sábado, 5 de septiembre de 2015

       SUMERGIDO


Me acuerdo que no llegué a aceptar la muerte de mamá hasta que el verano se fue poniendo gris,
me parecía que todavía estaba conectada a aquella máquina terrible. Seguía persiguiéndome aquel sonido ininterrumpido en el silencio de la casa. Todavía hoy después de muchos inviernos puedo seguir escuchándolo. No tuve noción de cuando empecé a ser consciente de su muerte, de cuando empecé a entender que sus huesos estaban pudriendo en alguna parte. En estas tardes, así, angustiosas empiezo a recordar cuando andaba ligera por la casa y se acercaba y me acariciaba con sus manos blancas, siempre húmedas y con olor a cebolla. En esa hora siento más fuerte la añoranza de sus manos sobre mí. Sentado en este banco, en la triste desolación de un patio inmenso, de altos muros color ladrillo, entre el verde espeso de esa enredadera tupida que comienza a invadir todo, y esta muerte lenta que caracteriza toda casa vacía al atardecer. Me sorprende la lluvia, y quedo allí cercado, por la soledad y por unos oscuros nubarrones. El agua provoca en mí un estado de inconciencia. Como si estuviera desaparecido y nadie, ni nada, me trajera de regreso. Y con la sensación de no poder moverme, dejo que aquel profundo hechizo de la lluvia se derrame. Ese contacto parecía humano, arropándome. Abro grande la boca para retener grandes sorbos de lluvia. Extasiado por el sonido del agua en mi garganta, por aquella extraña música, que parecía el gorjeo de un pájaro gigante. Y yo quería volar, volar lejos. Pero imposible, mi cuerpo se hace más pesado bajo el peso del agua, bajo el peso de palabras antiguas que llegan demoradas, las palabras de los otros alcanzando mi oído, los chillidos de los niños jugando a la pelota, un murmullo de jóvenes ociosos en las esquinas, un ruido de guitarras y risas de mujeres. Y el dolor de la soledad, más insoportable por repetido que el que sentí cuando abandonamos Cuba. Bajo la cortina de lluvia mis manos deformándose, el pasado, un futuro que creía lejano. Pero el futuro llega, se presenta y estalla entre mis dedos como una burbuja de agua.

Quien quiere comer en una mesa vacía, en esa misma mesa donde tantas veces mamá fabricó mis juguetes. Grandes cometas llenos de colores, y chiringas que hoy cuelgan en mi cuarto como tristes espectros descoloridos. Era un castigo mayor que el llanto se me acabara, nada aliviaba el ardor que hería mis párpados y mi garganta. Entonces las sillas, el sillón de mimbre donde se mecía mamá todas las tardes, el verde tono envejecido de las paredes, una esquina de la cama que me parecía monstruosa, un pedazo de mi propio cuerpo sentado bajo el peso de todo eso y oprimido por el calor y mis propios sollozos, seguían difuminándose con el conocido reflejo de la lámpara familiar.
Y el tiempo que pasa despacio, una hora, dos, tres… y todo como en un efecto de domino cayendo. Un olor caliente a ventana cerrada y lágrima, el bulto de mamá sobre la cama. Mamá agonizando, mamá sacándome al parque, mamá leyéndome un libro, sacándome del hospital y trayéndome a la alegría, mamá dándome a luz, el parto. Recorría el camino de mi vida desierta, cada rincón de mi mísera existencia desde adentro, donde yo tenía un pequeño papel de espectador. “El sentido de la vida” para un hijo consiste en una independencia, no en seguir guiado por los otros, sino que debe aprender por si solo las sensaciones, vivir el goce de los sentimientos, la propia desesperación y la alegría. Yo no lograba eso. Mi retraso mental, estaba haciendo que a mis cincuenta años todavía no encontrara el sentido, y no aprendiera esa independencia. Y la imagen de mamá se me apareció quieta y enorme como en las pesadillas.

Volví a ser pequeño. Volví a llenar la tina de agua, para sumergirme en ella como el día en que ella murió. Pensaba mientras el agua caía sobre mí azotándome primero, refrescándome después, que aquel horrible silencio significaba que al fin mamá ya no sentía dolor. Se me hizo extraño no sentir el ruido monótono e instantáneo de la máquina. Pero no tenía ganas de moverme y nunca más me movería. Las gotas resbalaban sobre mi pecho, corrían desde mis hombros, y bajaban hasta formar canales en mi vientre, el agua seguía subiendo hasta borrar mis piernas. Me sentí como un rompecabezas. Mis partes dispersas, como buscando un centro, una unidad irreconocible.
La cabeza en algún lugar, el cuerpo en otro, una parte de mí flotando, otra elevándose, una parte haciendo resistencia por quedarse y otra por desaparecer. Fue como un estado de coma, como una antesala de la muerte. Vi mi propia muerte, el sentimiento de mi desaparición total hecho belleza, angustiosa armonía bajo el agua. No sé qué tiempo transcurrió. El agua de la ducha cayendo sobre mí con un peso de cataratas inagotables. Yo estaba lejano, iba perdiendo la vista, los contornos de las cosas se desfiguraban. Bajo el agua, la imagen de mamá intacta, su cara, la expresión exacta del acabamiento. En esa vaguedad de la imaginación parecida al sueño, volvía a escuchar sus gemidos. Bajo el agua, la contemplación, la imagen de sus labios azules, la gota de sangre en la punta de los dedos, el gesto, la muerte, la semejanza de la muerte. La muerte idéntica a sí misma.
Aplastándome la luz, la densidad del agua, mis alucinaciones que mi debilidad convertía en contantes y horrendas. En aquel cortejo de formas que se reflejaban; las manos de mamá, aquellas manos hábiles, se representaban torpemente hinchadas e inertes. Luego como dos racimos de pelados huesos. Mi corazón aterrado recibía las imágenes… No sé cuánto tiempo estuve así con los ojos abiertos bajo el agua recogiendo todos los dolores que pululaban como gusanos en las entrañas de aquel hondísimo pozo, del que conservaba la cavernosa sensación de unos ecos en la oscuridad. Me vi en el reflejo del agua, blanco y gris, deslucido, una cara sedienta y unos ojos que colgaban de ella dilatados. Horrorizado sin poder reponerme a la desarmada, ligera y vaga sensación de mi carne.
Hasta que ninguna cara, solo la silueta del agua y el frío. El frío del que el cuerpo ya no se defiende, el frío de los propios huesos. Y ya no escucho el rumor humano aumentando al otro lado de la puerta. Ni los porrazos de los que intentan derribarla. La oscuridad comienza a halarme, toda la oscuridad del agua… la oscuridad que empieza a crecer detrás de los ojos, su pastosa tranquilidad y me voy aflojando, y me dejo llevar…





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