Seguía aquel desconocido sin quitarle los ojos de
encima, no solo porque no confiaba en él, sino porque llevaba en brazos a mi
hijo Luis. Atravesamos una explanada antes de adentrarnos en un bosque de pinos
que se alzaba imponente, temerosa y desconfiada trataba de mantenerme cerca, no
era un hombre conversador, en todo el tramo y las horas que estuvimos juntos
solo había cruzado conmigo unas pocas palabras.
Habíamos caminado más de una hora y estaba realmente fatigada, me dolían terriblemente los pies, pero no me quejaba. Estaba a punto de desmayarme por el calor y el agotamiento. Hasta que por fin la voz dijo “Descansemos aquí” el hombre se detuvo poniendo a Luis en el piso, el niño corrió hacia mí. Busqué un lugar donde acomodarme para poder alimentarlo, pero desde mi rincón seguía al hombre con mis ojos, lo vi tumbarse en el suelo y al poco rato lo sentí roncar, fue entonces que cerré mis ojos y apreté al niño contra mi pecho, estaba tan extenuado que enseguida se durmió, fue entonces que como sucede siempre que estoy sola y hay silencio y que el niño se duerme, que aparece tu imagen intacta, idéntica, sin que se borre un gesto, recordaba cada rasgo de ese rostro que yo amaba, aparecías siempre con una sonrisa fresca y juvenil, y la boca se abría para repetir la promesa. “Espérame amor, aguanta un poco, volveré por ti y por mi hijo” y yo esperé, un año, dos, cuatro, como Penélope; pero a diferencia yo no esperaría siempre, te conocía bien, sabía que eres de los que cumplen su palabra, y esperé sí, a pesar de todos, porque mi familia te odió; porque me abandonabas embarazada de cinco meses y no te perdonaban que no esperaras ni a que naciera el niño; pero yo sabía que lo hacías por nosotros, para darnos un futuro mejor y estaba quedándome así con tu imagen, durmiéndome con ella, cuando la voz me sacó del ensimismamiento. “Tenemos que seguir”, el niño dormía plácidamente, volvió alzarlo en sus brazos y emprendió la marcha seguido de cerca por mí. Una sola idea me hacía avanzar por aquellos trillos, un solo pensamiento, Luis necesitaba a su padre, y al fin estaríamos juntos.
Era bella mi tierra, me embebía del paisaje que
dejaba detrás definitivamente pensando con dolor que mis ojos nunca más
recorrerían esos sitios, y me dolía lo
que dejaba atrás, avanzaba con la angustia y el remordimiento de no despedirme de los míos, no, no tuve
valor, sabía lo que dirían, sobre todo mi hermano Manuel
que había sido un padre para Luis, ellos me había apoyado siempre y yo no podía decirles, “me voy y me llevo al
niño”, así doliéndome mucho en el corazón,
avanzaba impulsándome una emoción muy fuerte, la del reencuentro, seguía
avanzando porque tú eres el hombre que yo amaba, el único hombre, el padre de
mi hijo.
Y era el amor siempre dándome fuerzas y motivación
para seguir, el amor cuando me fallaban todos,
cuando estaba a punto de desfallecer, tu imagen y el recuerdo de lo que
habían sido estos cuatros años sin ti. Seguíamos avanzando, cada vez que me
alejaba sentía golpear mi corazón bien fuerte, internándonos cada vez en lo
profundo. Podía sentir el olor del mar,
“ya estamos cerca” volvió a decir, y algo se me estrujaba en el pecho y sentí
unas ganas terribles de llorar. Y lloré en silencio, me secaba las lágrimas con
la manga de la camisa para que el desconocido no lo notara, y para que cuando
Luis me miraba con aquella carita de susto y agotamiento no viera que yo estaba
tan asustada como él.
Volvimos hacer un alto, el niño se había dormido,
me alegré porque me sentía fatal, me tumbé en el suelo, me pareció cómodo y el
mejor lugar del mundo para descansar, y puse al niño sobre mi pecho, cerré los ojos,
no conseguía dormir, tenía muchos
sentimientos encontrados. Pensaba en la
cara que pondrían todos cuando estuviéramos juntos, en la cara de aquellos
cuyos comentarios malintencionados
llegaron a oídos de mi familia diciendo:
“que tenías otra y que llevaban
tiempo y que hasta te habías casado”, y
tantas otras tonterías, que
dirían ahora que cumplías tu promesa,
porque eras un hombre de verdad y venías por mí, por nosotros, y nunca dejaste
de mandarme dinero y preocuparte,
llamándome, —cuando podías claro—,
nunca fallaste un mes, y trabajabas duro para sacarnos, y yo sabía,
sabía que vendrías por mí, y estaba feliz de imaginar qué harías cuando
tuvieras a tu hijo en los brazos. Qué
dirían aquellos que siempre dudaron, que echaban leña al fuego para que te
olvidara y rehiciera mi vida. Dos años
me bastaron para conocerte bien, para amarte, así como te amo, nada podía hacer
que me olvidara de ti, nada ni siguiera la distancia. Esperaba segura de que
ibas a volver por mí, aunque nadie creyera, yo era tu amor, no importa lo que
dijeran, ellos no te conocían, nadie te conocía como yo.
La tarde avanzaba, me parecía que tenía un triste
color, seguía la opresión en el pecho, hacía un calor insufrible. Miraba entre
las ramas de los árboles un cielo que palidecía mientras comenzaba a golpearme una
estúpida indecisión, no dejaba de pensar en mi hermano y en el dolor que les
daría a todos llevándome al niño, Luis era la locura de la familia, la alegría
que nos había unido, todos desviviéndose por él, pensé en papá y en lo que diría,
en mamá y lo que iba a sufrir. Empecé a sentir un arrepentimiento, unas ganas muy
fuertes de regresar, de llamar a Manuel para que viniera por mí y por mi hijo;
pero ya era demasiado tarde. El desconocido debió notar mi perturbación y angustia
porque no dejaba de mirarme, me sentí incomoda con aquellos ojos inquisidores
sobre mi rostro, que me miraban sin decir palabra.
Mientras más avanzaba la tarde, más me invadía ese
sentimiento de desesperación, me empezó cierto nerviosismo, cierto temor a que
me cogiera la noche sola con el niño y con aquel hombre del que solo sabía que
se llamaba Juan, lo vi apartarse, lo sequía recelosa con mis ojos, escuché que
hablaba con alguien por teléfono, pero no pude escuchar lo que decía.
“Estamos cerca, no falta mucho” —me dijo al regresar— “falta muy poco”, esas palabras trataron de calmarme; pero yo
seguía inquieta, no sé porque no dejaba de preocuparme, imagino que eso nos
ocurre siempre cuando nos enfrentamos a lo desconocido, yo le temía al mar, era
un miedo de siempre, pero no me había detenido a pensar en ello, eras tú o el
mar, eras tú o mis miedos y siempre vencías.
Me hizo un gesto para que le entregara a Luis y para
seguir camino, yo se lo cedí porque ya no tenía fuerzas, pero siempre que lo
hacía me quedaba con una intranquilidad y con un sobresalto, luego caminaba
junto a él sin perderle ni pie ni pisada, sacando fuerzas no sé de dónde para
llevar su paso.
Y seguía, seguía por un camino cada vez más cerrado,
nos cercaba el verde y una tupida maleza. Andamos un rato.
“Es aquí” la
voz por fin anunciando la llegada, “tenemos que esperar hasta que anochezca” Yo
trataba de luchar con el ser negativo que llevaba dentro, trataba de callar
todas las voces, para solo escuchar tus palabras. El recuerdo de tu voz entre
los mosquitos, los zumbidos que eran cada vez más insoportables y las picadas.
Tu voz y la noche cayendo lentísima, el llanto de Luis y miles de sensaciones y
emociones agolpándose, pero tenía que estar contigo, eso me decía el corazón.
Tu voz más alta que el ruido del mar, la promesa pesando más que todo,
empujándome con mucha fuerza, la ilusión haciendo ola, un sonido más alto que
el sonido del mar y el de mis miedos, una presencia impulsando mi voluntad, un
último sacrificio, y al fin juntos.
Ya había oscurecido y mi desesperación había
crecido tanto que ya no me importaba que me viera llorar, el niño también
lloraba y yo estaba muy angustiada.
Sentí la opresión fuerte de una mano sobre mí, me
volví, la mano señaló el mar, yo solo vi una sombra en la negrura de la noche,
una sombra que aceleraba mi corazón de un modo impredecible, me incorporé para
ver mejor, apreté al niño contra mi pecho y avancé, entré en el agua y seguí
avanzando, el niño comenzó asustado a llorar fuerte, lo apreté duro contra mi pecho y lo calmé; “es papi…,
es papi… en vano trataba de tranquilizarlo,
lloraba más al sentir el ruido del mar y
mientras yo seguía internándome en
el agua oscura, mientras avanzaba el
agua iba subiendo y mi paso se hacía cada vez más lento, tanto que me costaba
caminar, no lograba avanzar, me parecía
que seguía parada en el mismo lugar. Hacía una increíble fuerza, el peso del niño y del agua que casi
llegaba ya a mi pecho dificultándome la marcha,
y yo queriendo subir a Luis en alto cuando las fuerzas se me acababan, y
yo casi hundiéndome cuando otra fuerza comenzó a tirar de mí, y eras tú y eran
tus brazos, tú alzando por fin a Luis, abrasándolo contra tu pecho, besándolo
mucho, y eras tú tan diferente, sin mirarme, sin hablarme, sin sacarme del agua
y yo casi helándome y sin fuerzas esperando
a que me saques del agua. Y sigues sin mirarme, y sigo temblando, esperando a
que reacciones y te acuerdes de mí, pensando que era la alegría de tener a tu
hijo en los brazos lo que hacía que me olvidaras. Y sigues sin mirarme, sin
decir una palabra mientras la embarcación comienza a alejarse. Y no puedo
pensar, no puedo creer que me dejes, porque me dejas en el agua, sin que te
importen mis gritos, ni mis súplicas, sin importarte que enloquezca, porque
enloquezco, sin importarte el peor dolor que estoy sintiendo, las ganas de
hundirme en ese mar por la terrible decepción y la impotencia.
Y trato de calmarme y me calmo pensando que vas a
virar por mí, que fue quizás la emoción, la alegría de conocer a Luis, y estoy
segura de que cuando te des cuenta vas a regresar. Y me engaño pensando que vas
a volver creyendo conocerte. Y no, no te
conozco, no te creía capaz de hacerme eso, nunca pensé que tuvieras corazón
para quitarme a mi hijo.
Y sigo esperando, una hora, dos, tres, no sé
cuántas, no apareces, y el agua se vuelve cada vez más fría y pesada. En vano
grito y me agoto, en vano sigo gritando tu nombre, llamándote mucho,
desesperándome hasta quedar sin voz, hasta que todo se vuelve silencio, un
silencio pastoso y apretado.
Hasta que por fin de la noche surge un ruido de
motor que se acerca, y se revuelven mis entrañas, y una ligera esperanza me
engaña aún más, y río en mi locura, con las pocas fuerzas que me quedan porque
vuelves.
Y me confunden las voces, la luz de un reflector
que ahora apunta directo hacia mí hasta cegarme y sigo confundida, entre tanta
ceguera, buscando un rostro que no encuentro, en esa otra embarcación que se
acerca despacio, que llega hasta donde estoy.
Y no puedo luchar contra esos brazos que intentan
sacarme, que me sacan, mientras les imploro, mientras les ruego que no, que
tengo que quedarme. Y en vano me resisto, en vano grito y pataleo, esos brazos
me vencen, me suben, me dejan tendida en el piso frío de esta embarcación donde
estoy, con la mirada perdida en el infinito, en ese infinito que se dispersa y
va colapsando lento, lentísimo, como mi corazón.
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