viernes, 22 de enero de 2016





Tu acierto fue amarme

cuando la luz en su desgaje infeliz

cortaba de un tajo los inviernos

y yo era la sed

lo lamido por el fuego

y la memoria

Te esperaba mi sangre

acudían mis gaviotas

a ese llamado

tú eras la fuerza

lo bendito

amparándome de mí

de los infiernos

que hay en las soledades

 

Tu acierto fue adivinarme

bajo el escombro y el rocío

bajo la fría lápida

del miedo

te esperaba mi temblor

ese pacifico vaivén

de aves y palabras

y fue lo abierto de tu mano

y la ternura

recogiéndome

trayendo un plazo

y un convite

trayendo el amor

y lo domado

y curabas las heridas

esa desazón con que la muerte premia

 

 

 

 

 

 
 
 

A qué llamaré noche

después de esta negrura

qué trazo de sombra

invocaré

qué silencios 

a qué diré distancia

si no existe el sol

solo un nido de brumas

en su vaivén y lluvias

hilando los  torrentes

y las bestias

hilando un nuevo nunca

a esa otra eternidad

de las palabras





ULTIMAS  LUCES

Estas no deberían ser las últimas luces, ni este el último aire. ¡Dios mío, tengo 14 años¡ No debería estar en esta azotea, ni tampoco haber huido de casa. ¡Mamá enloquecerá¡  de cualquier forma enloquecerá. Catorce años solo sirven para soñar y desesperarse. No eres niña, ni eres mujer, estas en una especie de limbo transitorio, en una nada mística desde donde puedes adelantar ilusoriamente hacia ningún lado. Es una desventaja porque al final eres tan vulnerable, que apenas tienes armas para defenderte de tu propia ingenuidad.
A esta edad  jamás piensas que algo pueda ser lo último, debería estar haciéndote ilusiones con un mundo maravilloso. Una debería poder pensar en los chicos, en el primer beso sin sentir esta repugnancia odiosa y ese nudo que va trizando y ahogando una a una todas las mariposas que nacen en el estómago.
Y esperas tener tu fiesta de quince  mientras va creciendo tu cabellera  para ese adorno de guirnaldas blancas. 
Debería pensar con ilusión en la fiesta de fin de curso, en todas las sorpresas que prepararía mamá, y  jugar a adivinar el color de mi vestido, y por fin, ¡mis primeros  tacones¡ Pobre mamá,  tantos sueños conmigo, y tantas ilusiones que  terminó  agobiándome, jamás podre complacerla, no soy fuerte como ella.
Debería  pero no, hoy he mirado como adulto y todo es terrible, todo me liga a esa impresión fastidiosa de que todo seguirá empeorando hasta el final. De que no iras a ningún lado, no importa cuánto esfuerzo pongas, ni cuanta resistencia, porque siempre sucede lo inevitable. Porque todo es, para precipitarse a un fin, a un mismo fin y no importa lo que hagas, no cambiarás las cosas.
Por eso estoy aquí, anticipándome,  resuelta  a ganarle a Dios; pero está ese mareo que me producen las alturas, el vértigo, el aire frío y tremendo que se mete en los pulmones. Y está ese maldito pensamiento en la muerte. No, no debería pensarla, pero la pienso.
Pensar la muerte, ir deshilándose en ese sentimiento de la caída, en ese abandono en que el cuerpo no puede resistirse, flotar un momento, hasta que todo se vuelve impalpable, hasta que eres una con las cosas, aérea, distante.
No debería mirar hacia abajo, me mareo, y si hay algo que no soporto es estar mareada, por eso una a una  tomaba  las píldoras y las vertía  en el retrete,  no soporto esa sensación de pérdida de control, esa enajenación  donde pierdes la voluntad, Prefería mil veces sufrir todas las depresiones.
Morir es eso. Acabo de descubrir que morir duele, la idea de la muerte es más que una representación, está en nosotros, puedes palparla y saber cómo será ese minuto final, ese choque contra el asfalto, donde tu sangre estalla, donde tu cuerpo  fragmentado y  todas tus partes estarán expuestas a la lástima y a la contemplación.   
No sé si fue el brillo de las luces, algo fue. Quizás traer la muerte para hacerla real, traerla para luego odiarla, o pensar en mamá, algo fue liberándome de ese mal deseo,  de esta debilidad.
O fueron las luces,  mirarlas  así de frente cambia las cosas, algo se va organizando cuando piensas en ellas y las miras así desprendidas, elevándose sobre todo con una impunidad,  parpadeando ajenas en ese espacio único desde donde resisten. Ellas son más que un color, una energía bulliciosa,  una manera de alegrar la oscuridad, de alegrarme, ellas son lo vivo y son ya una invitación a vivir.

 

 

 

 
  

viernes, 1 de enero de 2016



              De la palabra al primer crepúsculo
En el principio la palabra era…
Juan 1: 1
 
“Sistemas de cosas puestos en orden por la palabra…una palabra viva que ejerce poder,  que es más aguda que toda espada de dos filos, que penetra hasta dividir entre alma y espíritu y entre coyuntura y sus tuétanos y que puede discernir pensamientos e intenciones del corazón.’’ Esta revelación de Pablo a los hebreos serviría de estímulo y razón a todo lo que se dijera después para demostrar la supremacía de las palabras. Una palabra originaria de mundos, de realidades distintas, que lleva existencia en sí,  materializa lo que toca, una palabra vivificante que se encarna para la salvación, que  puede salir de los infiernos. Una palabra que es el retorno a Dios. Nadie ha ido  más lejos que los escritores bíblicos en explicar el origen y esencia de la palabra.  Revelan al Dios que trasciende el universo físico porque es la causa de su origen, y a la palabra como el principio de la creación. Hablan de dos divinidades separadas y distintas, el Dios eterno e increado y después, el  dios  unigénito engendrado antes de la creación, por medio del cual creó y ordenó todas las otras cosas. Otros no establecen distinción, consideran la palabra como manifestación de la esencia divina. Dios y verbo en una sola naturaleza, en una única esencia; pero distintos por sus atributos personales. Pero si de su actividad creadora se derivan otros hijos y otros espíritus, ¿son estos partes de su misma sustancia, comparten su misma esencia?  Ésta y otras interrogantes tendrán que enfrentar el dogma trinitario. La  aplicación errónea de términos como “esencia” o “sustancia” para definir a Dios,  seguirá creando un problema de interpretación, si Él es  alguien y no algo.  Otra y misma es la  mentalidad expresada por filósofos, tal es el caso de Anselmo de Acosta, para quien “la palabra interior de Dios no es un sonido de voz, sino esencia creadora”. Esta explicación de una única y misma esencia;  pero que a la vez es distinta, parece más una metáfora,  una cuestión de fe filosófica que Abelardo busca justificar con la simple declaración, “la naturaleza divina se puede expresar solamente por parábolas o metáforas”.
¿Qué diré, filósofos pensando como poetas, o  poetas expresándose con filosofías?  Descubro en muchos filósofos la intención de querer poetizar.  Algunos lo logran, otros sólo pueden balbucir y contradecirse. Considerar la trinidad como una definición  poética pudiera estar bien, pero hay que enfrentar otro hecho: “el poético”. Y esa es la acción de la poesía: el camino a la búsqueda, a la revelación. Si poesía es revelación, o lo que traduce por excelencia,  se podrán aclarar muchos misterios. Por ser creadora, puede arrojar mucha luz sobre el momento creativo y bien puede aclararnos el comienzo.
Ubiquemos al poeta en el drama de la creación. Testigo y partícipe del espíritu divino,  engendra el verbo, que a su vez por ser imagen y semejanza es también creativo, y por lo tanto  co-creador.  El poeta de la creación opta por tener compañía, un logos,  donde more la plenitud y un medio por el cuál reconciliar de nuevo las cosas consigo mismo: la palabra. Así,  como Dios se manifiesta en lo creado, el artista en su creación lleva el ser a las cosas. Él,  la gran fuente de energía, convirtiendo en materia la poesía del cosmos, el instrumento es la palabra y entonces nace el poema. Un cosmos que se organiza. La gran metáfora del génesis: en medio del caos se hace la luz. 
Hágase la luz,  y en la mente del poeta está la obra que ha de realizar; pero no tendrá existencia si no se materializa, existirá solo en el pensamiento, jama tendrá existencia sino se materializa.  En los dos la idea de la obra es una palabra interior que sólo puede ser revelada por una palabra exterior.  El soplo divino vivifica la palabra y con ella todo lo demás, el verbo y también la poesía.
La Escritura sagrada alude a “la palabra” como el comienzo de todo, también la máxima Mallarmeana explica que la poesía surge de las palabras y no de los sentimientos. Las palabras convierten a la poesía en acto de creación.  De ahí que Huidobro magistralmente diría: “El poeta es un pequeño Dios”.
Aprendemos entonces: de la misma manera como las creaciones del hombre están separadas de él −el lenguaje, el arte, la ciencia− las creaciones de Dios, no son Dios mismo. Así como la poesía busca el linaje de la palabra, y  es  la unidad profunda de dos  identidades distintas. Dios y verbo son dos, distintos y únicos antes y después del momento creativo. La palabra es el retorno a  Dios y es reconciliación, pero es también la conciencia de su eternidad.  Lo que explica (Juan 1: 18) La palabra que revela a su creador. Poesía como expresión de vida, se funde al logos, un verbo que se encarna para la salvación, para dar testimonio vivo del origen y de la verdad. Poesía como victoria, no acepta la muerte aunque se extienda  hacia la eternidad de lo muerto. La palabra que sale de los infiernos  vuelve a Dios, incólume, inmortal. El retorno eterno, ella siempre estará  volviendo y nosotros con ella.
Aunque hay una poesía que destruye, una poesía destructora de la poesía. Una fuerza brutal y demoníaca. Un caos que resiste y desafía  el orden.  El poeta en su condición mortal tiene limitantes, mientras más se aleje de lo divino puede ser arrastrado, él asiste al nacimiento de todo, pero sólo puede interpretar. Las cosas ya están creadas, sólo podrá ordenar y desesperarse,  percibir las palabras en sí, el movimiento que irradian. Son más  las veces en que nada puede añadir; tampoco puede agotar la realidad: él es uno que olvida o hace como si no supiese; las palabras logran un  “estado”, un “continuum“;  muestran lo que hay en el interior y en la profundidad, lo que no aparece a la vista. En poesía, como en la naturaleza, lo invisible se justifica por lo visible.  Sólo podrá  traducir la poética del universo, una poética que no es reemplazable, establecer el juego de las analogías con el que logra diferenciar, independizarse. Escribirá una  poesía de resonancia; una dualidad de contrarios que se establece con la relectura del universo y de la propia poesía.
Si Cristo es el logos, la piedra angular, la sabiduría personificada, un yo que es otro, que se convierte en multiplicidad, (Verbo, Cristo, Abadón, Miquel el arcángel)  −el “ je  est un autre”−  no es originario de Rimbaud,  ni el  yo en muchos,  donde uno domina sobre todos, −recordemos el hombre poseso de demonio (legión)− que impugnó Jesús. Por lo que la personalidad dividida, ese otro que acompaña la actividad reflexiva y que no se reconoce,  tampoco tuvo su origen en los románticos alemanes,  ni en la heteronimia de Pessoa. Un verbo que es muchos, que domina las fuerzas del caos o la razón.
Aristóteles reconoce el carácter imitativo del arte pero no ve, como Platón, el motivo para considerarlo ilusorio, porque el arte en sí copia de la realidad. El poeta es un intermediario entre la realidad y las palabras, entre la imagen de las cosas y su existencia. Artífices de un universo verbal, logrará dejar intacta una sinfonía que alcanzará universalidad. Toda la existencia latiendo en el espacio de un poema. La imagen poderosa, la que exige tiempo para ser traducida, estará libre de límites temporales y espaciales, cargada de eternidad, quedará sonando como una gran campana. Lo perfecto será siempre recordado, será para siempre parte nuestra y terminará por hacernos  diferentes.
Según lo expuesto, la palabra es anterior a la historia,  precede el nacimiento de todo, considerada objeto, ofrecida al hombre, hecha y destinada para él. En la palabra está lo fundacional, la lucidez, la experiencia totalizadora. Cuántas eras, cuánto pulso contenido, cuántas nuevas y antiguas miradas. Las palabras son el presente  y son  retorno, crean otra percepción, nos hablan de un comienzo perfecto;  pero a la vez traen un desconcierto mayor: nada que pensemos o imaginemos será auténticamente nuestro. Ellas nos han antecedido, nos convencen de que algo nos falta, mucho nos engañaremos en la búsqueda de significados y significantes, porque las palabras también están hechas de silencio y memoria; son el hallazgo y al mismo tiempo la soledad.
Borges cita en su ensayo El culto a los libros, el tratado Sefer  Yet  Serat (Libro de la formación). Éste revela “que Jehová de los ejércitos, Dios de Israel y Dios todopoderoso, creó el universo mediante los números cardinales  que van del  uno al diez y las veintidós letras  del alfabeto”. Y es que unos verían en el número la sustancia originaria, y otros en la palabra, pero ahora aquí aparecen juntos. Número y palabra como sustancia creadora del mundo, como hipótesis del orden mesurable. Número y palabra para dar la armonía universal, para indagar la esencia de la vida, para imitar el arte de Dios. Y es la necesidad de hallar la fórmula creativa, la necesidad de expresar ideas y sentimientos lo que nos ha hecho poetas. Necesidad de la palabra para aprehender el sentido de la vida, para revelar la realidad,  para  indagar en el ser. Podemos comprender  todas las relaciones  gracias a su actitud contemplativa y mediadora. Cifra y plenitud, unidad de lo múltiple donde estará fluyendo siempre la poesía que busca  reintegrarse a nuestro ser.  Para entender el orden y la unidad del mundo, la poesía también busca aprendernos. Las palabras y sus sensaciones nos definen, nos dan una identidad. Poesía es el instrumento para escribir la sensibilidad y darle forma a los sentidos. Existe en ella el deseo de liberarnos de lo racional.  Obliga a vivir en el misterio y eso nos gusta.
Que la literatura sea un arte de influencia,  lo explicaría  Pessoa, porque “se basa en la palabra que es abstracción suprema…porque no conserva nada del mundo exterior, porque el sonido −accesorio de la palabra− no tiene valor sino como asociado, por imperceptible que parezca esa asociación”.
La palabra ejecutora, la que ha ido construyendo la historia, ha ido sustentando al hombre, dándole la posibilidad infinita, resistencia ante el dolor. Nos entrega su energía; pero jamás sacia, nos va despertando una conciencia, un hambre  de continuidad, de participaciones, y nos va entregando su lumbre, sus reminiscencias, desde la lucidez o desde lo desconocido.  Añadida  a la naturaleza, es todas sus relaciones, y poco lleva tanta verdad. La importancia de la poesía  está en ella misma, su fiebre es más que exaltación, se viste del atributo divino de la eternidad. El poeta se acerca a ella a través de la imaginación. Esta definición estaba en el pensamiento de Blake: “El mundo de la imaginación es el mundo de la eternidad”. Muy contrario a la opinión de Borges para mí, el concepto de eterna humanidad,  nuestro yo no lo rechaza, tampoco creo que la perfección sea una vanidad, cuando son milagros que explica la literatura.
El poeta como Job, puede creer que está solo,  abandonado a suerte y  que se espera que reniegue. Él es un ser desesperado y sin posibilidad de redención, uno que siente el vacío de la incomunicación; pero dialoga, muestra los conflictos existenciales del hombre, siente lo interminable de la pérdida, él  mira de lejos, desde lo insuperable del dolor, hundido en su duelo ve cómo todo se va,  él, uno que siente la imposibilidad,  el pánico de su conciencia ante la inmensidad de  Dios.  También como Job adopta una actitud de espera, padece sin transigir. La poesía toma un poco de su dolor y desesperanza; pero ella también es resistencia, aprende a soportar, está por encima de las circunstancias. La poesía quiere agotar lo infinito y trascender la conciencia de la existencia, no pocas veces logra fundirse al ser y rescatarlo de sí mismo.
El que escribe  sabe de sí y de los otros.  El poeta no siempre busca lo nuevo, necesita volver a la inspiración de atrás. Todas esas formas de volver también son  avance.  La inspiración llega de forma sorprendente, son nuevos los medios, los significados, pero reconoce la esencia de su propia vida en las generaciones pasadas, el poema integra el acontecer de los otros a  la individualidad del poeta.  Una infinitud de rupturas y sonidos residuales con las que logra una nueva cadencia. En todo el caudal de la poesía que surge correrá el verso inicial y su infinidad de movimientos, de presencia colectiva que  quedaran atrapados en esa mente individual. Hoy es doctrina que todos los autores sean un solo autor.  Es una de las tesis del pensamiento de Octavio Paz: ‘’La idea del mundo como un texto en movimiento desemboca en la desaparición del  texto único, la idea del poeta como un traductor o descifrador conduce a la desaparición del autor’’. Renacer es retorno, y es negación y es continuidad, −he aquí lo paradójico−  el  renacer de la nueva poesía  siempre será retorno. Si nos detenemos en Valéry encontramos las mismas reflexiones; para él ‘’no existe verdadero sentido de un texto, no existe autoridad de autor, sea lo que fuere lo que haya querido decir, he escrito lo que he escrito… de manera que si me interrogaran  qué quise decir en tal poema…respondo que no quise decir, sino que quise hacer, y que fue la intención de hacer la que quiso lo que dije’’.  Lo que deseamos contar ya está en las palabras, pocas veces contamos lo que pretendemos,  las palabras se advierten, se mezclan o se anulan y las cosas suceden. Cuenta la predisposición del lector, sus gustos, estado de ánimo, vivencias, pero esto no le preocupa al que escribe. ‘’No es en mí que se compone la unidad real de mi obra  −nos dice Valéry−  he escrito una ‘’partitura’’,  pero sólo puedo oírla ejecutada  por el alma y el espíritu de un tercero’’ para él una ‘’obra jamás acaba… sino que se abandona y este abandono es el que la entrega a las llamas o al público’’. El poeta reconoce el estado reversible de la obra. Las palabras pueden ser alteradas sin daño, pueden cambiar el sentido de un texto, reescribirlo de nuevo. Otro que sentía un gran amor por las palabras era Dylan Thomas, y sin embargo concluyó: “No son las palabras las que expresan lo que quiero expresar; las palabras son lo único que encuentro que se acercan para explicar sólo la mitad… no me gusta escribir sobre las palabras, sólo encuentro las peores. Me gusta usar las palabra como el artesano la madera o la piedra, tallarlas, moldearlas, pulirlas hasta lograr el modelo capaz de imprimir impulsos líricos, dudas, convicciones, verdades percibidas que debo tratar de realizar”. El poeta reconoce que hay palabras llenas de oscuridad y abismo. Palabras insuficientes para traer la razón y la armonía al ser, palabras que no logran narrar, que nos niegan la revelación. Sí; existen esas palabras insuficientes, y otras muchas que trascienden la experiencia literaria.
Poesía es el instrumento para medir el tiempo: en ella está el pasado, el presente y el futuro, un universo de reciprocidades, análogo al universo de los sueños, un universo sin restricciones donde se logra la emancipación, porque poesía es un reino, un territorio libre de devastación.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

La poesía lleva siglos acompañándonos, tiene mucho que decir pero la incapacidad es nuestra, incapacidad de ver y de oír, incapacidad  de dejar un criterio que resista el paso del tiempo.  Martí comprendía bien lo pasajero del saber humano cuando dijo: “tanto esfuerzo  para dejar a lo sumo como memoria de nuestra vida, una frase confusa, o un juicio erróneo’’ Si todas las intuiciones no llegan hacerse lúcidas, si casi todas las teorías no logran subsistir, si nada añadimos, si nada podemos sustraer más que a la angustia,  porque nuestro destino parece ser  “sufrir y desesperarnos”.  Si nuestro es también  el silencio y la memoria,  entonces ¿Por qué escribimos? La  cuestión parece ser: ¿Nos daremos por vencidos?  ¿Dejaremos de indagar,  dejaremos de decir?

 Nos gusta filosofar,  enceguecernos con lo luminoso de la modernidad, hacemos mucho ruido cuando creemos encontrar lo novedoso. Olvidamos que no existe nada nuevo,  lo nuevo somos nosotros, nuestra vida.  Nuestro es el fuego alimentado con luces desconocidas, en el canto nuestra exaltada intimidad junto a una nueva vibración,  y es  nuevo lo que contiene el ayer y nos contiene, porque lo que fue,  volverá a ser,  y lo que acontece tiene mucho de lo que vendrá.  En el universo todo es repetitivo, nada  ocurre una sola vez,  la infinitud se expande en muchas direcciones, no hay un único evento, ni un momento singular, “ el sol sale y el sol se opone, vuelve jadeante a su lugar para volver a salir fulguroso, el viento va hacia el sur y da vuelta en movimiento circular hacia el norte, en forma de círculo y sin demora vuelve, todos los torrentes invernales van al mar, no obstante el mar nunca está  lleno, al lugar donde salen los torrentes invernales allí regresan para poder salir” (Eclesiastés1)

De ahí que hoy sea común la idea de que todos los libros ya se escribieron, de que todo incluyendo nuestra vida es un reflejo falseado y mutilado, la idea de que la poesía ya está terminada, que en ella todo y siempre, que en ella  el ciclo absoluto del retorno eterno,  la  idea de que cada texto que se escribe pertenece a un mismo poema que comenzó en lo antiguo y continua en un nuevo contexto, tiene de alguna manera un sentido con lo ya explicado; pero debemos dejar fuera el pesimismo para no ver la historia como tiempo perdido, ni el tiempo personal empleado con el fin de dejar una verdadera y originar creación.

Recordemos la sentencia de Gertrude Steín: “Todos somos una generación de fundación” Aprender y olvidar parece ser la clave, el viejo tema resonando, la vida, la muerte, el hombre, el amor,  el desamor y vamos descubriéndonos, expresando lo que jamás se ha expresado. La escritura tiende lazos con lo ya vivido, con lo ya sabido, con el hecho único de volver al génesis y comenzar a nombrar.

La poesía moderna no quiere ser más que poema, expresa transformación de vida, en ese juego inofensivo de imágenes y palabras, sin perder el ritmo que en ocasiones es el de la vida. Poema con su energía apasionada ardiendo en nosotros transformando nuestra rebeldía.  No podemos vivir siempre mutilados,  siempre en las ruinas, abandonados sin asidero y sin certezas a las tempestades de esta época incierta y terrible. Oyeron que el arrepentimiento puede cambiar el futuro, si es así  entonces el futuro diferirá del presente. Nuestro es el tiempo apocalíptico, ese correr y apresurarnos, esa sensación de cataclismo,  de estar amenazados, nuestro es el temor y lo incierto.

 El hombre y su persistente vocación hacia el mal y lo irónico,  en su incidencia a la rebeldía, busca transgredir todas las veces, rebeldía es sinónimo de modernidad.  Todos quieren escribir poemas modernos. Algunos quieren  hacernos creer que el hombre  ha dejado de suspirar por lo bello, que la madre siempre es la prostituta y el padre es el pederasta, creer que todo ese intento poético es contemporáneo lleva un siglo acompañándonos. Ahora comenzamos hacernos consientes del error, ¿nos ha alcanzado esa generación de “malditos”?
También se dice que en la modernidad el autor nace con el texto, nada es previo,  nada es después del momento creador, pero en la modernidad también desaparece el autor,   para que nazca un nuevo creador: el lector. Ya se sabe que un texto no está terminado hasta que encuentra a un lector, y que la obra llega a ser una sola y misma cosa. Es el universo de los dos, son dos visiones dispares;  esa “unidad de contrarios”  es la que consigue esa participación.

Él escribirá una parte, otra,  y el lector con su interpretación hará una recreación del texto. Algo que no le preocupa para nada al que escribe. Valéry decía que: “un texto es como un aparato del que cada cual puede servirse a su guisa y conforme a sus medios; no es seguro que el constructor haga mejor uso de él que los otros”.

En la modernidad  se dice  que el autor nace con el texto,  que nada es previo,  y nada es después del momento creador.  Parece contradictorio el hecho de que en la modernidad también desaparece el autor  y que otro tome  el protagonismo. Ya sabemos que un texto no está terminado hasta que encuentra  a un lector y la obra llega a ser una sola y misma cosa. En la obra el universo de los dos,  son dos visiones;  la gran “unidad de contrarios”  un medio que consigue que el lector sea transferido a la obra para que escriba una parte, otra. El lector con su interpretación hará una recreación del texto. Eso no le preocupa para nada al que escribe. Valéry decía que: “un texto es como un aparato del que cada cual puede servirse a su guisa y conforme a sus medios; no es seguro que el constructor haga mejor uso de él que los otros”.

 

miércoles, 30 de diciembre de 2015


 
    Hile y destejí

    Penélope en la noche

   esperaba un himno

   un acierto

   que me trajera las palabras

  era inútil el invierno

  la lluvia desmedida

  de piedad

  era inútil la espiral

 y el incendio

 nada ardía

 era el frío de la muerte

 y era esa mímica

insegura del corazón

en su abandono

No había tiempo

lo hilado era yo

fuera del recuerdo

 

“Adonis: El Poeta en el centro de la visión” por Odalys Interián


Por Odalys InterianHe escogido a un poeta árabe renovador: Adonis, del que sólo conozco su poesía.  Bástame ella para  demostrar ese diálogo de múltiple escritura  donde está el contexto cultural  actual y el anterior.  Es Adonis un poeta de resistencia, resiste  la presión  de la circunstancias, lo que provoca  la conversión  a otra circunstancia distinta,  explicadora y amena. Escribe la poesía de lo contemporáneo.  Adonis siempre frente a lo humano, frente a la naturaleza,  interrogando y siendo interrogado, vislumbrando su herencia, el dolor encarnado de esa “humanidad gimiendo hasta hoy  y estando en dolor justamente hasta ahora”,  Adonis es poeta  por su manera de ver y sentir,  por su   manera de comunicarse.  No siente que ha llegado tarde. Escribe como si estuviera nombrando las cosas por primera vez,  él,  otro Adán,  creando un lenguaje propio para comenzar a nombrar.    Como en muchos poetas, en Adonis escribir  parece ser la gran tarea para sobrevivir. Es uno que sobrevive escribiendo. Su poesía conmueve, va desbordando un hambre y deseo que despierta por medio de reminiscencias  y  una sensibilidad singular a través de poemas que son islas cerradas  donde late el misterio de lo sugerente y una plasticidad simbólica con la que nutre  sus representaciones más íntimas, sacadas de recuerdos,  ensoñaciones o premoniciones.
Voz auténtica la de Adonis, una voz que somete la experiencia a una profunda elaboración  de su mundo interior.  El yo del poeta posee siempre una dignidad esencial,  tanto en el plano verbal como en el de la afectividad, su poesía nos aproxima.  Se ha creado un universo desde la realidad y como él lo ve, es su universo de angustias, desamparos y alegrías. Son sus diálogos con ese mundo circundante, una renovada contemplación que se torna inagotable, y por ello vivificante y deslumbradora.  Una poesía  llena  de contrastes,  de  contradicciones y opuestos: El bien y el mal, principio y fin,  éxtasis y movimiento, vida y muerte, todo llenando su cosmos, las redes de la poesía con una vastedad de imágenes visuales y un surtidor de símbolos.
Hay que leer a Adonis,  es un poeta esencial,  su poesía tiene una dimensión  superior y trascendente, cada lectura es una mirada siempre nueva.  Estamos ante un escritor de verdadera talla creadora, la calidad y autenticidad de su poesía se explica por sí misma, es una poesía de aperturas hacia lo inabarcable e indefinido. Como “un sacerdote agobiado de lenguas remotísimas” abriendo sus campos de palabras y llevando en los ojos su escritura, nos conduce a la experiencia más alta, la del conocimiento de lo que ha vivido en el espíritu,  hacia esa libertad del retorno y nos conduce a los mejores instantes de la poesía.
“Más no hay límite en mí”,  y es una revelación inequívoca de las fuerzas creadoras de sus textos. Su obra es un monumento de plenitud y esplendor en la riqueza de su diversidad  y en la hondura de su visión. Cuando leemos a Adonis los lectores nos quedamos perplejos ante una poética como la suya, lo que siempre ocurre  cuando estamos ante una obra acabada que sobrepasa su propia perfección.
Nada como  sus propias palabras para dejar abierto ese deseo de acercamiento a su poesía:
Los cielos, sim embargo,
al oírlo han alzado su techumbre de lluvia.

y se han aproximado.
Para dejar su rostro
_como verde campana_
encima de nosotros.
Poemas tomados del libro “Canciones del Mihyar el de damasco” de Adonis.

Adonis: El Poeta en el centro de la visión

FOTO ADONIS POETA WIKIPEDIA
Ali Ahmad Said Esber (Al Qassabin, 1 de enero de 1930), conocido por su seudónimo Adonis o Adunis, es un poeta y ensayista sirio.
Según Rimbaud el poeta como vidente, es el que es capaz de situarse en las diversas perspectivas que la realidad ofrece y lograr el acceso al conocimiento que es exclusivo de unos cuantos. En Adonis se ha señalado que lo que de él más interesa es “esa manera unitaria en que el ver se realiza, esa momentaneidad limpia en que se capta el constante decurso de las cosas”.  En Adonis la visión plena,  la agonía del poeta que percibe y padece la descomposición de un mundo y prevé otro. Su poética es la del acontecer, decisivo para el hombre, donde es tan necesaria la restauración del orden y la belleza. Yo diría que la lección mayor de esta poética es  revelar el sentido tumultuoso de la realidad y el eminente progreso a la desintegración, la visión explicadora  nunca alejada de la sentencia que vive el drama humano. Su lenguaje es el del hombre común, pero su carga semántica y de intenciones abren la poesía a una posibilidad de intelección, lleva lo íntimo y lo árabe a un nivel universal. Es nuestro, aprende, interpreta el mundo y lo propone desde la realidad y como él la ve, tanto el lenguaje como la afectividad hace que lo sintamos cerca, cerca y nuestro como Rimbaud, como Baudelaire, Mallarmé y Valéry, tan cerca y nuestro como Catulo, Villón,  Heine o Safo, porque Adonis viene a entregarnos la experiencia de una tradición rica y refinada que aprende el espíritu de renovación en la línea de Whitman:
(Del poema de Adonis: Monarca del Viento)
Yo estoy aquí / las flores acopiando / excitando los árboles
extendiendo los cielos como pórticos / y amo, / vivo /y nazco / en mis palabras.

Yo estoy aquí/ juntando mariposas / bajo el limpio dosel de la mañana
recogiendo los frutos./ compartiendo la noche con la lluvia
en el mar,/ en la nube y sus campanas 
Aquí estoy/ acarreando,/ anclando las estrellas.
alzándome  a mí mismo / en monarca del tiempo
Esto es lo que consigue Adonis esa participación.  Esa posibilidad que va más allá de los límites temporales de la existencia, en él la esencia, esa virtud de una poesía que aproxima y anuncia, junto a una conciencia de continuidad en la tradición, cuya originalidad está en la construcción de lo que narra sin pretender el regreso al tiempo primigenio. Pero que desde allí germina,  desde allí retorna. Donde la palabra no es el centro de la percepción estética, sino la imagen. Es esta una poesía de aperturas, la fuerza trascendente que escapa a toda visión estéril, en ella lo trascendente, iluminado e iluminador. No es el lirismo de la ensoñación, indaga y recrea los tiempos recientes o más próximos, el texto como conocimiento de lo desconocido, se inserta, revela su ser en el mundo. El hacerse a sí mismo, ignorando la conciencia de la inmensidad. Esa resistencia a la presión de la circunstancia.  La conversión a una nueva circunstancia explicadora y amena. Nos ha enseñado que la vida no es sólo la imagen de la realidad, y aunque en ocasiones nos convence de nuestra impotencia y fragilidad, de que estamos solos y desamparados, como Odiseo  viviendo en una tierra sin retorno, en  una tierra sin tiempo,  desde la desesperanza, el poeta nos anima y  alienta.
La exaltación de la imagen del hombre, que alaba la perfecta batalla, el diálogo con la naturaleza que lo trasciende. Indaga, nada tiene el poeta más que el verso y una sangre joven que corre con los cielos y la tierra. Ofrece una celebración a la memoria, a la memoria ejecutante en su dimensión temporal presente, reconoce el ayer que sirve al hoy.
En el discurso de la vida está también la rememoración a ese vacío que es la existencia, la impotencia que es la muerte. Tras la mirada del poeta,  el frío yacer, el silencio, el presente sin vida, y el recuerdo del padre que murió cual las nubes en agraz y con el rostro cual vela desplegadas, el recuerdo familiar siempre abierto a la tristeza:
Hay un puente de llanto / que camina conmigo,
y que, bajo mis párpados se rompe / En mi piel de cerámica,
un jinete infantil / que anuda sus caballos
Con los cables del viento, / las sombras de los ramos,
y que con voz profética nos canta / 
¡Oh vientos¡ / ¡Oh niñez¡
¡Largos puentes de llantos / tras los párpados,  rotos¡
Un hombre  que busca con avidez su propio centro, para encontrar lo disperso y lo agónico, el desamparo, la soledad íntima que sólo puede ser disimulada en la convivencia enmascarada.  En el poema  Sin que me vean tus ojos, hay la soledad del poeta, anunciada de manera rebelde;
No me han visto tus ojos / Tan virgen / Como el agua creadora de la linfa 
No me han visto / Lentamente / Viniendo / Desde allá
En medio del cortejo de holocaustos / Con el rayo y la hierba entre los pies
Y mañana…/ Mañana / En el fuego y la dulce primavera
Sabrás que voy matando la manada / Que transporto la semilla.
Y en mí crecerán tus ojos / Mañana       sí  mañana
Fuertemente influido  por las vanguardias, tan importantes en su formación y en su escritura. Esa tradición conforma su ámbito espiritual  y su evolución creadora.  En  especial el tono conversacional de sus textos y la imagen del hombre contemporáneo. Una escritura que parece estar liberada de una preocupación estética descriptiva, lleva en sí la brevedad del texto y una extrema tensión que vincula la poesía a la palabra. Efectivamente su poética supone una verdadera renovación. No necesita la metáfora convencional para revelar el mundo,  basta una simple enumeración,  una simple ruptura y “la disolución del poeta en los poetas, del poema en los poemas” una de las tesis que defendía Octavio Paz.
La desesperanza,  la falta de fe,  de sentido, Adonis lleva al seno de la poesía su mirada propia personal y a la vez colectivista  de  la circunstancia. Como en el libro de Job,  sus palabras sobre el destino “del hombre, nacido de mujer, de vida corta y harto de agitación”  donde también la idea de Dios está fusionada con la esencia del hombre; asumida con ironía. Y refleja Adonis  la pérdida de valores religiosos tradicionales. Como Nietzsche,  Baudelaire, y Rimbaud también es heredero del pensamiento romántico,  como en todos ellos,   la negación para afirmar;  como en ellos,  el rechazo de  los valores,  para proponer valores   propios y distintos, como en ellos en Adonis una anti sociabilidad que tiene un propósito eminentemente social:
Mi rostro sobre el vidrio de la lámpara
Mi mapa es una tierra sin creador
La negación de todo mi evangelio
¨La muerte de dios¨ anunciada por los profetas modernos del ateísmo, ha saturado la poesía. Pero lo que en Adonis  se niega es el rechazo a la espiritualidad, hay necesidad de un nuevo Dios,  un Dios que salve del horror y la hipocresía,  un nuevo Dios que no separe ni divida, sino que una y reconcilie,  aunque diga:  Al Dios enflaquecido lavaremos con la sangre del rayo…. Hilos sutiles tenderemos entre el largo camino y nuestro párpado, la imagen incompleta del mañana. Un  mañana que es anuncio,  un anuncio que revela: Tal vez en el terror y en la ruina, en la desesperanza y en la estepa, de mis entrañas surja el nuevo Dios.
El aislamiento obligatorio, lo lleva a crear un universo particular, el cultivo de sí mismo, como el supremo contestatario:  ¡Cuántas veces recé al señor obstinado, y a los frutos ¡Cuántas veces nutrí con mis ojos  el hambre de los árboles¡ ¡Y cuántas caminé por mis pestañas rotas¡ A un encuentro, A un abrazo pagano.  Yo, Dios, el día en ruinas.  El poeta inmóvil, mudo, en perpetua vigilancia. Distante de Dios y de cualquier redención. En el centro de la visión, ya no como quién contempla el suceder.  Él el que padece la ausencia, él que sufre en la noche y la soledad, el que siente que todo es silencio: “No hay palabra. Como si fueras humo, como si fueras días, tu piel está cayendo en un lugar y tú en otro quedándote. El poeta como protagonista, en el texto; la presencia del poeta, la presencia levemente angustiosa que vuelve en el verso una y otra vez,  en diálogo con el entorno, con la memoria, con su destino final.  Un mundo que se integra inconscientemente en la  multiplicidad de su ser.  Un universo.  Luego la visión sin límite.  La realidad incontaminada para seguir el rastro de la vida. Luz y  oscuridad  son más que símbolos para narrar lo indefenso del hombre y a la vez su trascendencia. El poema se convierte en diálogo descifrador de la vida, en testimonio del suceder y la búsqueda. No hay la placidez en las visiones, el placer es fugaz, es apenas un destello.  Es  la lluvia, o el amanecer, es lo bello, pero es imposible la alabanza, por el arduo batallar de las circunstancias  y sus preguntas. Los temores que acompañan al poeta  y  sus obsesiones.  Irse y regresar. El viaje  como alternativa. El volver  al punto de partida.   Cuando todo parece desmoronarse quedan las imágenes en “un mundo que viste el rostro de la muerte”.  Las imágenes liberándolo de la pesada carga, “para enterrar el día asesinado y vestir los vientos del desastre, el mañana donde agitaremos nuevamente las palmas de las manos” Adonis no es poeta de la desesperanza, desde el dolor hay un reclamo a las más poderosas fuerzas del hombre, a su condición terrestre, amén de lo que nos digan en una primera lectura sus textos, es una exhortación a rescatar la esperanza.
Avanza en un clima de nueva escritura siempre interrogándose, sangrando  una limpia canción para la herida. El vínculo consiente con su raza, su ideario nómada: “la tierra como lecho,  la tierra que es esposa, una tierra que se alza y traiciona, nos dice: una tierra en mis venas espiada.”
Deja fuera lo racional y diurno para acentuar esa soledad.: “Grito para estar cierto, de que me encuentro solo las tinieblas y yo.”  Velas que se apagan, el poeta ama la oscuridad que resplandece ante la palabra desnuda:   “él prefiere quedarse en la penumbra, quedarse en el secreto de las cosas”  la intimidad del yo con el entorno, –“en la transferencia de las cosas—transportando la punta del día, los años que se aceleran con el feto virginal”.
Estos sus elementos definidores: La desolación, la conciencia de la muerte, la cotidianidad, cierto tono coloquial, las imágenes con las que logra expresar la incomprendida realidad.  Poder de síntesis con la seguridad de quién conquista la imagen poética. La palabra que sugiere, deshecha los adjetivos, es poesía del verbo, del sustantivo, despojada de adorno, sencillez que no renuncia a la profundidad, en ella lo ingenuo y lo maldito,  sencillez y elegancia para declarar su mundo más cercano.  Ese es el hallazgo, la saturación que nos empuja a los días nuevos, su fascinación por declarar lo universal desde lo íntimo. Su poética aunque a veces es reflexiva no tiene pretensiones  filosóficas, su fuerza renovadora está en consonancia con la percepción de una estructura convencional que es preciso anular en busca de otras relaciones,  la realidad alcanza una jerarquía.
“Vive,  conduciendo los años a la espera de un barco que abrace la existencia, que se hunda en el vacío. Igual que si soñara, igual que si marchara sin retorno”  Asediado,  escribe sabiendo que no queda luz sobre los párpados, que nada,  ya poseen, el sentido del polvo solamente. “Escribe,  y se sienta a la espera de su olvidada cita”.
Podemos hablar de atemporalidad en Adonis.  Es el poeta frente a un mundo  donde encontramos lo imperecedero, sus imágenes de deterioro son también a un mismo tiempo imágenes de resistencia, inmemoriales y permanentes. Una obra de angustia y a la vez llena de esperanza, iluminadora y auténtica en la intensidad de la palabra que siempre nos acompaña. Partidario también como los poetas de los que se ha dado a llamar “poesía de la existencia” cómo las obras de Rilke y Celán, en su obra,  esa melancolía jubilosa y triste, la angustia ante la existencia privada de razón, nos define profundamente, la ineptitud para tolerar sus condiciones, el horror de la condición carnal. Rebelión alcanzando universalidad, nos convence de que siempre hay algo que hacer, que siempre hay algo que merece ser defendido, y ya no es el individuo en su lucha: es el hombre. Pero hay inseguridad, sea o no sea el acontecer inmediato del poeta, quiere rescatar sus memorias, su identidad, escribe con una claridad que es al mismo tiempo imprecisa, una lírica personal cargada de recuerdos, ensueños, premoniciones y presentimientos,  siempre estará entrando en una angustiosa penumbra. Pero habrá un regreso siempre a la escritura, vivir otra existencia, poetizar la memoria. La única solución es morirse escribiendo. Sus lecturas nos despiertan resonancias y estados de ánimos. Valorémonos la hondura de sus significaciones, encontraremos en sus textos belleza y angustias.  El estremecimiento de lo que el poeta ha visto en sus meditaciones, quedará como un ejemplo de la posibilidad de las palabras y de la sensibilidad de la razón.  La visión de la realidad y sus más perdurables estados emocionales:
Deseo arrodillarme  / quiero rezarle al búho de alas rotas
A la braza / A los vientos, /Al planeta en los cielos detenidos / A la muerte / A la peste
Quemar en el incienso / mis días blancos,/ mis cantos, / mi cuaderno.
La tinta y el tintero / Rezar a cualquier cosa / Que ignoré que es rezar
Adonis celebra, acumula para describir, sabe el misterio de la insinuación. La certidumbre de las profecías. Con palabras nuestras, invita. El sentido de lo universal prevalece.  Dice lo que ve y recuerda, no sermonea, se desborda,  muestra toda la potencia, muestra que el lenguaje no es sólo palabra, que  es también silencios. La palabra trasciende con sus  ecos y música,  y es también  resonancia. Eso nos  demuestra  Adonis.  Que hay inmortalidad en los seres finitos, y que es eterno el comienzo. Siempre habrá un empezar, un volver, un avance.   Porque  eso es la poesía: recomenzar siempre.
###
Odalys Interian1Odalys Interián.  Nació en la ciudad de La Habana. Poeta, narradora y crítica. Impartió en Cuba varios talleres de creación con niños y jóvenes, y por algún tiempo el taller de adultos Olga Alonso, de san Miguel de Padrón.  Durante su carrera literaria ha recibido importantes premios, entre los cuales figuran: Premio en los talleres municipales y provinciales los géneros de décima, poesía, cuento y ensayo. Primera mención en el Francisco Manzano 2004 y en el Alfredo Torroella 2005. Premio ene l concurso “Soy el amor soy el verso 2005”, además de la primera mención en el 2004 en ese mismo concurso. Premio en el concurso nacional Camello Rojo 2005. Premio en el concurso Alfredo Torroella 2006. Mención especial en el concurso Juan Francisco Manzano del 2006. Poemas suyos aparecen en varias antologías dentro y fuera de Cuba, “Espacio Mínimo”, “Cuba 2008 y Nacieron en La Habana”, Ecuador 2009. Además de un cuaderno publicado por la editorial Extramuros 2008. Graduada del Diplomado Historia y práctica de la creación poética 2007.