viernes, 4 de septiembre de 2015

Lluvia  para un final

Llueve, todo comienza a humedecerse, el aire y la luz, ese verdor que raja el horizonte. No me gusta que llueva,  el vaho de la lluvia amotina las bestias, todas en un nombre, en un solo temblor. Esa música del agua en su asfixia serena humedeciendo el sol, un pedazo de mi cuarto,  una parte de mí que se resiste a caer en ese limbo irrecuperable que son los recuerdos.  Lo agónico es  ese resplandor que deja en los cristales, la misma soledad reflejándose,  mi rostro, mi propio rostro en ese descosido de la lluvia, una simulación grotesca, un desmoronado antifaz en su rígida mueca de silencios. 
Jamás aprendí a sonreír. Jamás superé ese resentimiento hacia la lluvia, sus  gotas son fantasmas  que llegan a aterrorizarme, un mazo que golpea lento, una mímica audaz que desborda toda la tristeza. Jamás olvido el ruido inmenso que acalla los aullidos, el pataleo inútil, los gemidos entrecortados de una niña en la oscuridad.
Conozco el silencio, la lenta desazón que hay detrás de todas las lluvias. El moho que avanza, que trepa invadiendo todos los rincones de mi cuerpo.  Mis ojos, mis propios ojos hundiéndose en su niebla, en un amontonado espejismo de visiones, todas apocalípticas. 
 Nadie vendrá con esta lluvia que fui adivinando. Nadie para ampararme del acoso, de esas manos infieles que me alcanzan. Nadie para librarme del odio, de mí, de esos ojos que crecen  llenos de lujuria, de esa boca en su zumbido pestilente, de ese cuerpo cayendo sobre mí. 
La lluvia aplastándome,  esa silueta infiel, descolorida, que no borran todos los diluvios. Y es el agua, el ruido del agua deshaciéndome. Un ruido vulgar y estéril que abre la noche a  la peor noche, que llega a ese abismo donde estoy,  donde luzco vulnerable y frágil, minúscula sobre la fría luz.  Y la lluvia en su recorrido, esa violencia con que vuelve para desgarrar lo que queda. Nada se salva. Las palabras borradas por esa inarmonía que es el agua,  las palabras perdiéndose,  no encuentro las mejores para una  despedida.  

Después de esta lluvia no seré, después de la lluvia el amanecer terrible de la muerte, la muerte en su neblina desmedida, la misma muerte que humedece mi sangre, todos los trozos de mí que empiezan a esparcirse con el corte filoso de la cuchilla. Después la nada,  mi cuerpo cayendo a otro hundimiento,  a esa humedad armónica y despiadada que es la eternidad. 

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