miércoles, 12 de octubre de 2016


 MAÑANA QUE TRAERA EL OTOÑO
A la memoria de mi abuelo.

El  árbol enfermo fue una  premonición, luego cuando el abuelo cayó en aquel estado ya no tenías duda, estaban conectados de una manera misteriosa. “El árbol  tiene su propio lenguaje” te había dicho  muchas veces. Ahora sentías que el árbol hablaba, y ese terrible  anuncio te hería en lo más hondo. Y duele no hacer nada, estar así de brazos cruzados,  mientras agonizan, mientras se mueren.

Y se van perdiendo aquellos ojos encendidos de sol,  aquellas historias fabulosas que contaba como nadie.  Porque era el abuelo el más sagaz, el más juvenil, el más alegre y sociable, el que sembró cada semilla, así, contando cuentos, el de los soberbios sermones, el  incansable abuelo de las largas conversaciones, el que amenizaba las tardes y los días regando el jardín, y alimentando a las aves.
Ahora aquellos ojos suplicaban, y  te duele que vayan perdiendo poco a poco esa chispa de alegría, que vayan apagándose hasta volverse  un manojito seco y de un solo color. Y es el blanco helado de la neblina más cruel, el blanco quietísimo de la muerte. 
Las  luces heladas por la neblina ya no te alegran el corazón. Ya no te dicen nada esas mismas luces que siguen suspendidas, quietísimas, sin que titilen en ella la esperanza. Y es un sacudimiento,  un temblor a penas, y a duras penas divisas esa luna amarrilla que contemplaban juntos. Recuerdas cuando te quedabas despierta hasta bien tarde. Era ese momento en que todas las visiones  te  lanzaban a escribir.  Y eso también, que pudieras escribir tenías que agradecérselo a él. Todas aquellas historias que te contaba de niña, “un saco lleno de cuentos” y siempre un cuento, y otro  y otro  antes de dormir. El gran narrador,  él, el  gran escritor,  aunque nunca publicara  nada.  Todas esas historias las tenía en su cabeza,  las repetía una y otra vez.  Como si ya, de tanto contarlas  se volvieran reales.
Y volvías al recuerdo de cuando  tumbada en el suelo  pegabas  el oído para sentir el latido de la semilla naciendo,  de cuando esperabas con impaciencia ver la resurrección, el brote surgiendo de la tierra húmeda.
Y la gata también fue un regalo del abuelo, la trajo muy pequeña dentro de una bolsa de tela. Habían crecido juntas, y  juntas esperaban en ese sofá de fieltro oscuro a que ocurriese un milagro. Esperando que pasara rápido esa agonía y ronroneo que se había vuelto la voz más alegre, que dejara de ser ese ronquido entrecortado que anunciaba la peor de las presencias.
Y es la muerte. La muerte lenta en su recorrido  llenándose  de días y de lluvias, de muchas lluvias y de otros otoños, de muchos otoños que se hacen uno solo y caen con el peso terrible de una lápida.  La misma muerte que aguarda en los rincones de la casa, la misma que se filtra en el suero del abuelo. Vampira muerte bebiéndose su sangre, la muerte que venció el deseo de luchar y de quedarse.  La misma muerte que ronda el árbol y hace que se caigan las hojas. 
La muerte, la que va abriéndose paso entre los tilos, deslizándose  bajo el fragor y las franjas azulosas de las velas, en medio de  una noche sin estrellas,  la misma muerte atravesando el aire,  un ruido de llantos e inciensos, un puñado de sonidos que suben ansiosos hasta perderse en los púrpuras  profundos de la noche. Y era la peor noche en su deshoje, y era la luna,  la misma luna que los acompañaba en aquellas largas caminatas, y que hoy relucía en la oscuridad como un viejo latón abandonado.
La solemnidad con que cumplías su última voluntad, esparcir sus cenizas en el tronco del árbol.  La esperanza de saber que se quedaba para siempre en él, que seguiría prolongándose de otoño en otoño avivaba un mismo deseo.
Hoy tomabas la decisión correcta. No irías a la universidad, no harías la carrera que tu padre te escogió antes del nacimiento, porque habrían muchos médicos, muchos buenos cardiólogos,  muchos alumnos y muchas universidades, pero solo tú podías cuidar de aquel pequeño paraíso, solo tú podías mantener viva la memoria del abuelo.
Y nada es mejor y nada puede darte más dicha que ver como el árbol recobra vida, como brotan sus hojas  y como adquiere esa vivacidad,  esos tonos únicos que encendían  los atardeceres,  los mismo atardeceres en que tomados de la mano recorrían aquel largo callejón hasta la infancia. 

Bajo esa danza frenética de mariposas que siguen  colgándose en la luz. Bajo las repetidas formas que guardan esa sola expresión del tiempo. Un rostro dibujándose, una fija  claridad amparando todas las  soledades.
Y era el abuelo quedándose, borrando esa llama de tristeza que comenzaba a lamerte el corazón, el abuelo venciendo ese discurso agotado de la muerte, quedándose en el destello de las luces, detenido en el mediodía de la sangre, en ese plazo que imponen las ausencias, quedándose con total libertad, en esa  armonía luminosa que escurren las lluvias de todos los recuerdos.