miércoles, 23 de septiembre de 2015

 


LIDIA
 
Hoy quisiera llamarse Lidia,  y le llegan más nombres y no sabe de dónde, o lo sabe, y tiene algo que ver la bata descolorida y sin botones encontrada en el sótano. También están esos otros objetos dentro de la caja, comunicándole un sentimiento, un saber extraño que logra perturbarla. Pasa largas horas mirándolos, sintiendo esas sacudidas, esas oleadas de inquietud, de vez en cuando aparece alguna imagen difusa, alguna resonancia inexplicable, algo hondo y profundo.  Profundidad  de abismo. Y ella que  no,  no  puede, no logra alcanzar ninguna cosa aunque se esfuerce,  aunque estire las dos manos.   No, no tiene acceso a esos universos interiores,  vacía como está de  recuerdos. 
Ella queriendo entender,  desesperándose, tratando inútilmente de rememorar. Y esos deseos urgentes  la empujan,  la  acercan  peligrosamente a un inmenso agujero negro. Y está tentada a saltar,  tentada a  perderse en esa  negrura tan profunda como el mar. Y la sola imagen del mar inesperadamente aflora un flujo de pensamientos espontáneos, de imágenes violentas,  la visión de un mar engulléndola,  es un detonante, una vibración que va invadiendo cada nervio, y más vibraciones  galopando  por su sangre, hasta que finalmente, vuelve   la sensación de ahogo,  de pérdida del equilibrio.
Mejor  no atreverse,  es mejor   no  saber, dejar las cosas como están,  quedar así en  ese  acercamiento y poder salirse,  acostumbrarse a esa nada, al sentimiento, ese  que  viene de lejos, de antes, de mucho antes. un antes que ella desconoce. 
De todo,  la  música es lo que más la desconcierta, esa que suena en su cabeza, la capacidad suya  para  interpretarla de memoria, la facilidad para hacer que vuelva  cuando tiene la total certeza de que nunca la ha escuchado. Y es una  repetición mental, pero que la llena de perturbación y asombro ¿De dónde vendrá,   qué relación  guarda con  el  nombre:   ése,   el de Lidia? Y la música  crece,  se prolonga, algo  desata  en ella, algo  nítido que la recoge y envuelve. Y lo que empieza no para,   termina siendo un cúmulo de notas, de lluvias que destila un olor antiguo. Algo tan  simple, devolviéndole un algo verdaderamente suyo,  un algo que llega,  un  sonido residual, uno recurrente,  el de una filarmónica.
Algo agazapado a punto de saltar, adueñándose, invadiéndola, dándole forma. Ella no quiere resistirse a esa posibilidad de recuperar  de golpe algún recuerdo, y se engaña,  la música no puede,  como  un espejo  recrea  y refleja  la transparencia,  su vida permanente;  ¿pero  cuál será  el reverso de la imagen que proyecta, de ese mundo  suyo exterior  aparentemente inalterable y lejano? La música no llegar a inundar todas las zonas prohibidas de la memoria.
Algo que ella desconoce,  sospecha que su significado tiene que ver con esa etapa de su vida que está borrada, por eso no insiste, y no trata de interpretar.
Y vuelve, y es eso,  una fascinación  que no se atreve a enfrentar.  Porque sospecha que hay  algo terrible que  es mejor ignorar.  Porque en el fondo lo que menos ganas tiene es de lastimarse y de ser la víctima.
Y la música sube, da vueltas, se repite innumerablemente  para luego apagarse.  Después  nada,  un vago intento,  un recuerdito queriendo salir a flote. Después   un silencio difícil, un irse acomodando en esa espiral  que se vuelve cada vez más densa y más profunda.
Mira el humo que entra en la tarde de manera distinta,  casi mística, está formando  un nubarrón que no se disipa. Ella,  temiendo a la tormenta, al frío seco y punzante que viene de afuera. Por eso cierra la ventana, no importa que en el interior el aire se vuelva estancado y podrido, mejor así, para que no entre nada, para que no entre el sol, y  ningún rayito de luz  a descubrirla.
Pero esa contante presencia de la música, ese nombre que hoy se le antoja hermoso, conocido, un nombre que escucha en otras voces desconocidas, y que  va  subiendo  no sabe de dónde, ni por qué, pero que hoy  tiene la seguridad de haberlo escuchado muchas veces.
Necesita indagarse, empezar por el nombre que no reconoce suyo o por la cicatriz que tiene en el muslo y se alarga hasta el tobillo, saber que fue antes de esa cicatriz, que  ahora   palpa inconcientemente. Y resulta doloroso recorrerla, doloroso y desesperante la noción: la impresión de tener la pierna atrapada contra el  zinc y la madera astillada de un remo.
¿De dónde vendrá la idea de un bote y un remo? si está segura nunca haber estado en el mar. Siempre le ha preocupado no tener memoria hasta ahí, no saber cómo llego ese costurón a su pierna, esa ausencia absoluta de recuerdos,  donde nada regresa a excepción de pequeños  destellos que la dejan  ansiosa,  sumida  en  esa  nada cada vez más   impenetrable. Y lo peor,  es  la sensación de no pertenecer a ningún lugar, de que todo resulte inevitable y ajeno, inevitable como esos árboles que está obligada a ver cada vez que entra o sale de su apartamento.  No,  no le gustan,  parecen plásticos bajo cualquier luz y recobran una   negrura transparente en el fondo de un cielo que siempre anochece.
Ajena  es como se siente, mira con total indiferencia el corredor,  la  estrecha escalera de mosaico apenas iluminada,  los cuadros,   las cortinas.  Todo haciéndola sentir fuera de lugar,  distinta, extranjera. Y la palabra extranjera resuena una y otra vez aturdiéndola,  ofreciéndose. Y una simple palabra cuantas cosas pone en movimiento,  desata un mundo de pequeñas imágenes, de cuerpos luminosos que danzan y gesticulan para ella.
No, no va a hacerse  ilusiones, no va a engañarse más, un nombre no dice nada, y las palabras dicen y no dicen,  las palabras son ausencia, en su propia incandescencia  terminan por agonizar y consumirse.
Ella como un arbolito que no se puede aclimatar bajo otro cielo,  temiendo al nubarrón que no se disipa,  a la tormenta,  al recuerdo de otro cielo que palidece y tiembla ante la proximidad de la noche.
Y el sí misma es la guerra, el olor del mar que se abre entre tantos otros y la va descubriendo. El mar que es ya una presencia,  una multiplicidad de ella misma y se marea. El mar  que siempre ve, aunque entre  y  se esconda, un mar que parece y reaparece aunque no se le mire. Y el sí misma es eso, caminar por la cuerda floja, agotarse, distinguir el pájaro negro que sobrevuela  la idea del regreso ¿Regresar a dónde? Y la idea del regreso, está asociada a   la imagen de un faro que se aleja en una noche que se vuelve cada vez más fría. Después lo que acepta sin aclarárselo del todo, la vida que comenzó a sus diez años.
Hallarse desaparecida desde hace tanto, con una mínima conciencia de que se tiene una vida, de que tiene corazón aunque la sangre esté helada, y  estómago por el salto punzante. La conciencia mínima de que existe un presente aunque este sea una circunstancia.
Y una circunstancia era la fábrica, los compañeros de curso, la invitación, el compromiso y eso también era su vida el compromiso de vivir muy a su pesar. 
Encontrarse con un  pasado,  que es el punto en la mirilla, la ventana siempre abierta a un mar que salta y la empuja y la obliga a seguir perdida en esa nada, en esa vida que está en lo que no vive y en esa intranquilidad del ahora que llega, que viene llegando.
Toparse con un único paisaje, un mar en el que  puede caer y está temiendo a la zambullida, al agua fría que la arrastra a otra playa, a otra arena más fina donde daría gusto enterrar muñecas o dejarse enterrar.
Y con el recuerdito de una playa,   llega como un portazo, una confirmación, un mar de violentas caídas,  y un retornar a esa profundidad que puede absorberla, donde se acuna y queda como vacía, sintiendo un amargor, salpicaduras, zumbidos que van empequeñeciéndose como la luz.
Ninguna luz para alegrar la tarde, ninguna voz para arrancarla a ella,  de ella misma y no es que no estén las voces de los otros llamándola, llamándola sí, por ese otro nombre que no va con ella,  y es muy  poco aliciente para traerla de vuelta.  Nadie para rescatarla,   nadie  para  franquear esos  muros interiores. Nadie para dar con la verdad,  una verdad  que siempre está  yéndose.  Y toda idea de un viaje la desconcierta. La idea de recuperar el pasado la paraliza.  Pero como sustraerse a tanta fuerza, a lo que está  más allá del horizonte, del otro lado que ni siquiera sabe cómo es. Y  no sabe porque piensa en unos  árboles de un rojo intenso que armoniza como en un cuadro con todo un paisaje real ¿y qué será lo real? puede  un paisaje imaginario,  el ruido del agua cuando cae y choca contra un muro descarnándolo, provocar  esos derrumbes interiores,  llena como está de pensamientos tristes, de sitios extraños, que la dejan sobrecogida y tan  ansiosa.
La ansiedad es otra cosa, un sentimiento de persecución, de carencia, un susto que le oprime la boca del estómago, un ligero temblor que la paraliza.
Nadie vive en presente absoluto. Todo tiene un pasado, un sitio,  una acumulación. Existe un antes, una historia,  un padre y una madre,  un hermano, sí hermanos,  un abuelo y una filarmónica.  Encontrarse así con la verdad casi a boca de jarro,  como con un disparo en la sien,  es mucho para ella  y teme no poder  soportarlo.
Querer y no querer al mismo  tiempo, construirse una nueva identidad, otra. Tejer y destejer,  para poder  librarse,  para no volver a la obsesión.  No, no quiere volver y vuelve. Luego están esos torrentes queriendo entrar,  agitándola. Buscando una grieta por donde escurrirse. Y lo que se ha ido retorna,  lo que fue  vuelve a repetirse.
Se ensaña el tiempo. Todo gira y acontece, vuelven  las notas repentinas, la estridencia del mar,  el recuerdo de sitios que saben de ella,  más que ella misma. La frecuencia con que vuelven las imágenes logra una materialización. Y puede llegar a un parque  por el reflejo rojo de unos globos que se pierden en la inmensidad, o por el recuerdo  de una  bata,  y hasta  puede creer que es la niña que llora  por los globos perdidos, o porque ya sabe, ya ha aprendido que las cosas que se pierden jamás se recuperan. Es la imagen, el rostro de la niña  lo que trata de reconocer mientras se mira en el espejo. 
Mirarse en el espejo no le dice nada, salvo que no está muerta aunque no haya aprendido a sonreír, también están esos ojos suyos tan negros, esa mirada dura, penetrante, una mirada que no será  jamás como la de las monjas que la asistieron, ni de aquella mujer seria y enigmática que la crío después,  pero que igual, no han perdido su ternura,  esa honda tristeza que hace pensar en los abismos, y no sabe porque piensa en otros ojos, herméticos,  redondos,    iguales a los suyos,  montados en un círculo grisáceo, que hacen pensar en los ojos de un ahogado,  ¿Pero;  por qué piensa en los ojos de un ahogado?
Y sí que son  tristes los ojos de un ahogado,  esa  mirada que repite por enésima vez,  que se  acerca demasiado a ella,  que puede penetrarla,  recorrerla en un hormigueo de visiones,  y puede sentir la  húmeda caricia,  el roce, y va reconociéndolos,   
Ha ido a agazaparse a un rincón. Observa los puntos húmedos que dan en el cristal de la ventana como se amontonan hasta formar una hebra larga que se arrastra al deslizarse por el vidrio,  rastros de lodo que se ha ido amontonando con los días. 
Ella como el día que se va,   el reflejo y la visión  de las horas vacías que se rompen. Temblando, muy sensible, confusa, desconcertada, rumiando alguna idea, una que otra sensación difusa. Y dentro,  muy dentro de ella, percibe palabras, susurro, voces que se van armando, cobran fuerza, sentido de diálogo.  Y una voz y otra encuentran tono en la memoria, y así es como regresan  cimbreadas por el oleaje, para depositarse en un lugar impreciso dentro de ella, junto al  amasijo de rostros que no logra identificar. Luego esta esa playa de más sol y colores violentos. Un  mar que  comienza a crecer muy a  su pesar, que  se agita cada vez más,  ella comienza a desesperarse por ese sonido,  por  el  bulto que vislumbra sobre la superficie, un algo que arrastran las olas, que se acerca con el oleaje, cerca,  tan cerca que puede escuchar el sonido de las olas golpeándolo, y está cada vez  más cerca, más  mucho  más,   tan a su alcance,  que solo tiene que esforzarse un poco.  Y  ella  que se esfuerza,  se   estira,  está a punto de alcanzarlo, ya casi  roza la envoltura,  y cuando logra asirlo contempla horrorizada la triste verdad.  Es un  vivero de brazos y piernas, de cuerpos mutilados, de rostros con los ojos desmembrados, ojos que caen y se  mueven sobre la superficie de las aguas.
Un sentimiento la atraviesa entre lágrimas, la  visión  desgarradora de los ojos  amados.  Luego la tormenta que prosigue, ella una playa bastante arrasada,   ella toda como un montón de arena húmeda, donde  el tiempo que se ensaña y golpea.  Después baja la marea, ella sintiendo que empieza a desmoronarse, y en la orilla,  el gesto fracasado de los brazos detenidos y  la   muerte,  la muerte honda,  las de las mil cabezas y  todas de ahogados.  Asombrada de ver con los mismos ojos,  ahora dentro del naufragio,  el hundimiento como una   iluminación íntima, la muerte desenfocada, la doble realidad, todo el dolor subiendo,  el pasado que  llega  fraccionado como los cuadros de una película.
Está con los diez en la balsa que sube y  baja, que se pierde y reaparece en el oleaje, mientras arriba la luna macilenta se dobla con el vómito. Ha visto la noche hacerse, azularse, para después volverse todo  oscuro. Oscuridad de principio,  donde no ha hurgado el dedo de Dios.
Tanta noche y tanta uniformidad, tanto negro, solo diversificado por algún claro de luna tembloroso, y en la misma noche se ve y los ve, ve a su hermano Ernesto despojado de ropa, lo oye decir que va a buscar refresco. Sabe que no regresará, porque tampoco regresaron los otros, los que fueron al baño, al colegio, los que simplemente cruzaron  la calle. Y hubiera ido con él si pudiera moverse, si tuviera pies  y no un charco sanguinolento. Si no estuviera amarrada.
Ella en un carrusel que resplandece al mediodía  que gira y gira como el mar, un mar  que no sabe si es el cielo. Ella frente a  los otros, juntos y distantes, como  en el negativo de esa gran película que se proyecta en su mente.
Y en el día una larga franja reverdecida por un sol permanente, en el centro un pequeño núcleo de blancas vicarias, de hierbajos ambarinos como sacado de un sueño,  y reaparece el naranjal donde jugaba con los primos, y la idea de unos primos que se esconden mientras ella cuenta no le gusta nada, la imposibilidad de no encontrar es lo que más la asusta.
El cielo  enrojece como inflamado en un incendio que dura hasta el otro día, el sol es un zargazo dilatado sobre su espalda, ella siente que todo su cuerpo comienza a derretirse,  los labios se vuelven gruesos y pesados, la lengua pastosa,  y siente en sus pies  un hormigueo constante.
El reflejo de la luna vuelve a aterrorizarla, el zarandeo que es igual dentro y fuera del agua. Todo gira con la fuerza del viento, y  gira el cielo y el mar.  Todo es  locura: la balsa es  un hervidero, un  torbellino del sol quemante, afuera el mar,  el  cortejo de oscuras olas como larguísimos dedos que intentan atraparla,  y naufraga la lluvia que no quita la sed, la mucha sed, ni el hedor a la carne podrida.  Desde el filo del caparazón que el agua ha partido en dos,  ve todo hasta el final.
 El padre braceando inútilmente es lo último que ve. Lo ve dudar antes de que el pie vacilante  tocase  el agua.  Y vuelve a la imagen del hundimiento, a la mirada última de él,  al sonido del  cuerpo cayendo.
Ahogarse es mejor que vivir sin recuerdos. Pero un recuerdo jamás llega solo, trae siempre demasiado dolor. 
Y sí que es cómoda la posición del ahogado. Soltarse, dejar de luchar al fin.   Flotar, flotar lento,  fundirse  hasta ser uno con el mar,  sentir  los tendones reblandecidos y  suaves,   la ligereza del agua y  la espuma  masajeando todo el cuerpo. Si no fuera  por como se hinchan,  por lo violáceo de  la piel,  por  el  hedor,  por como se les retuerce la boca  en un gesto único y primitivo, por como se apagan sus  ojos  y  resbalan tras la última mirada. Si no fuera por el mar,  por esa violencia del mar, pasaría largas  horas contemplándolos.
Y la visión  del agua cercándola, la intención salobre del destino  guardándose  una última carta por piedad. ¿Piedad? Todo como una compleja estructura, sirviendo de puente, conectándola al pasado, reconstruyéndola. Siente el cansancio, un terrible cansancio en los ojos,  la fuerza que  tira desde los párpados hacia abajo,  los ojos  que comienzan a cerrarse. El  cansancio en los brazos, y el agua.  La fuerza invencible del agua llenándolo todo,  agua y más agua,   y la muerte que es nada,  rodeándola, la muerte que es oscuridad, una  oscuridad tan fría…
 Y el murmullo de mar cede ante la fuerza de la mañana, aquella gloria la distrae: un sol naciente  trayéndola  de vuelta  a la superficie de sí misma.
Está  tranquila,  tranquila como quién ya sabe,  ya  sabiendo  que tiene una vida que vivir y otra oportunidad de ser feliz. Que  nada es mejor que llamarse Mery,   ser  extranjera  y  haber   sobrevivido a un naufragio. Por eso abre  las  ventanas,  necesita  respirar, disfrutar  de esas   intensas sombras y ángulos del sol del  verano que recién comienza.  Ahora  puede  enterarse en las sábanas y dormir,  dormir hasta que vuelen las mil  mezquitas del oriente y suenen las primeras trompetas del Apocalipsis,  y el pasado, el pasado  haya quedado atrás, definitivamente. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 




 
 



 

 

1 comentario: