de mi hijo.
Era el amor dándome fuerzas y motivación para seguir, el amor cuando me fallaban   todos,  cuando estaba a punto de desfallecer, tu imagen y el recuerdo de lo que habían sido estos cuatros años sin ti. Seguíamos avanzando, cada vez que me alejaba más sentía golpear mi corazón bien fuerte, internándonos cada vez más profundo.  Podía sentir el olor del mar, “estamos cerca” había dicho la voz y yo sentía que algo se me estrujaba en el pecho y unas ganas terribles de llorar. Y lloré en silencio, me secaba las lágrimas con la manga de la camisa para que el desconocido no lo notara, y para  que cuando Luis me miraba con aquella carita de susto y agotamiento no viera que yo estaba tan asustada como él.

Volvimos hacer un alto, el niño se había dormido, me alegré porque me sentía fatal, me tumbé en el suelo, me pareció cómodo y el mejor lugar del mundo para descansar, y puse al niño sobre mi pecho, cerré los ojos pero no conseguía dormir, tenía muchos sentimientos encontrados. Pensaba en  la cara que pondrían todos cuando estuviéramos juntos, en la cara de aquellos cuyos comentarios malintencionados  llegaron a oídos de mi familia diciendo  “que tenías otra y que llevaban  tiempo y que te habías casado”, y  tantas  otras tonterías, que dirían ahora  que cumplías tu promesa, porque eras un hombre de verdad y venías por mí, nunca dejaste de mandarme dinero y preocuparte   llamándome cada vez que podías aunque fuera una vez al mes. Cuando podías claro,  nunca fallaste,  ningún mes, y trabajabas duro para sacarnos, y yo sabía, sabía que vendrías por mí, y estaba feliz de imaginar que harías cuando tuvieras a tu hijo en los brazos.  Que dirían aquellos que siempre dudaron, que echaban leña al fuego para que te olvidara y rehiciera mi vida de nuevo.  Dos años me bastaron para conocerte, y cinco para amarte, nada podía hacer que me olvidara de ti, nada ni siguiera la distancia. Esperaba segura de que ibas a volver por mí, aunque nadie creyera, yo era tu amor, no importa lo que dijeran, ellos no te conocían,  nadie te conocía como yo.
La tarde  avanzaba,  me parecía que tenía un triste color, seguía la opresión en mi pecho, hacía un calor insufrible. Miraba entre las ramas de los árboles un cielo que palidecía y comenzó a golpearme una  estúpida indecisión, no dejaba de pensar en mi hermano y en el dolor que les daría a todos llevándome al niño, Luís era la locura de la familia, la alegría que nos había unido, todos desviviéndose por él, pensé en papá  y en lo que diría, en mamá y lo que iba a sufrir. Empecé a sentir un arrepentimiento, unas ganas de regresar, de llamar a Manuel para que viniera por mí y por mi hijo; pero era demasiado tarde. El desconocido debió notar mi perturbación y nerviosismo no dejaba de mirarme,  me miraba sin hablar, me sentí incomoda con aquellos ojos inquisidores sobre mi rostro.
Mientras más avanzaba la tarde, comenzaba a invadirme un sentimiento de desesperación, me empezó cierto nerviosismo, cierto temor que me cogiera la noche sola con el niño y aquel hombre del que solo sabía que se llamaba Juan,  lo vi apartarse, lo sequía recelosa con mis ojos, escuche que hablaba con alguien por teléfono pero no pude escuchar lo que  decía.
“Estamos cerca, no falta mucho”  me dijo al regresar “falta muy poco”, esas palabras trataron de calmarme: pero yo seguía inquieta, no sé porque no dejaba de preocuparme, imagino que eso nos ocurre siempre cuando nos enfrentamos a lo desconocido, yo le temía al mar, era un miedo de siempre, pero no me había detenido a pensar en ello, eras tú o el mar, eras tú o mis miedos y siempre vencías.
Me hizo un gesto para que le entregara a Luís y para seguir camino yo se lo cedí porque ya no tenía fuerzas,  pero siempre que lo hacía me quedaba con una intranquilidad y con un sobresalto, luego caminaba junto a él sin perderle pie ni pisada, sacando fuerzas no sé de dónde para llevar su paso.
Y seguía, seguía por un camino cada vez más cerrado,  nos cercaba el verde y una tupida  maleza. Andamos un rato.
“Es aquí” y la voz por fin anunciando la llegada,  “tenemos que esperar hasta que anochezca” Yo trataba de luchar con el ser negativo que llevaba dentro, trataba de callar todas las voces, para solo escuchar tus palabras. El recuerdo de tu voz entre los mosquitos, los zumbidos eran cada vez más insoportables y las picadas. Tu voz y la noche cayendo lentísima, el llanto de Luís y miles de sensaciones y emociones agolpándose, pero tenía que estar contigo, eso me decía el corazón. Tu voz más alta que el  ruido del mar,  tu promesa pesando más que todo, empujándome con mucha fuerza, la ilusión haciendo ola, un sonido más alto que el sonido del mar y el de mis miedos, una presencia impulsando mi voluntad, un último sacrificio y al fin juntos.

Ya había oscurecido y mi desesperación había crecido tanto que ya no me importaba que me viera llorar, el niño también lloraba y estaba muy angustiada.
Sentí la opresión fuerte de una mano sobre mí, me volví, la mano señaló el mar, yo solo vi una sombra en la negrura de la noche, una sombra que aceleraba mi corazón de un modo impredecible, me incorporé para ver mejor, apreté al niño contra mi pecho y avancé, entré en el agua y seguí avanzando, el niño comenzó asustado a llorar fuerte, lo apreté  duro contra mi pecho y lo calmé; “es papi…, es papi… en vano trataba de tranquilizarlo,  lloraba más al sentir el ruido del mar y  mientras  yo seguía internándome en el agua oscura,  mientras avanzaba el agua iba subiendo y mi paso se hacía cada vez más lento, tanto que me costaba caminar,  me parecía que seguía parada en el mismo lugar, no avanzaba el peso del niño y del agua que casi llegaba ya a mi pecho me dificultaban la marcha  y yo queriendo subir a Luís  más alto y mis fuerzas que se acababan y yo hundiéndome y entonces algo, una fuerza tirando de mí, y eras tú y eran tus brazos, tú alzando por fin a Luís, abrasándolo contra tu pecho, besándolo mucho, y eras tú tan diferente, sin mirarme, sin hablarme, sin sacarme del agua  y yo casi helándome  sin fuerzas, esperando a que me saques.
Y sigues sin mirarme, y sigo temblando, esperando a que reacciones y te acuerdes de mí,  pensando que era  la alegría de tener a tu hijo en tus brazos  lo que hacía que me olvidaras. Y sigues sin mirarme, sin decir una palabra mientras la embarcación comienza a alejarse. Y no puedo pensar, no puedo creer que me dejes, porque me dejas en el agua, sin que te importen mis gritos, ni mis súplicas, sin importarte que enloquezca,  sin importarte el peor dolor que estoy sintiendo,  las ganas de hundirme en ese mar por la terrible decepción y la impotencia.

Y trato de calmarme  y me calmo pensando que vas a virar por mí, que fue quizás la emoción, la alegría de conocer a tu hijo,  y estoy segura que  cuando te des cuenta vas a regresar. Y  me engaño  pensando que  vas a volver creyendo conocerte.  Y no,  no te conozco, no te creía capaz de hacerme eso, nunca pensé que tuvieras corazón para quitarme a  mi hijo.
Y sigo esperando, una hora, dos, tres,  no sé cuántas, no apareces, y el agua se vuelve cada vez más fría y pesada. En vano grito y me agoto, en vano sigo gritando tu nombre,   llamándote mucho, desesperándome hasta quedar sin voz, hasta que todo se vuelve silencio, un silencio pastoso y apretado.
Hasta que por fin de la noche surge un ruido de motor que se acerca, y se revuelven  mis entrañas,  y una ligera  esperanza me engaña aún más, y rio en mi locura, con las pocas fuerzas que me quedan.
Y  me confunden las voces,  la luz de un reflector que ahora apunta directo hacia mí hasta cegarme y sigo confundida, entre tanta ceguera, buscando un rostro que no encuentro, en esa  otra embarcación  que se acerca despacio, que llega  hasta donde estoy.
Y  no puedo luchar contra esos brazos que intentan sacarme, que me sacan, mientras les imploro, mientras les ruego que no, que tengo que quedarme. Y en vano me resisto, en vano grito  y pataleo, esos brazos me vencen, me suben, me dejan  tendida en el piso frío de esa embarcación,  donde estoy con  la mirada perdida en el infinito, en ese infinito  que se dispersa y va colapsando lento, lentísimo, como mi corazón.    

 

 

 

 

 

 

 
 

 

martes, 8 de septiembre de 2015

Irán tus manos
entre las luces
encendiendo el sol
y la ternura
todo el aire
en su volcán
y llama
en esa desnudez
del eco
pacíficas
irán
rondando hacia la sed
y los silencios
Irá tu boca
entre las fábulas
mordiendo
lento
la oscuridad
las vivas semillas
de mi cuerpo
irá
callándome
en su alivio
numeroso
en su deshoje
de sílaba
y tormenta