viernes, 2 de marzo de 2018

¡A leer poesía!

Por Odalys Interián
En 2001, la UNESCO declaró el 21 de marzo, como el “Día Mundial de la Poesía”; fiesta literaria que se celebra en las grandes capitales del mundo con el objetivo de promover la apreciación por el lenguaje poético, rescatar del olvido a los grandes creadores de este género y abrir espacio a las nuevas voces. En Poetas y Escritores Miami, nos unimos a esta importante celebración, con una invitación muy especial para nuestros lectores: LEER POESÍA.
Lea poesía. Nada revelará  más sobre qué es poesía que un libro de poemas. Un libro de poesía dice más que todos los tratados de teorías.  Como acertara a decir T.S. Eliot: “las teorías del poeta deben  fluir de lo que escribe y no lo que escribe de sus teorías”. La crítica es inseparable de la poesía; pero ésta hace  de la crítica una negación. La poesía le impone a la crítica una tensión más severa. Es tan maravillosa que ningún instrumento sirve para medirla; mucho menos un juicio individual o colectivo podrá jamás encasillarla o  definirla. Y es tan difícil dominarla con una mirada. Hay tanto misterio y tanta hondura, tanta sinergia y racionalidad, tanta luz y tanto universo. Se sabe que todo argumento crítico tiene algo de ficción, también la poesía. En ella todo vuelve al verso conciliándose a la naturaleza que en el poema perpetuamente crea y recrea, mata y resucita las realidades nuestras.
¿Le gustaría saber cómo y  por qué se escribe poesía?  ¿Quiere acercarse al ser y descubrirse usted mismo?  ¿Quiere aportarle  a lo escrito su experiencia y vivencia? Lea poesía, la que le guste o la que lo emocione. Se nos invita a leer despreocupados, no trate de descifrar ningún secreto, no los hay, no busque fórmulas porque no es matemática aunque multiplique o divida.    No trate de interpretar. Si la poesía lo conmueve, ya es válida,  y no tiene que entenderla.  “Nadie escribiría versos si el problema de la poesía fuera hacerse entender” decía Montale.  Descubrimos entonces que los poetas no buscan que los entiendan, escriben por vicio o por necesidad,  perseguidos por sus obsesiones, o por las realidades que ellos solos contemplan.  Ese es el vicio necesario del poeta: escribir.
Y es que un libro de poemas es un banquete, donde tanto el que escribe como el que lee,  se sirven a su antojo, cada uno ofrece  su verdad, cada uno aporta su experiencia.  Cuando lee un libro de poemas usted también lo escribe, lo vuelve a reescribir. Nunca es el mismo libro, usted habrá hecho una recreación a partir  del original. Usted  también puede crear, ser un co-creador iniciándose, un obrero maestro y participante del hecho creativo  y esa participación nos satisface. Si siempre habrá poesía,  jamás faltarán lectores, son tan necesarios para que subsista la escritura; no puede haber uno sin el otro y viceversa.
Descubra qué hay tras los tanteos del poeta, el nuevo yo siempre incorporado, el mismo, el nuevo mismo, el otro. Descubra las diversas maneras de estar en un poema, el placer, el movimiento, la ascendencia, el descubrimiento de lo ajeno y  lo nuestro, la celebración. Saber qué siente,  qué trae, qué revela una metáfora, además de ser  “lo mismo y  otra cosa”.
Sea parte del juego, lea salido de usted mismo, con los ojos abortados y mírese desde afuera. Cuando lee, usted no es la imitación es el original. De alguna manera  influye en lo que está escrito. Lo que está en el poema, se magnífica en uno. Y lo que no, lo que esta sugerido, lo que calla, es más  silencio que podemos completar con nuestro propio silencio. Es su lectura, su manera de interpretar, lo que llenará esos “huecos” que ha dejado el que escribe. Los que están hechos de manera adecuada son los que logran trasmitir la maravilla del acto poético. Excelentes traductores de un mundo. Ellos son el espejo que refracta la creación. Cuando se lee,  se observa uno mismo y esa contemplación siempre nos deleita. El poeta Paul Celán definiría así el arte de la traducción. Como leer  poesía, oírla,  escribirla y hasta tratar de comprenderla, es siempre un ejercicio de traducción. Así que traducimos siempre, cuando escribimos y cuando leemos.
¿Qué es lo real?  ¿Hasta qué punto nos acercamos a  la verdad? ¿Cuál verdad?  Lea y su verdad será  también válida  y quedará  establecida. ¿Qué es lo íntimo? No hay diferencia para el hombre  de hoy, para quien el universo y lo que lo rodea no es más una representación. Todo integrado al hombre, lo significativo y lo intrascendente. Todo importa menos y todo va a la poesía. ¿Estaremos cambiando?  Puede ser;  lo cierto es que se vive con otra percepción, y con un sentido distinto del tiempo y del espacio.
Lea poesía, siéntase impulsado por el instinto y el enajenado vigor de las palabras. Ellas son más que fuerza, no son solo soluciones imaginarias.  Son la existencia, son movimiento;  siempre avanzando,  ponen en marcha toda esa corriente luminosa que desborda un caudal de eternidad.
Leer es el mejor camino para desandarnos de tanto dolor y malos momentos.  Leer es resucitar, nos pone de pie, nos vivifica, hace que el hombre nuevo que nace o se recrea en la poesía,  sea un ser superior dotado de lealtades y una nueva conciencia. Leer es haber vivido mucho tiempo,  es aprender de otros, ser herederos de esa memoria colectiva, poder integrarnos desde lo individual. Leer es lo que aproxima, y es repetirnos y es multiplicarnos.
Lea poesía, la lectura siempre será lo mejor, nos acerca a la vida que realmente anhelamos o nos gustaría descubrir, nos mejora y todo lo que nos hace crecer y mejorar, lo que nos concilia con esas  grandes verdades que ignoramos, nos gratifica. La lectura es diálogo que busca desentrañar el más oscuro y misterioso sentido de las palabras, sus hondos significados, pero va más allá.  No importa que tanto avancemos, o que poco descubramos, hay un deleite siempre en las palabras, ellas son como la buena música, despiertan ese hambre y ese deseo de  evocación. Y todo lo que nos provoca un deseo, es bien recibido. Festejemos esa poesía que nos incita al hallazgo y a la contemplación. Poesía que nunca será excusa, sino una invitación a quedarnos. Tomemos sus ofrendas, y acerquémonos a la divinidad. Vayamos  masivos en su riego febril y desbordado.  Si la escritura es representación, cuando leemos volvemos a presentar un universo íntimo o colectivo. Entonces también la lectura es acción creadora y transformadora del mundo. Todo lo escrito precisa de un lector para llegar a ser realidad, para manifestarse. Si todo existe por la lectura,  leamos entonces,   ella encierra muchísimas maneras de la existencia. Si la escritura reconcilia, también la lectura es  ese puente necesario, ese camino que nos acercará a otros y a lo divino. Lectura es el camino a la búsqueda y es una invitación para encontrar lo definitivo, lo que siempre estará extendiéndose  hacia la infinitud de lo vivo.

Para los poetas. Un poeta, diría Rimbaud, “dará  algo más que la fórmula de su pensamiento” dejará huellas y seguirá  en busca de esa plenitud que necesita, en busca de la conciliación. Y advertía  que ya no se trataba de una cuestión de género literario sino de actitud o, en todo caso, de lenguaje,  al proclamar: “la poesía no rimará más la acción: estará antes que ella”.  Estaba asegurando la creación de un lenguaje universal,  donde el poeta sería un multiplicador de progreso. ¿Videncia?  ¿Habrá  llegado ese tiempo?  El tiempo magnífico de la siega y el progreso.  La mies es mucha y los obreros son pocos. Oren al amo de la mies (la poesía) que envíe más  trabajadores. Sí, vendrán otros, muchos otros para dar continuidad, para seguir el cultivo de su propia alma y para rescatar al hombre de tanta ignorancia.
En espera de ese tiempo, el poeta siempre está en la escalada, en su lucha feroz con el ángel: siempre insistirá, hasta que consiga la bendición final; aún en su cojera, le queda la fe para seguir, sosteniéndolo con un fervor  definitivo. Y eso es el verso, lo que nos acerca a lo divino, derramándose como una anunciación de victoria, él es el que vence. Ha ascendido del abismo y ha conseguido inmortalidad.
Existían dos especies de poeta para Oscar Wilde. Los primeros, que aportan las preguntas y los otros, que traen  las respuestas. Wilde hace una clara división, pero ¿Cómo saber si el que pregunta nunca es el mismo que responde?  Decía además que los menos comprendidos son los poetas que preguntan, porque estaban llegando siempre tarde. También creo con total validez en esa poesía indagatoria e interrogante; pero creo que lo que  nos llevará a la felicidad no serán las preguntas sino las respuestas, las que hayamos sido capaces de encontrar a lo largo del camino. ¿Parecerá  mucho más  interesante leer entonces la poesía que contesta? Siempre es atrayente la poesía que es hallazgo, que avanza descubriendo, que revela.  Sabemos que el poema sólo puede representar  lo que  ya existe, y que el poeta ya sea artifex, alquimista o un pequeño dios,  es el que resuelve todas las contradicciones y vuelve a presentar la existencia desde su mirada y agudeza.  Su grandeza estará en la cantidad de voces que incorpora y  la multitud que acomoda en el verso;  estará  en toda esa afluencia que acompaña a su yo.
Multiplicidad, concurrencia, lo germinativo está en la poesía.   En el poema cifra y armonía, lo innumerable, la enormidad, lo inaudito y desconocido, fundiéndose para permanecer. “Una obra siempre está lejos de un fin”, ese carácter perpetuador le imprime a la poesía un sello. Poesía es lo que se renueva. El poeta padece una enfermedad por así decirlo que lo hace volver y volver al verso,  estará  pensando siempre en las palabras. El incurable síndrome del poeta.  La poesía es el regreso eterno, y el poeta, nunca satisfecho, el gran inconforme, volverá y volverá al verso como necesidad.
 
Poesía para  tratar de encontrarnos, y en el silencio de esa  proximidad  brotan palabras a veces sin sentido, palabras llenas de universos.  Palabras nuestras, las que se nos ofrecen, las que nos pertenecen ya de tantas usarlas. Y son, y se acomodan en el verso por  impulso,  las repetimos y se  nos vuelven recurrentes.  Ese sentido de pertenencia nos salva, somos fieles a ellas, nos premian.  Para el poeta las palabras son el maná bendito. Él estará buscando siempre la equivalencia, el equilibrio, las palabras saludables, las sanas que edifican, las más audaces y las que están  en la sombra también.   El poeta no desecha nada, le interesan todas las palabras,  esas que nos empobrecen y  nos confinan a un espacio estrecho en el que apenas podemos movernos, las que nos fijan al suelo y  las que nos hunden en el lodo.   Aún esas,  las abismales palabras, las peores palabras,  no somos capaces de ignorarlas. Otras nos desarman y nos denudan frente a todos los hombres. El poeta anda despojado de pudor, se siente divino, nada parece tocarlo,  todo está lejos de él. El ama la perfección de  las palabras aun con su limitado conocimiento, aun con sus pasiones y valores humanos. Palabras, palabras descoloridas, palabras llenas de encanto, inagotables, tremendas, traen las formas del amor y una continuidad. Ellas traen lo invisible y lo ausente, llegan al poema desde el silencio. Ellas son esa luminosidad, ese fuego que perpetúa.  Un Gehenna que siempre arde, consume y  purifica.
Ese volver  nos hace poetas. Esa constante búsqueda de la palabra liberadora, ese gusto por  hallar el verbo, lo más cercano al origen y a la verdad incontaminada,  esa inconformidad nos enfrenta a la poesía. Hay que librar una ardua batalla; contra lo sagrado donde mora toda la plenitud,  contra esas otras  realidades que desconocemos y nuestra propia ignorancia. El poeta con su existencialidad  humanamente dolorosa, busca vencer el tiempo y la muerte. Quiere quedarse, ama la eternidad,  lo inmortal del verbo, lo que trasciende. Él también con su soplo vivifica, crea otro ser a su imagen y semejanza y crea y recrea además su propio paraíso restaurado. La poesía lo dignifica. Jamás lo daña, en ella no hay reino devastado, ni carencias. Ella nos acerca a lo sublime y lo imperecedero. Como en el mito de Narciso, el poeta también ama la contemplación, verse él mismo,  ver su propia imagen que es la imagen de la belleza. Y él va más allá del acto de mirar, del propio acto de morir, vence el temor a la muerte.  El poeta busca perpetuarse en esa imagen que existe fuera de él y  que es él mismo. No quiere separarse de esa visión, quiere integrarse, no hay conformismo, morir para dar continuidad a la belleza eterna.  La belleza ya no es reflejo, es cosa en si misma separada y distinta.  La poesía lo enfrenta a su yo, quiere fundirse  a esa imagen aunque muera en el intento; de alguna manera muere el hombre, para que subsista la imagen de la belleza como resultado final: el poema.
 
La poesía como acto necesario.
 
Cítenme unos buenos versos que hayan arruinado a un editor– decía Baudelaire, y a los que se entregan o se han entregado a la poesía les aconsejó no abandonarla jamás. Concluye diciendo: “Todo hombre sano puede pasarse dos días sin comer, sin poesía nunca. Pocas cosas en la vida serán tan importantes como la poesía. El solo hecho de que ella sea lo esencial, lo que  nos acerca a lo perfecto y  lo grandioso,  lo que nos ampara y alienta con la esperanza de  poder derrotar lo efímero.
Poesía que renueva, que es camino en esa búsqueda de la esencia inmortal, que es desahogo frente al dolor y la triste realidad humana. No importa que ella necesite ser contemplada en su magnificencia, lo cierto es que el hombre tiene necesidad de ella para sobrevivir. El mundo entra en la poesía con su desorden e inconformismo. La poesía, puede llenar lo irracional de lucidez y puede devolver a la realidad ese carácter sobrenatural en un acto de restauración. Ella nos salva con ese anhelo e ilusión de libertad.
La poesía nunca terminará y eso es una garantía de que siempre existirán poetas.
Me gustaría terminar  con un pensamiento de Francis Ponge: “Los poetas no son más que embajadores del mundo silencioso. Así balbucean, murmuran, se hunden en la noche del cosmos, hasta que finalmente se encuentran al nivel de las raíces donde se confundirán las cosas y las formulaciones. He aquí  por  qué la poesía tiene mucho más importancia que cualquier otro arte, que cualquier otra ciencia…”

viernes, 7 de julio de 2017

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LLUVIA PARA UN FINAL. Odalys Interián.  

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Llueve, todo comienza a humedecerse, el aire y la luz, ese verdor que raja el horizonte. No me gusta que llueva, el vaho de la lluvia amotina las bestias, todas en un nombre, en un solo temblor. Es la música del agua en su asfixia serena humedeciendo el sol, un pedazo de mi cuarto, una parte de mí que se resiste a caer en ese limbo irrecuperable que son los recuerdos.  Lo agónico es ese resplandor que deja en los cristales, la misma soledad reflejándose, mi rostro, mi propio rostro en ese descosido de la lluvia, una simulación grotesca, un desmoronado antifaz en su rígida mueca de silencios.
Jamás aprendí a sonreír. Jamás superé ese resentimiento hacia la lluvia, sus gotas son fantasmas que llegan a aterrorizarme, un mazo que golpea lento, una mímica audaz que desborda toda la tristeza. Jamás olvido el ruido inmenso que acalla los aullidos, el pataleo inútil, los gemidos entrecortados de una niña en la oscuridad.
Conozco el silencio, la lenta desazón que hay detrás de todas las lluvias. El moho que avanza, que trepa invadiendo todos los rincones de mi cuerpo.  Mis ojos, mis propios ojos hundiéndose en su niebla, en un amontonado espejismo de visiones, todas apocalípticas.
Nadie vendrá con esta lluvia que fui adivinando. Nadie para ampararme del acoso, de esas manos infieles que me alcanzan. Nadie para librarme del odio, de mí, de esos ojos que crecen la lujuria, de esa boca en su zumbido pestilente, de ese cuerpo cayendo sobre el mío.
Es la lluvia aplastándome, y esa silueta infiel, descolorida que no borran todos los diluvios. Y es el agua, el ruido del agua deshaciéndome. Un ruido vulgar y estéril que abre la noche a la peor noche, que llega a ese abismo donde estoy, donde luzco vulnerable y frágil, minúscula sobre la fría luz.
Y es la lluvia en su recorrido, esa violencia con que vuelve para desgarrar lo que queda. Nada se salva. Las palabras borradas por esa inarmonía que es el agua, las palabras perdiéndose, y no encuentro las mejores para una despedida.
Después de esta lluvia no seré, después de la lluvia el amanecer terrible de la muerte, la muerte en su neblina desmedida, la misma muerte que humedece mi sangre, todos los trozos de mí que empiezan a esparcirse con el corte filoso de la cuchilla. Después la nada, mi cuerpo cayendo a otro hundimiento, a esa humedad armónica y despiadada que es la eternidad.
© All rights reserved Odalys Interián
OdalysOdalys Interián. Nació en la ciudad de La Habana. Poeta, narradora y crítica. Impartió en Cuba varios talleres de creación con niños, jóvenes y adultos. Poemas suyos aparecen en varias revistas y antologías dentro y fuera de Cuba, “Espacio Mínimo”, (Cuba 2008) y Nacieron en La Habana”, (Ecuador 2009). Tiene publicado, “Respiro Invariable”  (Extramuros 2008). “Ese Mar que me vence” (Snow Fountain 2014) “Equilibrio Contrarios”, y  en proceso de edición, “Atráeme Contigo” con el poeta mexicano Germán Rizo. Ganadora del concurso La Nota Latina, en la categoría cuento (2013). Más allá, obtuvo reconocimiento en el prestigioso Concurso Internacional de poesía Facundo Cabral (2013). Ha publicado en la revista literaria Metaforología, y es columnista de la revista poetas y escritores Miami, (Universo poético). Instructora del Taller de Creación Poética del Centro de Instrucción para la Literatura y el Arte, y miembro destacado de AIPEH Miami (Asociación Internacional de Poetas y Escritores Hispanos). Tiene además varios libros inéditos de poesía y cuentos
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ESPERO. Odalys Interián.

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Espero el milagro,  no importa cuán fría sea la oscuridad, yo espero. Soy tan inmaterial como esas luces que titilan en la lejanía. El silencio es intocable, se acomoda a mi lado, soy el perro que lame. Simulo que ignoro  el invierno, la delicadeza  enfermiza  que adquiere la ternura en ese rostro. No una madre, un punto de anulación.  La madre- títere que adora a un necio réptil que se arrastra siempre tras de mí. La ciega inmadura madre que acuno en mi regazo. La débil que no tiene una vida, la esposa  que siempre obedece, no a un esposo, sino a un hipócrita, el que añade palabras y unos ojos que pesan como relámpagos.
“Madre” puede ser un título, un referente para nombrar a quien te acompaña en ese largo cautiverio que es la vida, Y puede ser una perfecta desconocida con quien compartes algunos destellos de felicidad  y algunos abrazos.
 Aborrezco esta edad, la falta de independencia que me obliga a quedarme, esta debilidad de no poder defenderme, de no atreverme a poner una cuchilla en su cuello y dar un corte lento y profundo. Sí, soy mala, le arrancaría de un tajo esa filosa lengua con que ha viciado las palabras y chantajea. Esa lengua desabrida y asquerosa que me ronda, esa que acompaña un  soplo  repugnante y nauseabundo. Todos  saben que soy  la rebelde chiquilla que apunta directo al corazón y cuando habla dispara, una malagradecida  mantenida.
Pero tomé unas pastillas, y  esa debilidad le da a mi verdugo nuevas fuerzas.  Hubiera preferido morir a darle el gusto de que me vea vencida, a tenerlo siempre espiándome,  siempre detrás de mí con el mismo pretexto.  Me sobran horas para lamentarme y me falta coraje para intentarlo de nuevo.
 Me oculto detrás de las mil puertas y los mil cerrojos donde guardo este sueño: creceré, me haré  fuerte, poderosa como Dios e intocable.
 Sigue en su círculo la luz y sigo en perpetua vigilia.  Nunca duermo, el sueño es una especie de abandono mayor.  Nadie se entromete en esta libertad. Nadie puede borrar este ojo desde donde vigilo, ni estas ganas tremendas  de desflorar la luz en su espasmo muerto.
Nadie se entromete en esta ausencia, ni Dios. Velo  el drama, el ronroneo de esa noche que se encoje como un astro.  Deambulo  infinita en esa tentación de la llovizna, en ese halo impalpable del invierno, en ese olor y latido del barro húmedo que salpica mi cuerpo.
 El cielo es un rectángulo,  estoy en el incomplacida.  Me resulta difícil soltar algo y que se vaya, me acompañan los miedos y la inseguridad, se visten de temblor y duda en esta celda donde prosigue la tortura que solo yo veo y padezco.
Es ésta soledad lo que nutre mi muerte,  las mentiras cobardes y los silencios,  los  ojos de mi madre que miran estúpidamente extraviados.  Ojos como las sílabas heladas de un paisaje que siempre falta, un paisaje que nunca recupero. Sobrevivo a la costumbre  y  sigo en la mímica obediente.
Desde el lado frío del silencio, ése, un extraño,  osa tocarme con esas manos que odian, que tiran de mí y me arrastran hasta esta hibernación  donde junto los trozos dispersos de la noche. Germina en su oscuridad una masa de serpientes bulliciosas  mientras su vaho venenoso se esparce sobre mi cuerpo como una densa neblina. Siento las palabras aisladas, el gargajear  irónico y desprendido de esa boca que odia y miente.
Una figura grotesca, el hombre-serpiente  que se levanta de la oscuridad para engullir, lo que estrangula es esa oleada ácida que impone su presencia, ese olor a podrido  saliendo de todas partes, mezclándose, desarmonizándome.
Le adivino esa satisfacción  detrás de la máscara, el rostro real en sus ridículas contorsiones y espasmos. Le adivino las manos inmundas desarticuladas  en tentáculos violentos. Todo en él hiede, todo.
La realidad es otro  espejismo, drena un tiempo inmutable, una torpeza única que nos hace rodar hasta el pantano. Ese aire abierto lleva el mismo silencio pestilente de mi cuarto. El mismo ritmo nauseabundo de las noches que desfloran  histéricas.
Desde este rincón espero,  junto todas las sombras para hacerme invisible. No una niña, un ala desde donde vigilo las mansas esferas de la luz. Un ala para elevarme. Un ala y esta necesidad de huir. De encontrar una vida, otra.
 Desde esta esquina puedo  oler la oscuridad, las raíces que pudren en este invierno. Bajo la nieve el sol en su debilidad grotesca, una tregua. Otro  sol  que es verdugo,  el que oculta los pájaros en su verdor silente, no hay música entonces, ningún sonido para acunarme. Otro día que empieza.
Cierro los ojos y espero,  como espera el verano  ese árbol del jardín en su mudez infinita. Sigo cansada y  con un ansia mayor, la de poner una pausa, un punto final a todas las noches  y a tantos desvelos. De poner una lápida sobre esos que tienen en común: la misma infidelidad, la misma muerte.
© All rights reserved Odalys Interián
OdalysOdalys Interián. Nació en la ciudad de La Habana. Poeta, narradora y crítica. Impartió en Cuba varios talleres de creación con niños, jóvenes y adultos. Poemas suyos aparecen en varias revistas y antologías dentro y fuera de Cuba, “Espacio Mínimo”, (Cuba 2008) y Nacieron en La Habana”, (Ecuador 2009). Tiene publicado, “Respiro Invariable”  (Extramuros 2008). “Ese Mar que me vence” (Snow Fountain 2014) “Equilibrio Contrarios”, y  en proceso de edición, “Atráeme Contigo” con el poeta mexicano Germán Rizo. Ganadora del concurso La Nota Latina, en la categoría cuento (2013). Más allá, obtuvo reconocimiento en el prestigioso Concurso Internacional de poesía Facundo Cabral (2013). Ha publicado en la revista literaria Metaforología, y es columnista de la revista poetas y escritores Miami, (Universo poético). Instructora del Taller de Creación Poética del Centro de Instrucción para la Literatura y el Arte, y miembro destacado de AIPEH Miami (Asociación Internacional de Poetas y Escritores Hispanos). Tiene además varios libros inéditos de poesía y cuentos


Y te salvé la sed
con la palabra
y te di de beber
de esos veranos
la mejor lluvia...
la mejor marea del sol
y las visiones
Porque te di mis ojos
y una intemperie de signos
que volaban dispersos
y un mar
un círculo cerrado de gaviotas

Y te salvé de los silencios
de la larga noche apabullante
del desvelo
Y te di la cifra verbal
esa fiebre que mueve las palabras
esa música
Y sigues sediento
y vas
en esa enfermedad
procurando el veneno
y lo insignificante.

Odalys Interián
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“HABERSE MUERTO TANTO Y QUE LA BOCA/QUIERA VIVIR UN POCO TODAVÍA”: APROXIMACIÓN A IDEA VILARIÑO. Odalys Interián.




Mi agradecimiento a Héctor Manuel Gutiérrez que me motivó a escribir este ensayo.

“A nosotros los poetas nos concierne mantenernos desnuda la frente, bajo las tempestades de Dios”, diría Nerval. Somos esos a quienes nos atañen los sufrimientos, los imprevistos y todos los infortunios. Somos esa especie heroica encarnada en un sacerdocio que obliga y resiste; pero  a veces cansa esa memoria del dolor, ese desamparo terriblemente nuestro. Y es proeza convertir el dolor en poesía, proeza narrar lo ausente, lo que vulnera el ser.  El revés indeseado y terrible del amor que llega a ser herida. Aun así, Idea Vilariño cumple con el ideal de la poesía, la dignifica. Poesía que cumple la sentencia de Eduardo Galeano: “¿Para qué escribe uno si no es para juntar sus pedazos?” ¿Qué centro se vuelve su poesía para ahondar los viejos temas? Como si la poeta quisiera narrar todo el dolor que puede haber en el mundo. Poesía descarnada, íntima, esencial y siempre intensa.  Alteridad posible en su imposible, llena de contradicciones, de ascensos y descensos a su abismo personal. Lo disperso y lo agónico, el desabrigo, la soledad íntima que sólo puede ser encubierta en la convivencia disimulada. Como toda gran poesía, ésta abre y da forma a lo que no tiene voz. Una poética que parece estar siempre enfrentándonos a esa conciencia del desamparo:
Todo crucificado y corrompido
y podrido hasta el tuétano
todo desvencijado impuro y a pedazos.
 
Nombrar alcanza  −nos dice−  y nombra con un rigor y una sencillez que es médula del ímpetu más extremo. Esta poesía es una palabra de semilla abierta a la intemperie, que resiste el fuego de los ardientes soles de la cotidianidad: sufrimiento, incredulidad, desesperanza. En ella lo invariable, esa resignación solemne que justifica el no ser, es su aseveración esencial. Un no que da pujanza al sí contra la interinidad  de la vida. Una rotundidad sistemática que acompañará sus obsesiones.  La negación como razón de vida. Vilariño erotiza lo insospechado, lo que no es amable: el dolor y la ausencia. El dolor es lo fecundo e inagotable. La ausencia es lo que acentúa el sentimiento de pérdida; pero es donde también laten con vida propia todos los recuerdos.
La poesía es la conciencia más fiel de las contradicciones humanas, −explicaría María Zambrano− porque es el misterio de la lucidez, del que acepta la realidad tal y como se da en el primer encuentro. Y la acepta sin ignorancia, con el conocimiento de su trágica dualidad y de su aniquilamiento final. La sabiduría está en entender y aceptar quienes somos. Idea Vilariño sabe quién es y lo que espera de la vida. No está rota, se fragmenta; pero se vuelve a encolar con la palabra.  Es múltiple  y una misma. Ella es  todas las que sufren y soportan. Ella, incólume en la brutal intimidad  del silencio, burlándolo, trayendo una melodía distinta, una resonancia que lleva la pericia y el frenesí  del tango.  “El ritmo es fundamental en todo hecho poético. Un poema es un franco hecho sonoro –sonidos, timbres, estructuras, ritmos– o no es” expresaría Idea Vilariño. Y llama la atención ese ritmo y cadencia tan particular en su escritura, donde cada sonido y cada silencio suenan con  una  mixtura íntima de placer y de dolor. Aquí todo tiembla, todo coincide para mostrarnos un absoluto: sentir las cosas es mejor que poseerlas. No importa si es breve el tiempo de compartir, no importa que las flores devoren hasta el aire del sueño, no importa la esperanza. Ella pacientemente espera. Siempre esperando entre la ausencia y la escritura, entre los signos de la muerte y la imagen redentora: ese amor recobrado que vence la soledad.
¿Y qué juntará el cielo a la  poesía? Acaso solo se llega a la sublimidad por el amor.  Lo divino e inagotable, lo imperecedero solo puede ser expresado por el lenguaje de la poesía. Amor y poesía juntándose en esa visión cerrada y sin espacio que llega a ser la soledad. Para Vilariño el amor tiene ese amargo sabor comparable a la muerte. Porque al final los dos se asemejan no sólo en infinitud y eternidad. También en  su insaciable apetencia y disolución. Como si el amor fuera un estado de la muerte. El amor es honda mentira, y es también ausencia… Qué me importa el amor… El amor para ella no existe sino como tiempo interior y del deseo. El ser amado es sólo una presencia, una presencia que siempre está yéndose. El amor dónde estuvo, cómo era, porque entre tantas noches nunca hubo nunca una noche, un amor, un amor, una noche de amor, una palabra… Los animales del amor tienen prohibido llorar  –nos dice–. El amor es lo desatado, un pájaro que gorjea a su oído, que hiere y destroza, lleno todo de paz, lleno todo de guerra, lleno todo del odio del amor…  Y me pide y le pido y me vence y lo venzo y me acaba y lo acabo. Contradicción, en estos juegos de palabras, en esas imágenes encontramos la batalla, por un lado el des-apego, lo triste de la espera, el abandono, y por otro una posibilidad de una plenitud anhelada. Imágenes que tratan de explicar o engañarnos, “El amor… ah, qué rosa, qué rosa verdadera”…  No te amaba, no te amo… pero te amo, te amo esta tarde, hoy.
En el prólogo a Vuelo ciego, escribe Rosario Peyrou sobre esta poesía de Idea: “El suyo es un erotismo lleno de delicadeza que sin embargo no teme usar imágenes fuertes, audaces, palabras nunca antes usadas en el lenguaje amoroso femenino. Y justamente son esas palabras tan cuidadosamente elegidas las que transmiten esa impresión de verdad, de ausencia de afeites que deja su poesía”.
Poesía confesional, biográfica, la poeta entrega su yo a la escritura. Poesía que reconcilia  lo particular e individual con la conciencia colectiva.  En esta poesía qué  desborde de mundo se convierte una habitación. Ella, despojada de fórmulas, juega con las palabras, logra comunicarnos la conmoción de su mundo interior. Sólo la palabra sucia de pasión sabe vivir, puede vivir. Se va el verso a la franqueza de lo vivido convertido en imagen, son las imágenes del silencio, imágenes reveladoras de angustia que nos entregan el trascendentalismo que nutre su poesía, en la que sentimos el drama de la pérdida y lo irrecuperable del amor. Y seguimos llevados por esa chispa cálida del verso que enciende el ruego:
Te estoy llamando
con la voz
con el cuerpo
con la vida
con todo lo que tengo
y que no tengo
con desesperación
con sed
con llanto
como si fueras aire
y yo me ahogara
como si fueras luz
y me muriera.
Desde una noche ciega
desde el olvido
desde horas cerradas
en lo solo
sin lágrimas ni amor
te estoy llamando
como a la muerte
amor
como a la muerte.

Es mucha la fuerza de estos poemas, absorta hallamos a la poeta en ese quietismo de su mundo circundante, un ser que se deshace y se reconstruye desde sí mismo. Ahí está, escribiendo la nostalgia, la tristeza en su orden aparente, la soledad que es la única certeza. Ahí está en fin, escribiendo el sinsentido de la vida, la ausencia que parece ser parte integral de su destino y  la muerte como una gran metáfora de vida. Esa suficiencia en ella que puede prescindir de casi todas las cosas hasta del  amor, pero jamás de la poesía. Esa conciencia de libertad que solo encuentra en la palabra, en el poema. La indiferencia como una virtud liberadora, el yo poético con un protagonismo único. Una poesía que se carga de introspección. Textos elaborados con una sobrecarga de malestar e  impotencia, de agobio por la conciencia del límite. Vivencias y frustrados anhelos, una conciencia lúcida que quiere narrarnos todo el horror de la existencia. Estamos en presencia de una incertidumbre, de una angustiosa amargura que habrá de ser definidora de su poesía.
Entregada  a ese suplicio heroico y de resistencia que es la continuidad. Ella, la que resiste, la que soporta las embestidas y tempestades con esa lucidez iluminadora que siempre se adentra al centro del vacío. Día a día me miro, te miro y me hace gracia, Y pienso abrir el gas y siempre lo postergo, el suicidio es sólo una idea, un pensamiento con el que convive. A diferencia de la poeta  Sylvia Plast, que no pudo evitar o impedir que esa inconformidad o desasosiego prolongado terminaran destruyéndola. Vilariño triunfa viviendo en esa muerte de todos los días, aunque diga: qué asco, qué vergüenza, este animal ansioso apegado a la vida. Soporta desde lo irreductible de la poesía todo el sufrimiento sin desmoronarse. Escribe la tristeza. Ella en esa relación cercana al odio. Escribe sin arrepentimiento.  Los ojos sólo ven lluvia sobre ceniza. La soledad como una sopa amarga para abrir su horrible náusea, su dolorosa insoportable náusea, la soledad que es otra forma del morir, que es muerte.
Buscar que las cosas no mueran es una tentativa de la poesía, ella es permanecía y  quiere dejar memoria; por eso  siempre estará  trayendo el recuerdo al presente infinito.  Poesía  es lo sublime en ese estar contra la nada. Lo que nos ayuda a olvidar. No el olvido armónico,  sino un enajenamiento incomprensible que hace algo distinto del recuerdo. Nos ayuda a sobrevivir, a sobreponernos a las circunstancias con una sobriedad insospechada.
“Haberse muerto tanto y que la boca/quiera vivir un poco todavía. Hay algo peor que la muerte para Vilariño, y es la espera, la larga espera, vivir sin ruidos. Quedarse en el silencio de las cosas, hasta que todo sea un silencio sordo y demorado, hasta que todo se confunda con esa enajenación que hace el olvido. Su poesía posee una tensión, la conciencia trágica y totalizadora de lo inexplicable. Morirse o no morirse…moviendo adiós…apenas el pobre corazón como un pañuelo. Una angustia a la que ella no quiere o no puede renunciar  porque le es indispensable y tan suya como su propio cuerpo.
Quiero morir. No muero.
 No me muero. Tal vez
 tantos, tantos derrumbes, tantas muertes, tal vez,
 tanto olvido, rechazos,
 tantos dioses que huyeron con palabras queridas
 no me dejan morir definitivamente.

Vivir no es otra cosa que arder en preguntas, –diría con verdad Antonin Artaud–.   Y qué soy, qué soy en la tarde sin fin. La poeta se siente perpleja ante sus propias sensaciones, inmersa en lo abrumador del sentimiento, en esa asfixia creciente que es el silencio.  Un silencio que puede rápidamente disiparse en  la  memoria de la fugacidad y precariedad de las cosas. Imágenes reiteradas que no dejan de aparecer una y otra vez. La pesantez agobiante de un destino trágico. Amurallada en esa oquedad devorante, atribulada frente al día, frente la noche, siempre interrogándose.
Cuándo yo estrella fría
y no flor en un ramo de colores
Y cuando ya mi vida,
mi ardua vida,
en soledad
como una lenta gota
queriendo caer siempre
y siempre sostenida
cargándose, llenándose
de sí misma, temblando,
apurando su brillo
y su retorno al río.
Ya sin temblor ni luz
cayendo oscuramente.
En esta poesía entramos y hay comunión. Todo se torna espera, palabra, urgencia. Idea Vilariño nos deja un gesto ansioso y desesperado, un eco rayando las distancias de la poesía con esa visión ordenada de su caos íntimo.
Dónde encontrarme y quién
soy de noche en mi casa
con los ojos cerrados
o cuando va a sonar la hora de la muerte
y me quedo sin voz enterrada en mi aire
invulnerable y ciega.

La poesía es lo que busca entre tierras pesadas y asfixiantes, ese etéreo pájaro de luz que se queda ardiendo en los espacios habituales, en el entorno inmediato de ella para revelarnos el ser en su sentido más absoluto. Pura, de nadie –nos declara– absorta en su propio callado desapegado abismo, hundida en el silencio, alcanzando la plena cerrada noche humana…donde se queda sola, ensimismada, sola, vacía, en paz de nadie. Entre lilas, jazmines, violetas, desolación, decepciones, fatigas, cansancio, mucho cansancio. A la poeta la invade a veces una nostalgia de la vida. La vida perdida que recupera en ese acierto luminoso del verso. Vilariño hace  poesía con el dolor, lleva su vida a la literatura y viceversa, se anda sin pudor, no le importa mostrarse, ni mostrar el hallazgo de la intimidad en ese juego sutil de las palabras.
Hay en ese  temblor austero de su poesía una serenidad,  un  pulso contenido, y una fina línea de belleza estridente. Ella escribe y añade paz y resignación al tremendismo del desamor. Vilariño dibuja en el verso las últimas volutas de una espiral terrible. Va quemando los candores íntimos. Va entregándole a la poesía su más alto linaje personal, Sol, amor, azucenas dilatadas, marinas, ramas rubias sensibles y tiernas como cuerpos. Nos entrega un cieno relampagueante, una inusitada intensidad que hace algo distinto de la muerte, una hora absoluta, una puerta sin par; el solo paraíso. Escribe enajenada en ese desborde de aniquilación; pero al mismo tiempo construye  imágenes de resistencia, inmemoriales y permanentes.
Vilariño tiene control sobre la palabra que no dice. ¡Con qué pocas palabras nos dice su  vida! Su poesía es tiempo colmado frente a lo inestable del pensamiento.  Sus poemas no tienen pretensiones de hacernos reflexionar, ellos expresan una prolongación, son el testimonio de quien ha llegado al conocimiento de sí y de una realidad desde la palabra, médula de su insaciable desazón existencial. Poeta del abismo: los abismos me nombran. A veces contradictoria, siempre lúcida, mostrándonos esa otra cara de la sombra, la lobreguez que hay en todas las claridades, la fría y escasa luz que péndula en el fondo del precipicio.
Si muriera esta noche
si pudiera morir
si me muriera
si este coito feroz
interminable
peleado y sin clemencia
abrazo sin piedad
beso sin tregua
alcanzara su colmo
y se aflojara
si ahora mismo
si ahora
entornando los ojos me muriera
sintiera que ya está
que ya el afán cesó
y la luz ya no fuera un haz de espadas
y el aire ya no fuera un haz de espadas
y el dolor de los otros y el amor y vivir
y todo ya no fuera un haz de espadas
y acabara conmigo
para mí
para siempre
y que ya no doliera
y que ya no doliera.

Poesía es lo próximo y es también un reino. Es salvación cuando impide que el individuo perezca en ese caos de desolación y ruina que es la existencia, cuando puede redimirnos de tanta angustia y puede ayudarnos a sobrevivir la ausencia. La poesía es redención, si crea una imagen de nosotros mismos que revele nuestro destino y a un mismo tiempo conforme un espacio de libertad.  Idea Vilariño dijo: “el tango es inmensamente triste, “y esa belleza triste es la que se encuentra en sus textos” afirmaría Enrique Estrázulas. Una belleza estremecida de tristezas. Una poesía que sacude con su única manera de decir la realidad. Desvalida, apasionada se nos muestra la poeta. Poesía en diálogo abriéndonos a esa espiral cerrada del desamor, donde vamos golpeados por un destino fatal e inevitable.
Aquel amor
aquel que tomé
con la punta de los dedos
que dejé
que olvidé
aquel amor
ahora en unas líneas
que se caen de un cajón
está ahí
sigue estando
sigue diciéndome
está doliendo
está todavía sangrando.
 
Toda esta poesía será un intento por dejar una huella de inconformismo. Quisiera estar dormida entre la tierra / no dormida / estar muerta y sin palabras / no estar muerta / no estar / eso quisiera / más que llegar a casa, escribe en Volver, con ese acento directo e imprecatorio y ese equilibrio entre realidad y palabra, con esa manera tan suya de narrar que logra una proximidad con el lector.  En “Quiénes son” leemos: /Qué camada de muertos para el suelo que pisan/ /qué tierra entre la tierra mañana/ /y hoy en mí/ qué fantasmas de tierra obligando mi amor.
Son éstos y no otros
de antes de después
frutos de muerte son
sin remedio sin falta
irremisiblemente
antes o después
muertos
tan fugazmente cálidos alentando y erguidos
y amando
por qué no
amando sin pavor
sin conjugarse nunca
la otra alma el otro cuerpo
la otra efímera vida.
 
Poesía de la contrariedad. Poesía del no, del quizás, del ya no, del nunca, del poco o nada, del menos que es más. La que odia y consiente, la  de todos y de nadie…   Decir no, decir no, atarme al mástil pero deseando que el viento lo voltee… diciendo no no no, pero siguiéndola. Poesía del adiós, y adiós –es una palabra que repite– adiós, adiós, adiós, como si este adiós fuera el último atardecer del mundo. Arduos amores  y despedidas continuas van haciendo esta poesía, también una simulación que apenas si logra ocultar  un estado depresivo que padecería la poeta.
Hago muecas a veces
 para no poner cara de tristeza
 para olvidarme
 amor
 para ahuyentar mis duros
 mis crueles pensamientos.
 Cómo he de hacer
 amor
 para vivir aún
 para sufrir aún
 este verano.
 Pesa mucho
 me pesa como si el mar pesara
 con su bloque tremendo
 sobre mi espalda
 me hunde
 en la más negra tierra del dolor
 y me deja
 ahí deshecha
 amor
 sola ahí
 tu abandono.
 
Ahí está su impronta nihilista acompañando ese desencanto y apatía que se volvía a ratos su vida. Una vida que nadie puede vivir por ella; pero que se siente incapaz de cambiar. En ocasiones como si la poeta no quisiera mostrar otra cosa que esos vacíos que nos aterran.  Y vamos  entre la palabra y el desaliento bordeando ese abismo que es vivir sin esperanza.
No hay ninguna esperanza
de que todo se arregle
de que ceda el dolor
y el mundo se organice.
No hay que confiar en que
la vida ordene sus
caóticas instancias
sus ademanes ciegos.
No habrá un final feliz
 
En ese juego frívolo, una niña, un relámpago blanco y silencioso, y yo me quede sin nombre y sin mí –nos dice–. Versos donde se abren su luz cereza y estiércol. Versos donde siempre estará faltando la honda mentira, el siempre. Poesía es ella… y son los otros, él, tú y son ellos, los muertos solos arropados de amor, de penas que están muriéndose en nosotros por siempre.
La de Idea Vilariño es una poesía enérgica e interrogativa, construida con recursos verbales concisos, donde lo insondable en ocasiones se expresa a través de un lenguaje muchas veces humilde y coloquial. Sus poemas breves llevan la fuerza y el tono de los poemas de Emily Dikinson. Poesía que se llena de silencios para entonces revelarnos lo que no dicen las palabras. Poemas con una  admirable contención expresiva. “Cómo acepta la falta / de savia / de perfume / de agua / de aire. / Cómo”. “Si te murieras tú / y se murieran ellos / y me muriera yo / y el perro / qué limpieza”…Quiénes somos / qué pasa / qué extraña historia es esta / por qué la soportamos / si es a nuestra costa / por qué nos soportamos / por qué hacemos el juego. / Inútil decir más. / Nombrar alcanza.
A Idea le alcanzaba la palabra y la soledad para nombrar. Pero esa soledad tan necesaria para escribir a veces se vuelve un terrible padecimiento. Su soledad anhelada en un momento de su vida comenzó a dañarla. Como un disco acabado / que gira y gira y gira / ya sin música / empecinado y mudo / y olvidado. / Bueno / así. Una vida llena de rigor e intolerancia, de intensidad, rebeldía, autenticidad y valor. Valor de no querer engañarse nunca, de quien no espera nada y soporta todo más allá del dolor, más allá de sí misma.  Ella ese liviano pájaro de luz que se nos escapa en un gemido,   la que escribe en la lengua de todos los días, allí entre las rosas y debajo del árbol de magnolias. Luz, temblor, maravilla que ya no es…como un techo divino vivo y muerto.
Una lectura a su poesía es una experiencia única y perdurable.  Poesía intensa, austera, sobria, tersa, que se va siempre por los extremos, como ceñida por una trascendental urgencia. Una poesía que pulsa y distingue en lo muerto el esplendor de la vida aunque diga: la vida es una lanza quebrada. La lectura de sus poemas satisface y asiente la revelación de que Vilariño es una de las voces más contundentes y discretamente bellas de la poesía contemporánea. Una poesía que insiste en la dialéctica entre ausencia y memoria. Poesía que es sentimiento, que es música, y es esa rosa abriéndose en el aire, esa rosa abriéndose en el agua. Que invade en las horas amarillas y deja una sed doblada, un ramo de flores oscuras, un ramo de lilas y un jazmín sediento. Idea Vilariño nos deja su palabra y prodigios, un desplome de prodigios para conmover la poesía.
Ya no será,
ya no viviremos juntos, no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa, no te tendré de noche
no te besaré al irme, nunca sabrás quien fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber por qué ni cómo, nunca
ni si era de verdad lo que dijiste que era,
ni quién fuiste, ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido vivir juntos,
querernos, esperarnos, estar.
Ya no soy más que yo para siempre y tú
Ya no serás para mí más que tú.
Ya no estás en un día futuro
no sabré dónde vives, con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca como esa noche, nunca.
No volveré a tocarte. No te veré morir.

© All rights reserved Odalys Interián
Odalys Interián. Nació en la ciudad de La Habana. Poeta, narradora y crítica. Impartió en Cuba varios talleres de creación con niños, jóvenes y adultos. Poemas suyos aparecen en varias revistas y antologías dentro y fuera de Cuba, “Espacio Mínimo”, (Cuba 2008) y Nacieron en La Habana”, (Ecuador 2009). Tiene publicado, “Respiro Invariable” (Extramuros 2008). “Ese Mar que me vence” (Snow Fountain 2014) “Equilibrio Contrarios”, y en proceso de edición, “Atráeme Contigo” con el poeta mexicano Germán Rizo. Ganadora del concurso La Nota Latina, en la categoría cuento (2013). Más allá, obtuvo reconocimiento en el prestigioso Concurso Internacional de poesía Facundo Cabral (2013). Ha publicado en la revista literaria Metaforología, y es columnista de la revista poetas y escritores Miami, (Universo poético). Instructora del Taller de Creación Poética del Centro de Instrucción para la Literatura y el Arte, y miembro destacado de AIPEH Miami (Asociación Internacional de Poetas y Escritores Hispanos). Tiene además varios libros inéditos de poesía y cuentos.
 

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