miércoles, 12 de octubre de 2016


 MAÑANA QUE TRAERA EL OTOÑO
A la memoria de mi abuelo.

El  árbol enfermo fue una  premonición, luego cuando el abuelo cayó en aquel estado ya no tenías duda, estaban conectados de una manera misteriosa. “El árbol  tiene su propio lenguaje” te había dicho  muchas veces. Ahora sentías que el árbol hablaba, y ese terrible  anuncio te hería en lo más hondo. Y duele no hacer nada, estar así de brazos cruzados,  mientras agonizan, mientras se mueren.

Y se van perdiendo aquellos ojos encendidos de sol,  aquellas historias fabulosas que contaba como nadie.  Porque era el abuelo el más sagaz, el más juvenil, el más alegre y sociable, el que sembró cada semilla, así, contando cuentos, el de los soberbios sermones, el  incansable abuelo de las largas conversaciones, el que amenizaba las tardes y los días regando el jardín, y alimentando a las aves.
Ahora aquellos ojos suplicaban, y  te duele que vayan perdiendo poco a poco esa chispa de alegría, que vayan apagándose hasta volverse  un manojito seco y de un solo color. Y es el blanco helado de la neblina más cruel, el blanco quietísimo de la muerte. 
Las  luces heladas por la neblina ya no te alegran el corazón. Ya no te dicen nada esas mismas luces que siguen suspendidas, quietísimas, sin que titilen en ella la esperanza. Y es un sacudimiento,  un temblor a penas, y a duras penas divisas esa luna amarrilla que contemplaban juntos. Recuerdas cuando te quedabas despierta hasta bien tarde. Era ese momento en que todas las visiones  te  lanzaban a escribir.  Y eso también, que pudieras escribir tenías que agradecérselo a él. Todas aquellas historias que te contaba de niña, “un saco lleno de cuentos” y siempre un cuento, y otro  y otro  antes de dormir. El gran narrador,  él, el  gran escritor,  aunque nunca publicara  nada.  Todas esas historias las tenía en su cabeza,  las repetía una y otra vez.  Como si ya, de tanto contarlas  se volvieran reales.
Y volvías al recuerdo de cuando  tumbada en el suelo  pegabas  el oído para sentir el latido de la semilla naciendo,  de cuando esperabas con impaciencia ver la resurrección, el brote surgiendo de la tierra húmeda.
Y la gata también fue un regalo del abuelo, la trajo muy pequeña dentro de una bolsa de tela. Habían crecido juntas, y  juntas esperaban en ese sofá de fieltro oscuro a que ocurriese un milagro. Esperando que pasara rápido esa agonía y ronroneo que se había vuelto la voz más alegre, que dejara de ser ese ronquido entrecortado que anunciaba la peor de las presencias.
Y es la muerte. La muerte lenta en su recorrido  llenándose  de días y de lluvias, de muchas lluvias y de otros otoños, de muchos otoños que se hacen uno solo y caen con el peso terrible de una lápida.  La misma muerte que aguarda en los rincones de la casa, la misma que se filtra en el suero del abuelo. Vampira muerte bebiéndose su sangre, la muerte que venció el deseo de luchar y de quedarse.  La misma muerte que ronda el árbol y hace que se caigan las hojas. 
La muerte, la que va abriéndose paso entre los tilos, deslizándose  bajo el fragor y las franjas azulosas de las velas, en medio de  una noche sin estrellas,  la misma muerte atravesando el aire,  un ruido de llantos e inciensos, un puñado de sonidos que suben ansiosos hasta perderse en los púrpuras  profundos de la noche. Y era la peor noche en su deshoje, y era la luna,  la misma luna que los acompañaba en aquellas largas caminatas, y que hoy relucía en la oscuridad como un viejo latón abandonado.
La solemnidad con que cumplías su última voluntad, esparcir sus cenizas en el tronco del árbol.  La esperanza de saber que se quedaba para siempre en él, que seguiría prolongándose de otoño en otoño avivaba un mismo deseo.
Hoy tomabas la decisión correcta. No irías a la universidad, no harías la carrera que tu padre te escogió antes del nacimiento, porque habrían muchos médicos, muchos buenos cardiólogos,  muchos alumnos y muchas universidades, pero solo tú podías cuidar de aquel pequeño paraíso, solo tú podías mantener viva la memoria del abuelo.
Y nada es mejor y nada puede darte más dicha que ver como el árbol recobra vida, como brotan sus hojas  y como adquiere esa vivacidad,  esos tonos únicos que encendían  los atardeceres,  los mismo atardeceres en que tomados de la mano recorrían aquel largo callejón hasta la infancia. 

Bajo esa danza frenética de mariposas que siguen  colgándose en la luz. Bajo las repetidas formas que guardan esa sola expresión del tiempo. Un rostro dibujándose, una fija  claridad amparando todas las  soledades.
Y era el abuelo quedándose, borrando esa llama de tristeza que comenzaba a lamerte el corazón, el abuelo venciendo ese discurso agotado de la muerte, quedándose en el destello de las luces, detenido en el mediodía de la sangre, en ese plazo que imponen las ausencias, quedándose con total libertad, en esa  armonía luminosa que escurren las lluvias de todos los recuerdos.

 

 

 

lunes, 15 de agosto de 2016

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Yo dejo mi palabra en el aire: aproximación a Dulce María Loynaz  


Por Odalys Interian.
En el 2006, mientras recibía el diplomado Historia y práctica de la creación poética en el centro cultural Dulce María Loynaz, me sentí atraída a leer a esa gran poeta cubana que es Dulce María. Aquellas lecturas de poesía en el patio de lo que fuera su antigua casa del Vedado, las tertulias en las tardes, (el Cántaro azul) donde muchos nos iniciamos en el oficio de poetas y nos atrevíamos a leer nuestros primeros textos en público. Todo incentivó en mí un fuerte deseo por conocer la vida y la obra de aquella mujer. Y no es hasta hoy, muchos años después, que vuelvo acercarme a sus páginas para dejar mis impresiones desde la poesía. Acaso la más fuerte impresión de esas lecturas sea la manera como se fija en el ser que la lee, como nos compromete a ser testigos y cómplices,  llevados por ese deleite de un ritmo y una lírica exquisitos. Una poética llena de aciertos y permanencias. Una poesía a la que hay que volver. No sólo porque su verso nos trae algo de eternidad como dijera Eliseo Diego, y eso ya es bastante,  ni porque en ella se reúnan todas las cosas, más de las que podemos ver, oír o palpar. Es también por la manera, esa manera única en que su poesía excava nuevas aperturas hacia lo místico. Y es que ella ha creado el tiempo del jardín, como dijera Lezama, porque en su poesía toda la vida acude como un cristal que envuelve a las cosas y las presiona y sacraliza.  Volver es aproximarnos a ese pensamiento inabarcable, a la riqueza de su cosmos, a esa poesía que busca la plenitud.
Portada Cartas que no se extraviaron1Me quedé fuera del tiempo, osa decirnos sin modestia, y como si pareciera una contradicción afirmaría después: Yo me quedé en la vida. Fuera del tiempo, sí, yo diría, pero en la vida.  Lo paradójico en la Loynaz se proyecta como algo que se repite: ¡Cuantos pájaros ahogados en mi sangre, sin estrenar sus alas en el aire de Dios, sin acertar un hueco hacia la luz! ¡Qué ciega muerte la que llevo dentro, muertes mías y muertes ajenas, muertes de tantas vidas que me dieron y no pude nunca hacer vivir!
¿Quién me necesita? ¿Quién me ha pedido? La poesía, ella misma responde: He venido por algo y por algo vivo. Sabía que hay un sentido oculto en la entraña de todo. Y que ese misterio sólo puede ser revelado por la  poesía. En Dulce María es esa introspección única que se identifica con la espiritualidad.  Esos puntos suspensivos. Esos guiones llenos de espacios y jardines, de rosas y silencios. Todo acompañando su fiesta íntima, todo abierto a la belleza.
Es también el deseo por saber el camino de la palabra que reconoce por gracia divina, cuando declara: La palabra que me diste. En esa búsqueda de la palabra sencilla… Y dime qué palabra se le dice a la hormiga, a la yerba del campo, al que está triste…. Una palabra, sólo una palabra: Y de pronto la vida se me llenó de luz La palabra como la vasija vieja resquebrajada donde  he de recoger el caldo ardiente de mi sueño…
Yo dejo mi palabra en el aire, para que todos la vean, la palpen y la estrujen.   Nada hay en ella que no sea yo misma, siempre en busca de esa libertad. He ahí la necesidad de adoctrinar con fórmulas poéticas a sus lectores. Dulce María siempre pensó en ellos. Como todo buen poeta, ostenta la facultad de renuncia, se olvida de sí para pensar en el otro, renuncia a ser el centro del mundo y consiente la totalidad de todo lo que existe. Su palabra sobreviviría  a todo lo demás aunque diga que su palabra se queda en el aire, como  la paloma de Noé, que se va volando y nunca regresa. Otra contradicción con la que juega a engañarnos. Ella sabe que las palabras son existencia y que son también un modo del retorno.
Entrañablemente nuestra, no hay mejor  título que el de dama de la poesía para catalogar a Dulce María. Maestra del buen gusto, elegancia en la expresión y  poética  exquisita. Sus poemas tienen la vibración esencial de la poesía. En ella el lenguaje se llena de esplendor; abunda lo solar, las sombras  sólo duran un poco: son sólo un tránsito de una luz a otra luz. El suyo es un lenguaje desbordado en sobre-realidad, que viste con palabras iluminadoras. Una poética intelectiva y por lo demás sensorial, profundizada en sus observaciones,  extraordinariamente lúcida, y con una visión enriquecedora del mundo.  Se manifiesta con una memoria y una atención prodigiosa, donde todo llega a ser materia prima, sustancia para la poesía. Sumergidos en la totalidad de los símbolos, sus versos son un incomparable bálsamo, un sublime bruñidor para el espíritu. Palabras que cincelan el mensaje de los Evangelios,  que  en ocasiones llevan el tono y ritmo de los versículos sagrados. Ese poder sobre lo muerto, esa manera de ordenar el mundo desde lo simple. Esa manera de quedarse. Poesía que funda la esperanza.  El mundo se irá gastando rosa a rosa, piedra a piedra… vendrán hombres nuevos con la nueva vida. Poesía que intenta rescatar a los náufragos, que busca ampararnos, que piensa en el hombre.
La poesía es el medio empleado para la purificación y goce de esa soledad que la acompaña, y para desarraigar  la tristeza.  Sobre la utilidad de la poesía, ella misma contesta: Si yo me viera obligada a decir que la poesía es algo, yo diría que la poesía es tránsito. No es por sí misma un fin o una meta sino sólo el tránsito a la verdad. 
Y un tránsito a la verdad era su poesía, su honestidad y originalidad, una  que poesía nos da esa posibilidad de permanencia.  En ese reposo sordo y obligado nos mantiene despiertos. Una mano ─como dijera Eugenio Florit─ que no parece escribir versos, sino que con dedos de fantasma arranca gotas de música en el aire. Ella es un agua llena de polifonías y arpegios, un agua delgada y transparente, con sabor a milagro… como el agua recién nacida al toque de la vara de Moisés. Agua como sangre del alma ─nos dice─ yo la bebí muriendo y ya soy agua viva.  Jamás será agua muerta, porque un agua muerta está llena de silencios. Jamás será un agua inmóvil o estancada. Jamás será  un légamo de cenizas de estrellas apagadas,  porque ella es luz. Polvo de soles, y lleva la claridad prendida, abierta al viento que la hace danzar.
Dulce nos deja conocer su mundo inmediato a través de la poesía. Su tristeza serenísima, sus obsesiones. Con un lenguaje transparente  donde  el yo poético se identifica con la autora  y nos revela un mundo: su mundo. Un ejemplo es el poema en que nos dice: Canto a  la mujer estéril. Ella madre de nadie, estrella que en la estrella se consume, flor que en la flor se queda.  Hiere con su propio dolor, y testimonia el sentimiento íntimo¡Tú eres la flecha sola en el aire¡ Un agua que no se reproduce.  Agua en reposo tú eres: agua yerta de estanque, gelatina sensible, talco herido  de luz fugaz. Donde duerme un paisaje vago y desconocido;  el paisaje que no hay que despertar… Su poesía es también la flecha sola en el aire, pero a diferencia, va dejando huellas, sensaciones, emociones, y nos arrastra tras sí.  Poesía es ese hijo que canta desde el sol. Ese hilo que no se cansa de desovillarse, que va deshilvanando su escritura, el verso lleno de sensibilidad para hacernos comprender  lo sutil y tierno de la poesía, desde ese verso que se escribe con honradez y elegancia, hasta ese que en ocasiones sorprende  con una sobriedad  única.
En su poesía  todo puede ser dignificado. Después de decir que la mujer estéril es la unidad perfecta que no necesita reproducirse, como no se reproduce el cielo, ni el viento, ni el mar. Nos deja una maldición que es un poco su defensa desde la rebeldía.
Púdrale Dios la lengua al que la mueva  contra ti; clave tieso a una pared  el brazo que se atreva  a señalarte; la mano obscura de cueva que eche una gota más de vinagre en tu sed! …  Los que quieren que sirvas para lo  que sirven las demás mujeres,  no saben que tú eres  ¡Eva…  Eva sin maldición…
Portada Poemas sin nombreSólo la poesía puede convertir lo imposible en realidad y puede descubrir esas otras realidades desconocidas donde lo imposible sucede, allí donde no importa el tiempo y la ausencia. Poesía es esa energía capaz de movernos, de transformarlo todo, de traer lo ausente, de hacer que un lenguaje críptico se vuelva luminoso. La poesía que deja al hombre donde está no es poesía, acertaba a decir la Loynaz. Poesía es ascenso hacia la claridad, hacia una nueva germinación. Luego lo explicaría  ella misma: La poesía tiene en verdad rango de milagro […] Por la poesía damos el salto de la realidad visible a la invisible, el viaje alado y breve, capaz de salvar en su misma brevedad la distancia existente entre el mundo que nos rodea y el mundo que está más allá de nuestros cinco sentidos. De ahí la idea de la muerte como perfección, como absoluto. Esa poesía de la posibilidad, de lo infinitamente posible  podemos verlo en “Carta de amor  al rey Tut-Ank-Amen”, y vemos esa manera como el verso llega a lo trascendente: Si las gentes sensatas no se hubieran encolerizado, yo te habría sacado de tus cinco sarcófagos, te hubiera desatado las ligaduras que oprimían demasiado tu cuerpo endeble y te hubiera envuelto suavemente en mi chal de seda… Así te hubiera yo recostado sobre mi pecho, como un niño enfermo… Y como a un niño enfermo habría empezado a cantarte la más bella de mis canciones tropicales, el más dulce, el más breve de mis poemas.
Fiebre de lo imposible, esa necesidad de fabulación inherente en ella. Esas criaturas poéticas gestándose de su aliento creador. Volviéndose reales. Una memoria que es tiempo, mucho tiempo. Ella ve pasar delante de sus ojos una película.  Espectadora  en ese universo que se construye cerrado, circular, donde desaparecen las nociones del tiempo y los espacios absurdos.  Juegos imaginativos, en ese desborde de imágenes que vienen de la niñez, ya sean rescatadas de los sueños, de los delirios de sus enfermedades, o de los largos insomnios que acompañaban su escritura. Es la autora reconsiderando en el verso siempre su propia existencia. Existencialismo que se expresa por medio del discernimiento.  Un existir en la poesía como única promesa de redención.
En una carta a una amiga, Dulce María escribe:
No hay canto mejor que el que no se dice, no hay nota que sea más bella que ese guion negro que es signo de silencio en los pentagramas […] Silencio, silencio… Sólo el silencio sugiere. Los demás hablamos o cantamos […] pero sólo el silencio, sólo el silencio da derecho a esperar algo mejor… Quizás por esto me enamoré de Tut-Ank-Amen, amante sin palabras que no podrá contestar nunca mi carta, amante hierático, inmutable, ungido de ese extremo prestigio de la Muerte. Sí, yo amo a Tut-Ank-Amen porque tiene el prestigio de la muerte. Lo amo porque está muerto… Si lo viera sentarse sobre el último de sus sarcófagos, desatarse sus vendas de momia y salir a limpiarse el polvo de los siglos de las sandalias […] dejaría en el acto de amarlo.
La muerte siempre ejerce esa fascinación en los poetas.  Es en lo no conocido donde mejor se da el verso y  donde mejor fructifica la poesía. El verso  acopiándolo todo, lo fructífero y lo esencialmente sorpresivo. En el poema, La novia de Lázaro, se torna imaginativa al proyectar una prolongación de sucesos que ella observa para unirse a lo que contempla. Hay un paisaje siempre abierto y su imaginario no hace separación de lo real y lo artificioso.  Resonancias, ecos, palabras que se inventan, palabras que son y que no fueron nunca pronunciadas. Pero  en  toda su frustración hay siempre una amarga resignación solemne. Ella divide el tiempo, se queda en ese otro espacio donde no hay nulidad, donde todo sucede. Lo místico en su poesía va más allá del pensamiento religioso; pero son en estos temas donde logra su más alta y acabada expresión. Ella renueva y nutre su misticismo poético acomodando sus experiencias o pensamientos a sus lecturas del libro sagrado. Ese deseo de transgredir la muerte y extender la eternidad es humano. Pero ella prefiere el estado de la muerte, el prestigio de la muerte, ella ama lo muerto. Siempre lo antagónico, ese diálogo de lo efímero frente a la inmortalidad. Poesía es camino hacia el misterio y lo intangible.
… tú estabas muerto y reposabas en tu propia muerte […] En tanto yo seguía viva con unos ojos que querían taladrar tu tiniebla y unos huesos negados a tenderse y una carne mordida, asaeteada por ángeles negros rebelados contra Dios. ¡Tú estabas muerto y yo seguía viva […] incapaz de morir o conmoverla! Conmover la muerte… Eso yo pretendía.
Choque de tu presencia y mi recuerdo, de tu realidad y mi sueño, de tu nueva vida efímera y la otra que ya te había dado yo en él y donde tú flotabas perfecto, maravilloso, inmutable, rabiosamente defendido… Sí, yo soy la que ha muerto y no lo sabe nadie. Ve y dile al que pasó, que vuelva, que también me levante… Me eche a andar.
No hay desarraigo en su poesía, su verso es sagaz, escribe una poética mesurable y elocuente, llena de sol, de polen, de pájaros y zumbidos.  Una poesía así, solo puede ser luz y orden. Erudición, universalidad desmedida. Esa noción del pensamiento como iluminación  y sus razones eternas. Creación de un tiempo,  donde prevalece el corazón y el conocimiento junto al profundo significado de su mensaje. Ese significado lo encontramos en el sentido total de su agudeza crítica, que tiende a unificar el espíritu  y la religiosidad y se expresa ante todo en ese itinerario del alma hacia Dios. Ahí reside lo más personal de su inteligencia y nos revela ese don de energía universal para juntar todas las cosas, las culturas, las razas, a los hombres todos. Lo sagrado en su espiritualidad y en su pensamiento, en la palabra y su permanencia. Ese raciocinio que se fragmenta con la dinámica del pensamiento filosófico y  que se une al mito. Ese deseo de que lo irracional nos alcance, de que nos haga divinos para acercarnos a otra vida, o para alejar el tedio de esta vida que conocemos.
Si en el cielo como en la tierra todo es signo, entonces hay necesidad de un símbolo para nombrar las cosas. En Dulce María,  las rosas y los hombres, los astros, los robles, los cerezos y los jardines, los castañeros, los olmos, los sauces, las montañas y los ríos, todo llenando las redes de la poesía. Ella extasiada nos regala lo que obtiene de la naturaleza y nos prepara para interpretar y recorrer todos los paisajes con su peculiar manera de ver y sentir, para mostrarnos a la mujer que describe el mundo desde su torre de marfil o desde su peregrinaje. La poesía también es recuerdo, está hecha de memorias y de un universo  de figuraciones.  En la poética de Dulce María Loynaz  las cosas cobran vida,  se transparentan contornos extáticos, ella armoniza todo ese  ambiente que la rodea  sobre la ordenación de lo bello. Es una reformadora profunda que nos guía en la búsqueda constante de imágenes vivaces, una intérprete que deja su mirada, su manera de reaccionar ante lo real o lo irreal.  Ella posee esa cultura para la poesía que mencionara Lezama. Música y palabras,  junto a un lenguaje límpido se reúnen para formar una obra de arte acabada. La historia de la poesía tiene en la Loynaz, una de las más grandes voces poéticas  de todos los tiempos.
Por el amor conoceremos al hombre, ─nos ha dicho─ y agrega además que el amor es fruto y es signo, hierro candente que deja su marca en los que lo poseen, una  marca que ya no puede esconderse. También por su poesía conocemos a Dulce María.  Ella quiere amar. Amar  lo amable no es amor ─lo sabe─.  Ella quiere besar la herida del leproso, disimular la repulsión instintiva hacia las cosas feas. Busca entender la armonía de lo inarmonioso. Desde el verso quiere acercarse a lo divino, al amor perfecto.
Lo que se acerca a la divinidad corre el riesgo de quedar así, en oscuridad total. Toda la luz cuando es recibida de golpe enceguece. Para Dulce el peor de los castigos es la ceguera que vence la palabra, la ceguera que le robó los versos al final de sus días, porque ya no se alimentaba de palabras. Sin las palabras,  todo el mar, el aire, los jardines, los pájaros, se hayan vuelto también de piedra gris, de cemento sin nombre.
¿Ya no habría días nunca más?…Tocaba la sombra como un ciego toca el rostro que quiere reconocer. Días sin palabras, donde el roce de  una hoja pudo sonar mil veces… con una resonancia de tambores.
Dulce María establece un contraste  entre  ese batallar de Jacob toda la noche con un ángel,  pero yo ─nos dice─ he luchado toda una vida y aún no he visto el rostro del ángel ensangrentado que yace a mis plantas… ResistenciaNo he de caerme porque yo soy fuerte… con un poco de cal yo me compongo: con un poco de cal y de ternura. Nos deja conocer sus miedos, sus últimas angustias.  Miedo de ese silencio, de esta calma, de estos papeles viejos que la brisa remueve vanamente en el jardín… Acomodar los muertos de cada día, otro día a pasado y nadie se me acerca. Me siento ya una casa enferma, una casa leprosa, que alguien venga a ordenar, a gritar, a cualquier cosa.
Desesperanza. Ya no existe el vedado, como no existe Pompeya, ni Palmira. Como no existe Machu Picchu. La que deshojaba crepúsculos igual que pétalos de rosas. Se deshoja  ahora en aquel silencio de la casa vacía.
 ¿Qué dejaré a la vida?  ¿Qué llevaré a mi muerte?  Palabras. Como si en las palabras se encerrara el sentido último de su vida. Palabras en ese decursar sentencioso que siempre resplandece en sus textos.  En mi verso soy libre, dentro de él me levanto y soy yo misma… Y así continúa, tejiendo versos, juntando palabras, destellos íntimos para ir completando su sagrario de versos.
Poesía  es resurrección y vida. ¿Qué me queda por dar, si por dar doy… Si Dios no me sujeta o no me corta, las manos torpes mi resurrección? 
Dulce Maria Loinaz florBasta  leerla o acercarnos  a su poesía  para que retorne de la muerte como una hija pródiga. Ella vencedora en la palabra que vuelve. La palabra que vence, que sale de los infiernos y retorna justa, ingobernable, transparentada, inmortal. La palabra esparcida en el aire, tentándonos a que palpemos un poco de esa gloria, como un fruto al que podemos extraerle su infinita madurez,  sabor  y  cubanía. Tocada por la muerte, ungida de ese extremo prestigio de la Muerte,  ella, conmoviéndola al fin.  En ese ser y en ese estar de la poesía que sobrevive. La palabra que pertenece al presente infinito ─la palabra de Dulce María─ esa rosa larga que durará mañana y después de mañana. La palabra que ruega con nosotros. Poesía  para  el único día nuestro.
Dame el sueño y yo empujaré el corazón recién reacio, la flor no despegada todavía de la raíz, la rosa de mañana.
  

jueves, 4 de agosto de 2016


 
 

Este libro que hoy me complace presentar de Pilar Vélez, tiene la frescura de lo contemporáneo, su testimonio es el de un testigo ocular de nuestro tiempo.

La poesía es para Pilar  un todo  donde busca aprenderse. Desde donde puede invalidar el tiempo para disipar la fugacidad de las cosas, para rescatar lo que se ha perdido, para hacer que las cosas vuelvan. Le preocupa el tiempo, esos tatuajes que deja en la textura de nuestro ser, a veces invisibles, pero que reclaman  y  provocan una angustia, una urgencia y una necesidad de expresión.  Tatuajes que son la proyección de lo que somos en el interior, que se tejen con nuestra experiencia en esa búsqueda constante. Que ayudan a encontrar el sentido y la significación de la vida. Tatuajes que encuentran para cubrirse, unos “Soles Manchados” que son el resultado de la perfección negada a la condición humana;  pero que desde la poesía recobran un místico esplendor para iluminar el camino, para acompañarnos en el viaje.

“Soles Manchados”  Esos soles que la aterran. Ese temor de la autora  a quedar en penumbras, encerrada en esa oscuridad de la no expresión,  en la nulidad de las palabras. Soles imperfectos, que tratan de ocultar lo que somos, que nos acercan a su sombra maligna, que es muchas veces la mala sombra de los hombres sin espíritus.  Esos soles dañados que ella quiere evitar, porque los ha alcanzado el lodo de nuestra imperfección: odios, celos, envidias, vicios, bajas pasiones. Ella nos dice como en un lamento: “Ahuyenté de mí, el mal presagio y los soles manchados que trazaban mi destino.”  Luego en otro poema agrega: “Miedo de las manchas y las sombras” – nos dice,  “al  hambre insaciable que se viste de leopardo.”

La imposibilidad. Esa angustia por encontrar la palabra para revelar, condensar o recrear la esencia del mundo y darle un sentido a nuestra vida. La poeta necesita olvidar  el sabor amargo de  las palabras que  no logran traducir a  plenitud nuestra experiencia. Entonces la experiencia crea un lenguaje. Un lenguaje para balbucear el dolor presente, lo que nos atañe, lo que escribimos de la historia. Repetirnos es nuestra alternativa  para volver a lo expresado, para hacer que nuestra vida cuente.

 Pilar dialoga con serenidad expresiva sobre las cosas cotidianas y hace que cosas simples signifiquen.

En una de las citas del libro La Pizarnit nos dice:   “Si afuera hay sol,  yo me visto de cenizas”, Pilar  en contraposición con su aptitud advierte que  si hay soles manchados o teñidos,  es necesario vestirse  de claridad y  hacer que la palabra resplandezca,  ella “devuelve virgen el puñado de ilusiones, su tiempo lirio blanco, días huyéndole a la muerte.” Así su respiración se sostiene sobre la luz. Imágenes delineadas con la mejor sencillez y gusto posible para ayudarnos a ver.

La introspección  siempre: Mi alma cristal soplado viaja a su propio laberinto.

Versos que nacen y se mueven  a partir  de experiencias interiores. Versos que apresan el instante con la estrategia misma del instante y nos conmueven. Dialoga  en un tono ensimismado, su poesía habla de la experiencia íntima del ser, de la sorprendente caligrafía  interior  con que  cada experiencia es narrada. 
En este libro la autora no toca temas del amor eros,  y no es que no hable del amor,  otras cosas le preocupan a Pilar,  quiere que miremos allí como si alzara una lámpara.  Nos muestra el dolor humano, el sufrimiento, las víctimas, las muchas víctimas del mundo. Ese debe ser el objetivo del poeta  “cambiar la vida” desde la poesía como pedía Rimbaud,  o la propuesta Martiana “del mejoramiento humano.”  Porque “la poesía nos da el deseo y la fuerza de vida”. Esa búsqueda de un sentido más humano íntegro y total de la experiencia.

Son tiempos difíciles, tiempos que necesitamos el perdón y el olvido. Sanarnos. No hay una vida imaginaria, sino la vida verdadera, la que tenemos aquí y ahora, donde el hombre sufre, sueña, se desespera, una vida que nos toca reconstruir.

“Nos manchó la guerra”  nos dice la poeta con esa carga de dolor,  otra vez las manchas, ahora en  nosotros alejándonos para siempre de la claridad perfecta. Soles tremendísimos y fatales que nos acusan, defectuosos para acompañar al hombre como si ya no fuera trascendental su escasez de luz  espiritual. Desde la poesía Pilar  nos convence de que queda mucho por hacer.

En su obra el pasado que intenta recobrar lo próximo. Días que vienen vestidos de hojarasca.  La poeta deambula en esas horas de los naufragios, ojos sin luz la encuentran.

¿A dónde irán los recuerdos? pregunta  para responder: “aparecen de la nada en ráfagas de lluvia, sus nostalgias huelen a tierra mojada, vacíos que taladran la existencia.

Tiene el que  pregunta una necesidad, preguntar es pedir, necesitar, esperar algo,  responder es dar,  y  ella  ha vivido en las respuestas,  no se conforma, no espera, y da el canto generoso de una conciencia entrenada.

Sorprende la armonía  de algunos textos en los que evoca a la madre, o a la tierra añorada.

Madre de ojos quietos/ respiras/ salvada del minuto/ que tocó a la puerta

No hay ojos que atestigüen tu palidez/ y las manos manchadas…

Tu paz/ se ha llevado mis sombras

Su poesía lleva un soplo atávico ancestral muy ligado a la tierra y a su cielo.  Donde no está lo tormentoso;  pero si  esa imposibilidad de armonizar con la vida, recordándonos  nuestra  incapacidad. Nuestras desventuras. “Vagamos en el mapa perdido de la tinta,” nostalgias de cielos que llueven solo espinas.” “A media luz la hoguera atiza el fuego con promesas rotas.”

 Abandoné mi abandono/ aprendí a caminar las huellas del exilio/ ebria en tu espejismo/ Me enseñaste a esperar estaciones/ para mitigar la amargura del viaje/ Esta es mi parada/ la que me lleva a los días repetidos.

Ha perdido para siempre el sosiego de la madre: la tierra de sus anhelos, ha perdido el paisaje. Ha perdido su sombra, el sentimiento de pérdida la acompaña, pero es la poesía un lugar de posibilidad, de resistencia. Lo sabe, sabe que  el tiempo que nos aterra es el que no se recupera y desde la poesía ruega:

Ayúdame a recordar el sonido/ y lo que fuimos/ No hay historia/ solo imágenes que relampaguean/ perdidas en los primeros trazos/ de esta fuente que era el alma

La introspección para saberse, para llegar al conocimiento de lo uno, para llegar a la comprensión colectiva. Desde su mundo poético trata de entender  su mundo interior en su complejidad.  “Enigma soy de mi misma”

En el poema que dedica a las damas de Blanco en Cuba expresa con una imagen poderosa; La niebla es reposo, que remienda las noches en la herida.

No juzga, ni consuela, pero  nos conmueven estos versos  y si un poeta logra conmover ya  ha cumplido su misión. Ella tiene la palabra: “La palabra me busca, nos buscamos.” Ella confía a la palabra sus vivencias, sus temores y aciertos, su resistencia: “Emigra la palabra en espiral que levanta el grano desgajado de la espiga, la que resiste el clamor  solitario de un deseo resignado al golpe.”

Hay en el verso oleadas de aves y palabras. Nos posamos como garzas sobre los pantanos de la tinta. Profundidad,  lo angustioso y desesperante del tiempo.  Lo que nos alcanza. La poesía es memoria, el poeta trabaja para la memoria, si el poema traduce, podemos reconstruir el ayer. Ella a veces levita en la armonía del milagro. Y soy honda, suficiente para anclar el verso húmedo a la gota inocente.  Otras  veces   parece dudar, ha perdido la fe.

Ni todas las flores harían la primavera/ al lado de estas lápidas/ recordándonos la muerte…

…Fue roja la lluvia/ en las noches del ultraje/ un lobo cegado por el hambre/ nos devoró al primer disparo

…Recojo tu sombra/ —doblada—/ bajo este cielo amurallado/ inmune a los milagros

 

La poesía como oficio,   como introspección, como posibilidad de adentramiento en lo real, la que nos salva en determinada medida del horror con su benignidad. La autora que  reconoce  las solicitudes de su mensaje, ella un  caminante que encuentra siempre tiempo para volver  y que precisa nuestra compañía. Irse y regresar, el viaje siempre en la poesía de Pilar, el viaje como experiencia, y conocimiento. Como descubrimiento: Dejé mi cautiverio de larva perezosa, corté las aristas, alcé el vuelo, a esa ruta donde mi otro yo esperaba.

 Inhalo una arboleda/ soy la forma en movimiento/ ilimitada    infinita/ sumida en la armonía creadora

Se sabe descubierta, la poesía nos desnuda, es aproximación. Al producir  poesía decía Gottfried Benn: “No se observa solo la poesía, sino también uno mismo.” descubrimos a la mujer y lo que la hace poetizar. Ese don contemplativo con el que es capaz de levantar el velo de la realidad,  y “vivir la experiencia de la poesía, aunque ella escape a la escritura.” 

Ser armazón en la lluvia/ hada en la neblina/ musa que recorre laberintos / y se mece en los balcones/ cuando el mundo deja de ser azul/ hora en que el universo/ se abre en ventanales para verte.

Temí el adiós antes de nacer/ temí mis muertes / Ese adiós sin espacio ni latidos/ sin tiempo/ Eras/ ese nudo débil que ata el aire/ un olor a cicuta que espera la partida

Cerré los ojos/ a los arreboles prestados/ me quedé sin rostro y sin color/ Dejé que el viento se llevara/ la carne y la memoria

Y “Vamos allí donde no espera nada, y  hayamos todo lo que está esperando”. La poesía que es de todos, múltiple como la vida.

Ahora es el sol en las calzadas/ el universo jugando en mi orilla/ ventarrón que azota la puerta /y cuelga mis zapatos viejos/ en el tendido eléctrico del barrio / la falda de listones ya no es mía / arropa la intemperie/ Luces fugigivas tejen la primavera

El sol que es alivio para el mundo como diría Miquel Hernández. La poeta nos convence que hay otros soles esperándonos, la voz nos llega con optimismo. La poesía convertida en horizonte donde se queman esos soles dañados, y  donde comienzan a nacer otros,  los perfectos. Esa es la magia de la poesía, ese resplandor de pureza tan absoluta que nos da como ofrenda, las nuevas luces, su sabia creadora.

Pilar el límite, la vaya divisoria, el sitio al margen de esos soles, que oscilan entre manchas y luces para acompañarla en su  escritura.

Soy una mujer recién salida de la concha, libre para regocijar el tiempo.

Pilar  nos invita con cordialidad a que la acompañemos en el viaje.

En el horizonte anclado/ mi verso de manos abiertas/ te espera
Seguimos al poeta en esa promesa de continuidad de la vida, en esa expresión humilde de la belleza en el mundo.  Eso es lo que a la poesía le interesa; la vida. Hay mucha vida esperando. La muerte, la naturaleza de lo muerto no está en la poesía, ella no muere. La poesía seguirá alimentándose de realidades llenas de futuro, aguarda para ser revelada, y se expresa y manifiesta solo a partir de la vida. La poesía que es vida nos espera, con su himno generoso y su dádiva de paz.

 
 -Odalys Interián

jueves, 21 de julio de 2016

 
 

 






Aquí lo que circula es el lenguaje

un viento roto

amalgamado en su hebra final

un ruido de naufragios

de remos que resisten

lo infeliz del agua

 

Es un plagio la luz

Aquí vive lo muerto

lo nauseabundo

el hambre

 

Lo que muerde es el sol

letra suicida

lo que envenena

y se agota

es la esperanza

 

 
 

miércoles, 13 de julio de 2016


 
Ese rostro

en lo desigual

me escribe

que cielo adivina

que promesa y música

un lenguaje

que se llena de pájaros

y sonidos azules

y me borra

qué herida

qué círculo abismado

en su lámpara

qué pacto de insomnio

y soledad

jueves, 28 de enero de 2016


 

Lo que muerde mi sombra

y mi desnudez

lo que siega en mi piel

un mazo de promesas

y una intemperie

a dónde va la luz

un otoño

sobre lo hirviente

del corazón

un ritmo

en su creciente espasmo

de abandono

lo que deja un trazo

y un refugio

donde domar las soledades

 

Añádeme

junta mis esferas

lo mejor de la sílaba

vierte la noche

en ese color

que anida el pasto

y nos anida

Ofrece a la luz

una danza tranquila

de recuerdos

ofrécete

redobla ese mástil

donde cuelgo mi fe

donde pongo el amor

y esa bandera

que hipnotiza la noche

añade esa plegaria

devoto

y trae la bendición

añade mis ofrendas

y déjame en el miedo

y la nostalgia

cerraré los círculos

sagrados

de tu cuerpo

esa chispa que arde

en los silencios

 

 

 

 

Boca que sana mi boca

en ese trazo limpio de palabras

que adormece la sombra

y un anhelo

boca que junta

que trae un oleaje

desmedido

boca que hierve

todo ese trazo de la luz

donde me quedo

todo ese plazo

que enajena

las tantas libertades

boca que llueve en mi boca

ese homenaje casto

del incienso

boca que junta

un desorden

y un misterio

que junta otro latido

a lo bendito del silencio

 


Tu acierto fue amarme

cuando la luz en su desgaje infeliz

cortaba de un tajo los inviernos

y yo era la sed

lo lamido por el fuego

y la memoria

Te esperaba mi sangre

acudían mis gaviotas

a ese llamado

tú eras la fuerza

lo bendito

amparándome de mí

de los infiernos

que hay en las soledades

 

Tu acierto fue adivinarme

bajo el escombro y el rocío

bajo la fría lápida

del miedo

te esperaba mi temblor

ese pacifico vaivén

de aves y palabras

y fue lo abierto de tu mano

y la ternura

recogiéndome

trayendo un plazo

y un convite

trayendo el amor

y lo domado

y curabas las heridas

esa desazón con que la muerte premia